Ella renace en un nuevo mundo, en el cual tendrá que enfrentar dificultades por los problemas de su familia. Pero, no se quedará a sufrir, porque ella es una luchadora, siempre lo fue y siempre lo será..
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
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Frutas y Verduras
Esa noche, cuando la posada quedó en silencio y los últimos huéspedes se habían retirado a sus habitaciones, Stefan Müller salió.
No llevaba la capa blanca.
Había cambiado su ropa por algo mucho más sencillo y oscuro. Caminó por las calles del pueblo con absoluta tranquilidad, aunque sus ojos observaban cada rincón.
No había salido simplemente a dar un paseo.
Había algo que no le gustaba.
Desde que Gemma le había dicho, con aquella sonrisa despreocupada, que aparentemente algunos hombres la seguían, había prestado atención a quienes estaban alrededor de la posada.
Y ahora quería comprobarlo por sí mismo.
Caminó una primera vez alrededor de la posada.
Nada.
Una segunda vuelta.
Nada.
Una tercera.
Entonces los vio.
Dos hombres estaban en una esquina.
No hablaban entre ellos.
No parecían estar esperando a nadie.
Pero estaban mirando hacia la posada.
Stefan siguió caminando sin mirarlos directamente.
Un poco más adelante encontró a otro hombre.
Después a otro.
No estaban todos juntos.
Eso habría sido demasiado evidente.
Estaban distribuidos.
Uno observaba desde una calle lateral.
Otro se encontraba cerca de una tienda.
Otro parecía caminar sin rumbo.
Pero cuando Gemma apareció en una ventana del segundo piso, uno de ellos levantó ligeramente la cabeza.
Stefan se detuvo.
[Así que es verdad.]
No estaban vigilando la posada.
No estaban vigilando a los huéspedes.
No estaban interesados en los comerciantes.
Estaban vigilando a Gemma.
Stefan continuó caminando.
Durante casi una hora siguió sus movimientos desde lejos.
Y mientras lo hacía, su expresión se fue endureciendo.
Aquellos hombres no eran aficionados.
Sabían ocultarse.
Sabían cuándo moverse.
Sabían cuándo mezclarse entre la gente.
Y, sobre todo, evitaban cuidadosamente a la guardia real.
[Entrenados.]
Stefan entrecerró los ojos.
[Esto no es casualidad.]
No sabía quiénes eran.
Tampoco sabía qué querían.
Pero había algo que sí tenía claro.
No le gustaba.
En absoluto.
Al regresar a la posada, Stefan se quedó unos segundos frente a la ventana de su habitación.
[¿Qué clase de problema tienes, Gemma Green?]
No obtuvo respuesta.
Por supuesto.
Gemma estaba durmiendo tranquilamente.
Probablemente soñando con comida.
O con dinero.
O con alguna nueva forma de vender algo que todavía no había vendido.
Stefan suspiró.
[Debería dejar que la guardia se encargue.]
Era lo lógico.
Era lo correcto.
Era lo que cualquier persona sensata haría.
Pero Stefan tenía un problema.
Desde muy joven había sentido la necesidad de proteger a los demás.
Incluso a personas que no conocía.
Incluso cuando nadie se lo pedía.
Incluso cuando no era asunto suyo.
Y Gemma...
Bueno.
Gemma definitivamente se había convertido en un asunto que no podía ignorar.
A la mañana siguiente, Gemma despertó mucho antes de lo habitual.
Se vistió rápidamente, se recogió el cabello y bajó las escaleras.
Marta todavía estaba medio dormida.
—¿Ya te vas?
—Sí.
—¿A dónde?
—A comprar verduras.
—Todavía es temprano.
—Precisamente.
Gemma sonrió.
—Las mejores verduras se venden temprano.
Pedro apareció desde la cocina.
—¿Quieres que vaya contigo?
—No, no. Quédate ayudando a Marta.
Gemma tomó una cesta.
—Además, quiero caminar un poco.
Y salió.
Stefan estaba despierto.
La vio alejarse desde la ventana.
