Todos creían que Cynthia tenía una vida perfecta.
Nadie veía los moretones escondidos bajo el maquillaje.
Nadie escuchaba los gritos detrás de las paredes de la mansión.
Durante cinco años soportó golpes, humillaciones y miedo por proteger a su hija. Pero cuando una tragedia destruye lo poco que quedaba de su mundo, comprende que solo tiene dos opciones: quedarse y morir... o escapar.
Lo que Cynthia no sabe es que el hombre al que dejó atrás nunca aceptará perderla.
Y hará cualquier cosa para recuperarla.
Una madre. Una hija. Una huida desesperada. Y una batalla por la libertad que apenas comienza.
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Capítulo 19. Se la llevan
El celular sonaba en la mano de Cynthia cuando oyó los carros en el portón.
Eran varios. Motores potentes, llantas sobre la tierra, demasiado ruido para esa hora muerta de la mañana. Cynthia se quedó tiesa con el teléfono pegado a la oreja, la voz de Ángel todavía hablando del otro lado —"necesito que te sientes, tengo los resultados"—, pero ya no la escuchaba, porque por la rendija de la persiana vio el Mercedes negro frenar frente a la casa, y detrás dos camionetas.
Se le cayó el teléfono.
—No. No, no, no.
Conocía ese carro. Lo había visto en sus pesadillas tres noches seguidas, y ahora estaba ahí, real, escupiendo hombres por las dos puertas.
Alcanzó a correr hasta el cuarto. Valentina dormía. Cynthia la levantó en brazos, buscó las llaves del otro carro, el dinero, cualquier cosa, pero ya golpeaban la puerta principal con algo que no era una mano, y a la tercera la madera reventó.
Alberto entró como dueño.
—Hola, mi amor —dijo, y la sonrisa no le llegó a los ojos—. Qué casita más linda te conseguiste.
—Aléjate de nosotras. —Cynthia retrocedió con la niña apretada contra el pecho—. Te lo advierto, Alberto.
—¿Me adviertes? —Soltó una risa corta y avanzó—. ¿Tú a mí? Te metiste a vivir con el doctorcito ese, te llevaste a mi hija frente al mar, y todavía te paras a advertirme.
—Él no vive aquí. Solo nos ayudó a...
—Ya sé que te ayudó. —Alberto se detuvo, y por un segundo la rabia se le pasó por la cara entera—. Por eso te daré una lección. Para que él vea que con todo su apellido y toda su plata no pudo hacer nada cuando yo aparecí en la puerta.
A Cynthia se le heló la sangre.
—¿Qué quieres decir?
Dos de sus hombres ya estaban dentro, cerrándole las salidas.
—Quiero decir que me llevo lo que es mío. —Alberto miró a la niña dormida en sus brazos—. Mi hija se va conmigo.
—Sobre mi cadáver.
—Eso se puede arreglar. —Lo dijo tranquilo, y fue peor que un grito—. Pero no hoy. Hoy solo me llevo a Valentina. Mírate. —La recorrió de arriba abajo con desprecio—. Escondida, durmiéndote mientras la niña arde en fiebre, sin un médico de verdad, sin nada. Ni para cuidarla sirves. Una madre de verdad no tiene a su hija temblando en una cama prestada.
Cada palabra le entraba a Cynthia como un clavo, porque una parte de ella, la parte rota, la creía.
—Yo la he cuidado sola cinco años —dijo, con la voz quebrándose—. De ti.
—Y mírala cómo está.
El forcejeo despertó a Valentina.
Abrió los ojos, desorientada, con la cara todavía hinchada de la fiebre, y lo primero que vio fue a su papá.
—¿Papá?
Y Alberto cambió. En un segundo. La cara de monstruo se guardó, y apareció el otro, el de los días buenos, el que Cynthia tanto había odiado y temido porque era el más peligroso de todos.
—Aquí estoy, princesa. —Le acarició la frente con una suavidad obscena—. Viniste a buscarme, ¿te acuerdas? Y aquí estoy. Vine por ti.
—Me duele la cabeza, papá.
—Lo sé, mi amor. Por eso papá te va a llevar con un doctor de verdad, uno bueno, para que te pongas bien rapidito. —La levantó de los brazos de Cynthia con cuidado, sonriendo—. ¿Te gusta el plan?
—¿Y mami?
—Mami nos alcanza después. —Le besó el pelo, mirando a Cynthia por encima de la cabeza de la niña, sin dejar de sonreír—. Dile chao a mami.
—Chao, mami. —Valentina levantó la manita, débil, sin entender nada—. No llores.
Cynthia no podía hablar. Le habían puesto un nudo en la garganta del tamaño del mundo.
Cuando Alberto salió con la niña en brazos, ella reaccionó.
Corrió detrás, gritando, y uno de los hombres la sostuvo de los brazos sin esfuerzo, como quien aguanta a un niño. Cynthia pateó, mordió, se retorció, le gritó a Valentina que iba a buscarla, que no se preocupara, que mami ya iba, palabras que la niña apenas oyó porque ya la estaban subiendo al Mercedes.
La soltaron cuando el carro arrancó.
Cynthia salió a la carretera descalza, corriendo detrás del Mercedes, persiguiéndolo entre la polvareda con los pulmones ardiendo y las piernas que no le daban. Vio la carita de Valentina pegada al vidrio de atrás, la manita en el cristal, la boca formando "mami" sin que le saliera la voz.
Corrió hasta que el carro fue un punto. Corrió hasta que el punto desapareció. Corrió hasta que las piernas se le doblaron solas y cayó de rodillas en la mitad de la carretera vacía, con la polvareda asentándose encima de ella.
No le quedaba aire ni para gritar.
Se la habían llevado. En cuestión de minutos, sin que ella pudiera hacer nada, otra vez sin que pudiera hacer nada. Su hija enferma, en brazos del hombre del que habían pasado cinco años huyendo, y ella ahí tirada en el piso, con las manos vacías y las rodillas peladas, sintiéndose exactamente lo que Alberto le había dicho que era.
Inútil.
En el bolsillo, el celular seguía encendido, y una voz pequeña y lejana repetía su nombre sin que ella tuviera fuerzas para contestar.
—¿Cynthia? ¡Cynthia! ¿Qué pasó? ¡Háblame!