Durante tres años, Ximena Salazar esperó a un esposo que huyó al extranjero con su amante la misma semana de la boda. Cuando Fernando regresa a Monteverde con esa mujer embarazada del brazo, Ximena deja de esperar.
Le devuelve el apellido, recupera todo lo que entregó a la familia Ayala y decide seguir adelante con el único hombre que nunca le ha pedido explicaciones: Adrián, el desconocido irresistible al que ha mantenido en secreto durante tres años.
Solo hay un problema.
Adrián no es pobre, ni indefenso, ni el amante discreto que ella creía tener bajo control. Es el heredero de los Bramonte, el magnate más temido de la Capital y un hombre capaz de poner de rodillas a una familia entera con una sola llamada.
Mientras su exmarido intenta recuperarla, una falsa heredera roba su nombre y la alta sociedad se empeña en destruirla, Ximena tendrá que revelar los secretos que lleva años ocultando. Porque ella tampoco es una mujer cualquiera.
Él podría darle un imperio.
Pero Ximena ya sabe construir el suyo.
Y Adrián solo quiere una cosa a cambio: que la mujer que lo “mantuvo” deje de tratarlo como un capricho y lo elija para siempre.
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Capítulo 24
Cap 24: El amuleto de ópalo rosa
Adrián llegó a casa de los Ayala cargado como camión de mudanza.
No había hecho caso de una sola de las instrucciones de Ximena. Traía vino, sí, pero también un bastón de ébano con puño de plata labrada para don Genaro, un rebozo de seda para doña Perla, una consola de videojuegos de las que todavía no salían a la venta en el país para Nadia, y —esto Ximena lo descubrió después— un cheque en blanco, firmado, "por si algo hace falta", que doña Perla le devolvió con un coscorrón cariñoso en la coronilla.
—Muchacho, aquí no se compra el cariño, se gana. —Le dio unas palmaditas en la mejilla, como a un nieto tarugo—. Pero el rebozo me lo quedo. Está precioso. Y el bastón déjalo, que a mi Genaro le tiemblan las rodillas y no lo admite.
Don Genaro, desde la cabecera, fingió no oír, pero se quedó el bastón.
Nadia, la hermana menor de Fernando, se enamoró de la consola y del cuñado a partes iguales.
—¡Ay, cuñado, me caíste del cielo! —Se colgó del brazo de Adrián y, sin soltarlo, buscó a Ximena con los ojos—. Y tú. Tú de hoy en adelante eres mi hermana mayor, ¿oíste? Me vale un comino lo que digan los papeles y los divorcios. Hermana mayor, y se acabó.
—Nadia... —empezó Ximena.
—Y se acabó. —La abrazó fuerte, oliéndole el pelo—. Yo siempre supe que mi hermano era un tarugo. Desde chiquita se lo dije: Fer, la vas a perder por baboso. Y me mandaba callar. Pues ya ves.
La cena transcurrió con esa calidez ruidosa de las casas mexicanas de sobremesa larga: platos que van y vienen, doña Perla sirviéndole a Adrián una tercera ración sin preguntar, don Genaro contando una anécdota de sus tiempos de constructor que ya todos se sabían de memoria y que igual celebraron. Adrián, el hombre de hielo que despedía vicepresidentes por un correo, comió todo lo que le pusieron enfrente y le rió los chistes al viejo con una docilidad que Ximena no le conocía.
Don Genaro lo observaba con esos ojos que habían firmado contratos toda la vida. Al final del segundo plato, asintió despacio, como quien aprueba una obra bien cimentada.
—Siéntate a mi derecha, hijo. Aquí, junto a mí. Ximena, muévete tantito.
Y Adrián se sentó, sin saberlo, en el lugar que durante años había sido de Fernando.
Fue justo entonces cuando Fernando llegó.
Borracho. Se detuvo en el arco del comedor, con la corbata floja y los ojos rojos, y lo primero que vio fue a otro hombre en su silla, tratado como nieto por su abuelo, con toda su familia riéndose de sus gracias.
—Qué bonita escena. —Se recargó en el marco, arrastrando las palabras—. La familia Ayala vendiéndose enterita por una cara bonita y una chequera. Qué rápido cambian de bando ustedes. Qué poca memoria.
—Fernando. —La voz de don Genaro cayó como una losa—. En esta casa se saluda antes de insultar. Y se llega sobrio a la mesa. Ve a lavarte la cara.
—Es mi casa.
—Es MI casa. —El viejo no levantó la voz, y por eso fue peor—. Y esta muchacha fue tu esposa a los ojos de Dios y de todos nosotros por más años de los que mereciste. Le debes respeto. Y me lo debes a mí, que te crie. Siéntate y cállate, o vete. Tú decides.
Fernando apretó la mandíbula y se tragó las palabras, pero no la mirada. Se pasó lo que quedaba de cena con los ojos clavados en la mano de Adrián cada vez que rozaba, como sin querer, la de Ximena.
Al terminar, salió al jardín a fumar. Adrián lo siguió sin que nadie se lo pidiera.