Suspiró.
[Esto es ridículo.]
Se puso su capa y salió unos minutos después.
No tenía ninguna obligación de seguirla.
Ninguna.
De hecho, sabía perfectamente que no debía hacerlo.
Pero terminó haciéndolo.
A cierta distancia.
Sin que ella lo notara.
Gemma caminaba por el pueblo con una enorme sonrisa.
Saludaba a prácticamente todo el mundo.
—¡Buenos días!
—¡Buenos días, Gemma!
—¿Cómo está su esposa?
—¡Muy bien!
—¡Me alegro!
Unos metros más adelante se detuvo frente a un puesto.
—¡Mira qué lindas están esas zanahorias!
El vendedor sonrió.
—Llegaron esta mañana.
—Entonces dame dos kilos.
—¿Dos?
—Bueno... tres.
—¿Tres?
Gemma miró las zanahorias.
—Es que están bonitas.
El vendedor comenzó a reír.
—No creo que haya visto a alguien comprar verduras porque le parecen bonitas.
—¡Yo sí!
Gemma pagó.
Luego continuó.
Stefan la observaba desde lejos.
Y entonces lo vio.
Uno de los hombres de la noche anterior estaba allí.
Después apareció otro.
Más adelante, un tercero.
Stefan sintió cómo su expresión cambiaba.
[La están siguiendo.]
Definitivamente.
Gemma continuó caminando sin sospechar nada.
Compró frutas.
Después cebollas.
Luego algunas hierbas.
En un momento se detuvo para conversar con una mujer que conocía.
Reía.
Hablaba con las manos.
Se inclinaba para escuchar mejor.
Después continuaba su camino.
Era imposible verla sin notar que disfrutaba de su vida.
Y entonces uno de los hombres se acercó demasiado.
Stefan comenzó a avanzar.
Pero antes de que pudiera llegar, el hombre se retiró.
Otro apareció en una calle lateral.
Otro cruzó detrás de Gemma.
Stefan observó con atención.
[Definitivamente están entrenados.]
Aquello ya no era una sospecha.
Los hombres evitaban cuidadosamente los lugares donde había guardias.
Nunca se quedaban demasiado tiempo en un mismo sitio.
No hablaban entre ellos.
No miraban directamente a Gemma.
Pero siempre estaban cerca.
Stefan apretó ligeramente la mandíbula.
Entonces decidió acercarse.
Caminó directamente hacia Gemma.
Y en cuanto lo hizo...
Los hombres desaparecieron.
Uno dobló una esquina.
Otro entró en una tienda.
Dos más se separaron rápidamente.
Stefan los vio marcharse.
[Malditos cobardes.]
Gemma, completamente ajena a todo aquello, escuchó pasos detrás de ella.
Se giró.
Sus ojos se iluminaron.
—¡Lord Stefan!
Stefan sonrió.
—Buenos días.
—¿Qué hace aquí?
—Salí a caminar.
Gemma lo miró unos segundos.
Después levantó las cejas.
—¿A caminar?
—Sí.
—Qué casualidad.
Stefan mantuvo la expresión tranquila.
—Muy grande.
Gemma sonrió.
Entonces levantó las dos bolsas que llevaba.
—Ya que está aquí...
Stefan la miró.
—¿Sí?
Gemma le extendió una de las bolsas.
—¿Me ayuda?
Stefan parpadeó.
Había esperado cualquier cosa.
Una pregunta.
Una preocupación.
Pero no.
Le estaba pidiendo que cargara verduras.
—¿Quiere que le ayude?
—Sí.
Gemma sonrió.
—Tengo demasiadas cosas.
Stefan tomó la bolsa.
Pesaba bastante.
—¿Qué compró?
—Verduras.
—Ya veo.
—Y fruta.
—También lo veo.
—Y algunas hierbas.
Stefan miró la bolsa.
—¿Cuánto piensa cocinar?
Gemma sonrió.
—Todo.
Stefan soltó una pequeña risa.
Comenzaron a caminar juntos.
