Yo, Evana. viví una hermosa vida con el hombre que amé y con mis hijos también. Pero alguien me lo arrebato todo.
He vuelto al pasado para descubrir a mi asesino y el de mi familia.
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Capitulo 17
El ambiente en la sala de juntas principal del piso ejecutivo era tenso hasta el punto de la sofocación. Las ocho de la mañana marcaban el reloj de pared cuando los seis miembros senior de la junta directiva, encabezados por el experimentado señor Calderón, ocuparon sus asientos alrededor de la mesa de caoba.
Valeria permanecía de pie al frente de la sala, con una postura erguida y una expresión de severidad ensayada. Sobre la mesa descansaba el proyector y la memoria USB que Evana le había entregado la tarde anterior.
—Señores directores —comenzó Valeria, proyectando el informe financiero en la pantalla gigante—, los he convocado con carácter de urgencia porque la señorita Evana ha estado a punto de llevar nuestra firma al colapso. Aquí tengo los documentos encriptados que prueban que el Grupo Vanguard nos ha tendido una trampa en el arbitraje del terreno del norte.
Los directores murmullaron agriamente, intercambiando miradas de desaprobación hacia Evana, quien permanecía sentada en la cabecera de la mesa en absoluto silencio, con las manos cruzadas y el rostro impasible.
—¿Qué tiene que decir al respecto, CEO Evana? —preguntó Calderón, ajustándose las gafas con severidad—. Si este informe es real, su gestión ha quedado gravemente comprometida.
—Tengo mucho que decir, señor Calderón —respondió Evana con una voz tan tranquila y helada que congeló la estancia—. Pero prefiero que el verdadero autor del informe se lo explique en persona.
Las puertas de la sala de juntas se abrieron de par en par.
Thomas Vance entró a la habitación flanqueado por dos auditores cibernéticos y un oficial de la policía de delitos financieros.
Vestía un traje gris impecable, y su sola presencia provocó que dos directores se pusieran de pie de golpe.
—¡¿Qué hace este hombre aquí?! —exclamó Valeria, dando un paso atrás con el rostro pálido—. ¡Evana, estás loca! ¡Es el CEO de la competencia!
—No vengo en calidad de competencia, señorita Gómez —declaró Thomas con una voz profunda que retumbó en las cuatro paredes, sin mirar a Evana ni un solo segundo, manteniendo la fachada de hostilidad impecable hacia la empresa de ella—. Vengo a presentar la demanda por espionaje corporativo y robo de propiedad intelectual contra su persona.
Thomas hizo una señal y uno de sus técnicos conectó una tableta al sistema de la sala. La pantalla del proyector cambió al instante, mostrando el mapa de red en tiempo real.
—El archivo que la señorita Gómez acaba de presentarles como 'prueba' —explicó Thomas con frialdad matemática— contenía un código de rastreo criptográfico registrado a nombre de mi firma. Ese disco duro fue entregado ayer a las cuatro de la tarde. A las cuatro y veintidós, la señorita Gómez copió los archivos y los retransmitió a un servidor privado, cobrando una comisión de doscientos mil dólares en una cuenta offshore a su nombre.
Los miembros de la junta dejaron escapar un jadeo colectivo. Calderón se levantó de un salto, señalando a Valeria.
—¡¿Qué significa esto, Valeria?!
Valeria temblaba visiblemente, mirando desesperadamente a Evana en busca de auxilio.
—¡Es mentira! ¡Evana, me están armando una trampa! ¡Diles que soy tu amiga leal! ¡Tú me diste esa USB!
Evana se levantó lentamente de su asiento.
Se acercó a Valeria y la miró desde arriba con una piedad helada que le cortó el aliento a su antigua asistente.
—Fuiste mi amiga, Valeria —murmuró Evana,
para que solo ella la escuchara—. Pero vendiste mi vida y mi información desde el primer día. La USB que te entregué era un cebo. Caíste sola.
El oficial de policía avanzó y le colocó las esposas a Valeria antes de que pudiera articular otra mentira. Mientras la sacaban a la fuerza de la sala entre los gritos de protesta de la traidora, la junta directiva quedó sumida en un desorden absoluto.
Sin embargo, en medio del caos, Thomas se acercó al proyector y borró la ruta de salida del servidor secundario. En la pantalla de su teléfono privado, solo él y Evana sabían la verdad: la transferencia final había sido autorizada desde un holding internacional a nombre de Andy.
Andy no podía ser tocada. Su estatus y sus influencias gubernamentales la hacían completamente inalcanzable para la policía local; cualquier intento de arrestarla aún con pruebas provocaría un escándalo político que destruiría la empresa de Evana antes de que pudieran rozarle un cabello.
Valeria solo era el peón que vendía la información, pero Andy quedaba impune en las alturas, intacta... y convertida en la sospechosa número uno de haber sido la mente maestra tras la masacre o la ejecutora de la orden.
Thomas se giró hacia Evana, clavando en ella una mirada llena de un desprecio corporativo feroz ante los ojos de los directores de la junta, actuando su papel a la perfección.
—Señorita Evana —dijo Thomas con voz cortante y altanera—, su empresa es un nido de filtraciones. Considero nuestras conversaciones de arbitraje oficialmente muertas. Nos veremos en los tribunales.
—Guárdese sus amenazas, señor Vance —respondió Evana con una sonrisa mordaz e implacable, sosteniéndole la mirada con la misma frialdad actuada—. Mi empresa no necesita de su caridad ni de sus juegos. Fuera de mi oficina.
Thomas dio media vuelta y salió de la sala a paso firme.
Para los directores y el mundo corporativo, la guerra entre el Grupo Vanguard y la firma de Evana acababa de declarar su punto de no retorno. Pero esa misma noche, bajo la sombra de un estacionamiento subterráneo desierto, las puertas de la camioneta de Thomas se abrieron. Evana subió al asiento del copiloto y Thomas la envolvió de inmediato entre sus brazos, besándole la frente con una devoción profunda.
—Valeria está detenida sin derecho a fianza —susurró Thomas contra su oído, acunándola contra su pecho—. Pero Andy sigue suelta en la cima. Tiene inmunidad diplomática, Evana. No podemos tocarla por las vías legales.
—No importa —murmuró Evana, apretando la chaqueta de su esposo con determinación—. Ahora sabemos contra quién luchamos. Seguiremos odiándonos en público para que Andy crea que nos tiene divididos. Mientras ella crea que somos enemigos, no verá venir el golpe. No entiendo su motivo, pero no tendremos piedad.
—Así será, mi amor —asintió Thomas, sosteniendo su mano con firmeza—. Vamos a descubrir si Andy fue la asesina o si solo es la punta del iceberg.
Gracias por los capítulos autora