Se midieron bajo la magnolia vieja, los dos de pie, el humo del cigarro subiendo entre ellos en el aire fresco de la noche.
—No sé qué le viste —dijo Fernando por fin—. O más bien sí sé. Lo que todos. Pero yo la conozco desde los doce años. Yo estuve primero. Tú eres un capricho de tres años, un pasatiempo. Yo soy su vida entera.
—Y la dejaste ir. —Adrián lo dijo sin rencor, casi con curiosidad de laboratorio—. Estuviste primero y la dejaste ir por una mujer que te falsificó un diario. La cambiaste por una mentira escrita a mano. Eso no te hace el primero, ingeniero. Te hace el que perdió.
—Voy a recuperarla.
—No. —Adrián se acercó un paso; la sombra de la magnolia le cortó la cara en dos—. No vas a recuperar nada, y te voy a decir por qué, para que no te hagas ilusiones y te ahorres el ridículo. Tú no pudiste vivir sin tu orgullo. Preferiste tu orgullo herido a ella. —Bajó la voz hasta un sitio helado—. ¿Y si yo tampoco pudiera vivir sin ella? ¿Si yo estuviera dispuesto a quemar hasta la última cosa que tengo antes de soltarla? Adivina cuál de los dos pelea más sucio.
Fernando no encontró qué contestar. Adrián apagó su cigarro contra el tronco de la magnolia y volvió a la casa, dejándolo solo con el humo y con la certeza, cada vez más nítida, de que la había perdido para siempre.
Adentro, doña Perla se había llevado a Ximena a su recámara con el pretexto de enseñarle unas fotos viejas.
Cerró la puerta. Se sentó en la orilla de la cama, abrió el cajón de abajo del tocador y sacó una cajita de terciopelo gastado, de esas que guardan lo que de verdad importa.
—Mija, ven. Siéntate aquí conmigo. Esto te lo he debido durante mucho tiempo y ya me anda por dártelo, no vaya a ser que me muera y se pierda.
Adentro, sobre el forro raído, había un amuleto de ópalo rosa. Una pieza antigua, tallada con una destreza que ya no se ve, tibia de tanto haber estado guardada cerca del corazón de alguien. Colgaba de una cadena de plata oscurecida por los años.
—Esto es tuyo —dijo doña Perla—. Desde antes de que caminaras.
Ximena lo tomó con las dos manos. Le pesaba más de lo que un ópalo tan pequeño tenía derecho a pesar.
—¿De dónde salió?
—El día que naciste. —Doña Perla le acomodó un mechón detrás de la oreja, con una ternura antigua—. Llegó a la maternidad un señor. Un gran hombre, mija, de esos que se te paran enfrente y el cuarto se hace chiquito. No dijo su nombre. Traía este amuleto y me lo puso a mí en las manos, no a tus papás, a mí, y nunca supe por qué me escogió a mí. Dijo que tenía un lazo contigo. Que ese lazo venía de lejos, de las familias grandes, de una promesa entre casas de las de antes, de esas que arreglaban los abuelos cuando los niños todavía estaban en la cuna. Y dijo una cosa que no se me ha olvidado en veinticuatro años. Dijo: "Cuídenmela. Yo la voy a proteger toda su vida, aunque ella nunca sepa que existo".
Ximena levantó la vista, con un frío subiéndole por la espalda.
—¿Y usted le creyó?
—Le creí porque ese ópalo es auténtico, mija. De talla antigua, de los que una joyera reconoce con solo ponerlos a contraluz. —Le cerró los dedos de Ximena sobre la pieza, con las dos manos arrugadas encima—. Y le creí porque le vi la cara. Un hombre no mira así a un bebé que le da lo mismo. Guárdalo. Y óyeme bien, que esto es lo importante: esto es tuyo, no de Susana, no de tu mamá Leticia, no de nadie más. A ti te lo dieron, a ti te lo prometieron. Si algún día alguien viene a reclamártelo, tú se lo enseñas, y les dices que doña Perla es testigo de que ese ópalo llegó a tus manos primero.
Afuera, la magnolia se mecía despacio contra la ventana. Ximena se quedó mirando el ópalo rosa a contraluz de la lámpara, esa piedra que un desconocido había puesto sobre su cuna prometiendo cuidarla desde las sombras. Y por vez primera en su vida se preguntó, con un escalofrío que no supo explicarse, de qué familia de las de antes venía ella en realidad, quién la había reconocido en secreto desde la cuna y quién demonios era el gran hombre que la había marcado con un lazo invisible desde el primer día de su vida.
Un contorno borroso le cruzó la mente —un jardín enorme, unas manos grandes, una voz grave que le decía algo al oído siendo muy chica— y se disolvió como humo antes de que pudiera atraparlo.
La puerta se abrió. Adrián asomó la cabeza.
—¿De qué hablan?
Ximena cerró la mano sobre el amuleto y lo hizo desaparecer en su bolso.
—De nada —mintió, con una sonrisa que no le llegó a los ojos—. Cosas de mujeres.