Gemma iba a su lado, completamente relajada.
—Mire esas manzanas.
Stefan miró.
—Son bonitas.
—¿Verdad?
—Sí.
—Creo que debería comprar algunas.
—Ya compró fruta.
—Pero esas son diferentes.
—¿Qué tienen de diferente?
Gemma se acercó un poco al puesto y observó las manzanas.
—Son más rojas.
Stefan la miró.
—Eso es una diferencia bastante importante.
Gemma soltó una carcajada.
—¡Exactamente!
Continuaron caminando.
Ella hablaba de las verduras, de los precios, de las frutas, de cuáles eran mejores para hacer determinados platos y de cómo algunos vendedores intentaban cobrar más cuando notaban que alguien no conocía bien los productos.
Stefan escuchaba.
Y sonreía.
No porque todo aquello fuera particularmente interesante.
Sino porque Gemma hacía que pareciera interesante.
Hablaba con entusiasmo de cosas sencillas.
De las zanahorias.
De las manzanas.
De las hierbas.
De una sopa que quería preparar.
De un postre que todavía no había intentado hacer.
Y cada vez que hablaba, sus ojos brillaban.
Stefan comenzó a darse cuenta de algo.
Gemma era... ligera.
No superficial.
Ligera.
Había una diferencia.
No parecía cargar constantemente con lo que había perdido.
No parecía avergonzarse de su pasado.
No parecía preocupada por lo que los demás pensaban de ella.
Simplemente vivía.
Y, además, tenía una manera peculiar de hablar.
Sonreía mucho.
Bromeaba.
A veces se acercaba un poco más de lo necesario cuando hablaba con alguien.
Y hacía pequeños comentarios que podían parecer coquetos.
Aunque Stefan comenzó a sospechar que ella ni siquiera se daba cuenta.
—Mago Müller.
—¿Sí?
Gemma lo miró de reojo.
—¿Siempre es tan serio?
Stefan levantó una ceja.
—¿Le parezco serio?
—Un poquito.
—¿Y usted?
Gemma sonrió.
—Yo soy encantadora.
Stefan la miró.
Ella siguió caminando como si acabara de decir que el cielo era azul.
Stefan soltó una risa.
—Eso parece tenerlo bastante claro.
—Por supuesto.
Gemma levantó la barbilla.
—Tengo que confiar en mí misma.
Stefan sonrió.
Era extraño.
Muy extraño.
Había conocido nobles arrogantes.
Magos orgullosos.
Guerreros disciplinados.
Duques que abusaban de su poder y su magia.
Personas extremadamente inteligentes.
Personas encantadoras.
Pero Gemma era diferente.
No parecía estar intentando agradar.
No parecía intentar seducir.
No parecía buscar aprobación.
Simplemente era así.
Cálida.
Cercana.
Alegre.
Un poco descarada.
Un poco coqueta.
Y completamente natural.
Stefan volvió a mirar hacia atrás.
Los hombres habían desaparecido.
Pero sabía que seguían cerca.
Su expresión volvió a endurecerse durante un instante.
Después volvió a mirar a Gemma.
Ella estaba hablando de las verduras nuevamente.
—...y si las cocino demasiado, quedan blandas. Aunque a Pedro le gustan así.
Stefan la escuchó.
Y sonrió.
[Definitivamente es una mujer peculiar.]
Gemma lo miró.
—¿Por qué sonríe?
—Por nada.
—¿Se está riendo de mí?
—No.
—Entonces está de acuerdo conmigo.
Stefan negó con la cabeza.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Para mí sí.
Gemma sonrió.
Y siguió caminando.
Stefan la acompañó en silencio.
Por primera vez en mucho tiempo, no sintió que estaba caminando junto a alguien porque tenía una obligación.
Simplemente... disfrutaba de hacerlo.
Y eso era algo que el Mago Müller no estaba acostumbrado a sentir.
Los magos por consiguiente no buscan enamorarse y el pobre Estefan no pudo resistirse a Gemma.
conquistado con todo lo que ella es.
Amo esta parejita.