Rebelde, inteligente y apasionada. Emma de la Rivera nunca ha permitido que nadie controle su destino. Pero cuando Damián Thorne se cruza en su camino, el choque de dos voluntades inquebrantables se vuelve inevitable. Él está acostumbrado a dominarlo todo; ella, a no doblegarse ante nadie. ¿Podrá Damián domar el espíritu de Emma, o terminará cayendo en su propia trampa?
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Capítulo II: Peligro al acecho
El suelo bajo sus pies parecía inclinarse. A Emma la cabeza le daba vueltas en una espiral mareante y el alcohol le ardía en la garganta como fuego líquido. La rabia y la traición se habían mezclado con el exceso de trago, distorsionando su juicio.
—Es hora de irnos, amiga —le susurró Martha, tomándola del brazo para sostenerla.
—¡No me quiero ir! —exclamó Emma, zafándose con un movimiento torpe mientras se le trababa la lengua—. ¡Quiero ir allá y gritarle sus verdades a ese par de traidores! ¡A los dos!
—Emma, por favor, mírate, apenas puedes mantenerte en pie —la reprendió Graciela, visiblemente preocupada—. Mañana, cuando estés sobria y con la cabeza fría, destruyes a ese imbécil. Pero aquí no.
Rendida ante la insistencia de sus amigas y con una náusea creciente, Emma accedió a salir. El aire fresco de la noche las golpeó al cruzar la puerta de la discoteca, pero el cambio de temperatura le jugó una mala pasada a Martha.
La chica se llevó una mano a la boca, pálida como un papel.
—Me voy a devolver... —alcanzó a balbucear Martha.
—Voy con ella al baño, no me tardo nada —dijo Graciela con prisa—. Emma, quédate exactamente aquí, pegada a la pared. No te muevas.
Emma asintió, dejándose caer pesadamente contra el muro de ladrillo del callejón VIP. El mundo le daba vueltas. Cerró los ojos un segundo para frenar el mareo, sin percatarse de que el peligro se acercaba en forma de tres sombras.
—Pero miren qué joyita nos encontramos tirada en la calle —dijo una voz rasposa y con tufo a cerveza rancia.
Emma abrió los ojos con dificultad. Tres tipos altos, con la mirada turbia y sonrisas maliciosas, la estaban rodeando, cortándole cualquier vía de escape.
—¿Qué hace semejante belleza tan solita? —comentó el segundo, acercándose tanto que Emma pudo sentir su aliento caliente en el rostro.
—Deberíamos ser buenos samaritanos y llevarla a un lugar... más privado —añadió el tercero, repasándola de arriba abajo con una lascivia descarada—. Un bombón así no se deja desaprovechado. Nos vamos a divertir mucho esta noche.
Emma sintió una punzada de pánico en medio de su niebla alcohólica. Intentó dar un paso atrás, pero sus piernas no le respondieron.
—Déjenme... atrás —balbuceó, tratando de sonar firme, pero su voz salió como un hilo tembloroso.
Antes de que pudiera reaccionar, dos de ellos la agarraron con fuerza por las muñecas. El agarre fue brusco, lastimándole la piel sensible.
—Tranquila, muñeca, no luches —susurró uno de ellos jalándola hacia un auto oscuro estacionado a pocos metros.
—¡Sueltenme! ¡Graciela! —intentó gritar Emma, pero el terror le hizo un nudo en la garganta.
—Quítenle las manos de encima. Ahora.
La voz no fue un grito; fue un mandato helado, profundo y cargado de una autoridad tan letal que hizo que los tres tipos se congelaran al instante.
De entre las sombras del estacionamiento privado emergió Damián Thorne. Caminaba con la elegancia peligrosa de un depredador, vistiendo un traje impecable y con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. A su lado, Diego caminaba un paso atrás, con la postura rígida de un escolta profesional.
El líder del grupo de agresores soltó una risa burlona para disimular el escalofrío que le corrió por la espalda.
—¿Y tú quién carajos eres, imbécil? En toda la noche no te vimos con esta mujer. No te metas donde no te llama...
No pudo terminar la frase. En un movimiento ridículamente rápido y preciso, Damián dio un paso al frente, sujetó al sujeto por el cuello de la camisa y lo estampó con una fuerza brutal contra la pared de ladrillo. El golpe seco resonó en el callejón, sacándole todo el aire al tipo, quien cayó de rodillas jadeando.
Los otros dos dieron un paso atrás, aterrados. Damián ni siquiera se despeinó. Se acomodó el puño de la camisa con una frialdad aterradora mientras sus ojos oscuros los fusilaban.
—Esa mujer viene conmigo —sentenció Damián, con una voz baja que prometía violencia absoluta—. Si no quieren que mi seguridad privada barra la calle con sus rostros y que sus fotos estén mañana en la jefatura de policía, van a desaparecer de mi vista en tres segundos.
Diego dio un paso al frente, ajustándose el saco y dejando ver sutilmente el porte de un guardaespaldas entrenado.
Los dos tipos no esperaron a la cuenta de tres. Levantaron a su amigo del suelo y salieron corriendo a toda prisa, perdiéndose en la oscuridad de la avenida.
El silencio volvió al callejón. Emma, cuyos pies ya no podían sostener el peso de su cuerpo, comenzó a resbalar por la pared. Damián reaccionó a tiempo, atrapándola antes de que tocara el suelo.
Su brazo firme la rodeó por la cintura, pegándola a su pecho duro. Emma alzó la vista con la visión borrosa, encontrándose con esa mirada oscura, intensa e impenetrable que parecía escudriñarle el alma.
—Eres patética dejándote vulnerar de esta manera, pequeña De la Rivera —murmuró Damián con desdén, aunque su agarre sobre ella era firme e inquebrantable.
—Suél... suéltame... no te conozco —balbuceó Emma, pero el calor del cuerpo de Damián y el agotamiento la vencieron. Su cabeza cayó pesadamente contra el hombro del hombre, perdiendo la conciencia por completo.
Damián la contempló un segundo en silencio. La pálida belleza de su rostro, desarmada y frágil en sus brazos, contrastaba violentamente con el odio que él le tenía a su apellido.
—Lleva el auto a la puerta privada —le ordenó Damián a Diego, cargando a Emma en brazos como si no pesara nada—. Nos la llevamos.
—Señor Thorne... sus amigas siguen adentro, ¿no sería mejor...?
—Dije que nos la llevamos —interrumpió Damián con voz de acero, caminando hacia la camioneta blindada—. El juego con los De la Rivera acaba de comenzar.
Damián tenía en sus manos una pieza crucial para la destreza de la familia que junto a los Alarcón era a los que más odiaba.