Donatella lo dio todo por su matrimonio. Veinte años dedicada a un hombre que dejó de verla, a una vida que dejó de ser suya. Hasta que un día decidió que ya era suficiente.
A los cuarenta, la mayoría del mundo le dice que su mejor momento ya pasó. Pero Donatella está a punto de descubrir que la mujer más poderosa de su vida siempre estuvo ahí, esperando ser liberada.
Nueva ciudad. Nuevo cuerpo. Nueva actitud. Y un hombre que aparece en el momento exacto para recordarle que el deseo no tiene fecha de caducidad.
Porque después de los cuarenta no se termina la historia. Se empieza la mejor parte.
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Un descubrimiento...
Donatella
Llegando a la empresa, me doy de frente con Adelaide con el pie inmovilizado, Dios mío...
—¡Buenos días! ¡Dios mío! Adelaide, ¿qué pasó? —preguntó Donatella, asustada.
—¡Buenos días! No te asustes, ya estoy bien, de lo peor lo mejor, era para haber sido mucho peor, pero Dios es muy bueno, uno de los guardias consiguió ayudarme antes de que me golpeara la cabeza contra el piso. Porque era para haberme golpeado la cabeza con mucha fuerza —dijo Adelaide.
—¡Wow! ¡Qué horror! Pero, ¿cómo pasó? ¿Dónde? —preguntó Donatella.
—Ayer, en el salón de fiestas —dijo Adelaide.
—Wow, qué triste, ni pudo disfrutar la fiesta —dijo Donatella.
—No, no fui a la fiesta, estaba haciendo un servicio para el señor Leonardo, siempre lo hago —dijo Adelaide.
—No entendí, pero está bien, me alegra que estés bien —dijo Donatella.
—Fue allá donde tú fuiste a buscar al Don, en ese salón, bajando la escalera de entrada —dijo Adelaide.
Adelaide
Cuando termino de hablar me doy cuenta de que dije mal. Señor, hice una cagda, como dice Aurélio.*
—Fui a buscar al señor Leonardo, y ¡hey! Espera, el guardia también dijo Don, y dicen que hay rumores... ¡No! No me digas que el señor Leonardo es el tal Don despiadado al que todos le tienen pavor.
Ella se ríe. No, con seguridad me estoy volviendo loca, creo que algo afectó mi cerebro, la bebida adulterada, solo puede ser...
—Ya no sirve de nada ocultártelo, pronto lo vas a descubrir y como eres de confianza... Sí, Donatella, el señor Leonardo es el Don del que hablan —dijo Adelaide.
Donatella que todavía estaba de pie, cayó sentada.
—¡Dios mío! Estoy muerta, ¡dormí con el Don! ¡Literalmente estoy jod*da! —dijo Donatella.
Adelaide se rió.
—¿Cómo que dormiste con el señor Leonardo? —preguntó Adelaide.
—No, no, solo fui a buscarlo a la fiesta. Quise decir que estoy fregadita, ay, ángel mío, tramposo, ¿querías verme antes de hora o te fuiste y me olvidaste? —dijo Donatella.
Adelaide se rió.
—Pobrecito de tu ángel, Donatella, él no tiene la culpa de tus locuras —dijo Adelaide, todavía riéndose de ella.
—Es verdad, perdón, angelito, sé que para cuidarme necesitas ser un superángel y que cuando me vienen algunas ideas, debes pensar, allá vamos de nuevo... —dijo Donatella.
Adelaide soltó una carcajada.
—Te amo, Donatella, solo tú logras hacerme reír —dijo Adelaide.
—¿Y ahora, debo llamarlo señor Leonardo, Don Leonardo, señor Don Leonardo?... qué confusión... —dijo Donatella.
—Puedes seguir llamándolo señor Leonardo, estamos en la empresa y aquí él es el empresario —dijo Adelaide.
—¡Wow! Qué genial, vida doble, guau, parece cosa de cine —dijo Donatella.
Adelaide se rió nuevamente.
—Epa, que él debe estar llegando —dijo Donatella.
—No, él llamó diciendo que necesita resolver algunas cosas antes, creo que le armaron una trampa y cuando descubra quién fue, pobrecitos —dijo Adelaide.
—¿Crees? Adelaide, lo drogaron y tu pie con seguridad era parte del plan —dijo Donatella.
—Hmm, eres buena para captar las cosas al vuelo —dijo Adelaide.
Volvieron a trabajar.
En la mafia
—Ya revisé todas las cámaras de la fiesta y claro, todas con problemas, se quemaron así de la nada. Debían estar planeándolo desde hace tiempo, pues pensaron en casi todo. Solo que se olvidaron de Donatella —dijo Aurélio.
—Y las mujeres fueron descuidadas, tenemos el ADN de ellas, fueron casi perfectas, pero olvidaron pertenencias personales de ellas y en esas pertenencias quedan los ADN. Lo voy a llevar al laboratorio criminal, tenemos nuestros privilegios, pronto tendremos el nombre de las dos que nos van a entregar al que mandó todo.
—No tengo tiempo para esperar, reúnan al consejo, hoy lo voy a hacer a mi manera —dijo Leonardo.
—Hermano, ¿y si agarras a un inocente en el medio? No demora mucho, espera un poco y tendrás la certeza —dijo Ítalo.
—Creo que Ítalo tiene razón —dijo Aurélio.
—Mi rabia no está de acuerdo, reúnan la m*erda del consejo —dijo Leonardo.
—Ok —salieron.
Ítalo y Aurélio conversando
—Pobrecitos, sabes cómo es la manera de Leo —dijo Aurélio.
—También, fueron a meterse con El Tipo, ¿qué esperaban? —dijo Ítalo.
—Sí, hoy van a rodar cabezas —dijo Aurélio.