sin espoiler
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LOS TRAIDORES
La noche había caído sobre Madrid.
La mansión de Christopher estaba mucho más silenciosa de lo habitual.
En el despacho, varios de sus hombres permanecían de pie alrededor de la mesa.
Sobre ella estaban los documentos de la supuesta alianza.
Christopher permanecía al frente.
Su expresión había cambiado.
Ya no quedaba rastro del hombre tranquilo que aquella tarde había estado conversando con Mirelith.
Ahora estaba frente a ellos el líder de la organización.
—Quiero nombres.
Uno de sus hombres colocó una carpeta sobre la mesa.
—Ya los tenemos.
Christopher la abrió.
Había varias fotografías y documentos.
—¿Cuántos participaron?
—Cinco directamente.
Christopher pasó las páginas.
—¿Y quién redactó el acuerdo?
—Uno de los abogados de la otra organización. Pero alguien de aquí les proporcionó información sobre nuestras rutas.
Christopher levantó lentamente la mirada.
—Entonces tenemos un traidor dentro.
Nadie respondió.
El silencio se volvió pesado.
Christopher cerró la carpeta.
—Tráiganlos.
—¿A todos?
—A todos.
Uno de sus hombres asintió.
—Sí, señor.
Una hora después, los cinco hombres fueron llevados a una antigua bodega perteneciente a la organización.
No hubo gritos.
No hubo espectáculo.
Solo puertas que se cerraban y pasos que resonaban en el enorme lugar.
Christopher entró unos minutos después.
Los hombres permanecieron en silencio.
Sabían perfectamente quién estaba frente a ellos.
Christopher caminó lentamente hasta quedar frente al grupo.
—Durante años he permitido que trabajen a mi lado.
Nadie se atrevió a responder.
—Les di confianza.
Dejó la carpeta sobre una mesa.
—Y ustedes decidieron vender información de mi organización.
Uno de los hombres bajó la cabeza.
Otro intentó justificarse.
—Señor, no es lo que parece...
Christopher levantó una mano.
—No me mientas.
El hombre guardó silencio.
Christopher abrió la carpeta.
—Tengo registros de las comunicaciones, documentos y movimientos que realizaron.
Pasó una página.
—Sé quién habló con quién.
Otra.
—Sé qué información entregaron.
Cerró la carpeta.
—Y sé exactamente qué pretendían conseguir.
Uno de los traidores respiró profundamente.
—Queríamos asegurarnos de que la alianza funcionara.
Christopher soltó una pequeña risa sin humor.
—¿Tomando mis rutas?
Nadie respondió.
—Eso pensé.
Entonces una puerta lateral se abrió.
Entró un joven de aproximadamente veintiún años.
Era uno de los hombres involucrados en la operación.
Christopher lo miró.
—Tú.
El joven caminó hacia el grupo.
—Señor.
—¿Tú fuiste quien entregó los planos de nuestras rutas?
—Solo información básica.
Christopher lo observó fijamente.
—Información que podía poner en peligro a toda mi organización.
El joven bajó la mirada.
—No pensé que fuera tan grave.
Christopher se quedó mirándolo unos segundos.
—Ese es precisamente tu problema.
El muchacho guardó silencio.
Entonces escuchó pasos detrás de él.
Mirelith apareció en la entrada.
Christopher inmediatamente giró la cabeza.
—¿Qué haces aquí?
—Uno de los empleados me dijo que estabas aquí.
Christopher frunció el ceño.
—No deberías estar en este lugar.
—Solo quería saber qué estaba pasando.
Christopher hizo un gesto a uno de sus hombres.
—Acompáñala afuera.
Mirelith asintió.
Pero antes de marcharse, el joven de veintiún años la vio.
Su expresión cambió.
—Así que tú eres Mirelith.
Ella lo miró con extrañeza.
—Sí.
El joven sonrió.
—He escuchado hablar mucho de ti.
Christopher lo observó.
—No le hables.
El muchacho ignoró la advertencia.
—Ahora entiendo por qué.
Mirelith frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque eres bastante bonita.
El ambiente cambió inmediatamente.
Christopher giró lentamente la cabeza.
—Te dije que no le hablaras.
El joven sonrió con descaro.
—Solo estaba siendo amable.
—No confundas mi paciencia con permiso.
El muchacho levantó las manos.
—Está bien.
Pero volvió a mirar a Mirelith.
—Aunque si alguna vez te cansas de...
—Basta.
La voz de Christopher fue fría.
El joven se quedó callado.
Christopher dio un paso hacia él.
—Estás aquí porque traicionaste a mi organización.
Su mirada se endureció.
—No porque tengas derecho a faltarle al respeto a nadie.
Mirelith intervino.
—Christopher, no importa.
—Sí importa.
Después miró al joven.
—Aprenderás una cosa esta noche.
El muchacho tragó saliva.
—¿Cuál?
—En esta casa, mi familia merece respeto.
Mirelith miró a Christopher sorprendida.
Él continuó:
—Y tú acabas de demostrar que ni siquiera sabes cuándo debes cerrar la boca.
El joven bajó finalmente la mirada.
—Entendido.
Christopher señaló la puerta.
—Llévenla a la mansión.
Dos hombres acompañaron a Mirelith hacia la salida.
Antes de irse, ella miró una última vez a Christopher.
Él asintió.
—Voy después.
La puerta se cerró.
Christopher esperó hasta que Mirelith estuviera lejos.
Entonces volvió su atención hacia los traidores.
Su expresión era completamente seria.
—Ahora podemos continuar.
Uno de ellos preguntó:
—¿Qué va a hacer con nosotros?
Christopher se quedó en silencio unos segundos.
—Primero quiero saber quién está detrás de esto.
El joven que había hablado con Mirelith intentó recuperar la compostura.
—No sabemos nada.
Christopher lo miró.
—Entonces será muy fácil demostrarlo.
Señaló la carpeta.
—Cada uno tendrá la oportunidad de explicar su participación.
Uno de sus hombres abrió una puerta lateral que conducía a otra sala.
—Separados —ordenó Christopher.
Los hombres fueron llevados uno por uno.
Christopher permaneció en el centro de la bodega.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje.
Mirelith: ¿Ya terminaste?
Christopher observó la pantalla.
Su expresión se suavizó apenas.
Respondió:
Todavía no. No te preocupes.
Guardó el teléfono.
Uno de sus hombres se acercó.
—Señor, encontramos otra cosa.
Christopher levantó la mirada.
—¿Qué?
—La otra mafia no quería solamente nuestras rutas.
Le entregó un documento.
Christopher lo leyó.
Su expresión se volvió todavía más fría.
—Querían acceso a nuestros contactos internacionales.
—Sí.
—Entonces esto no era una simple alianza.
—No, señor.
Christopher dobló lentamente el documento.
—Querían entrar en nuestra organización desde dentro.
Miró hacia la puerta por donde habían desaparecido los traidores.
—Y alguien les abrió la puerta.
Se hizo un silencio.
Christopher tomó su abrigo.
—Averigüen quién.
—Sí, señor.
Christopher caminó hacia la salida.
Antes de abandonar la bodega, se detuvo.
—Y que nadie vuelva a acercarse a Mirelith.
Su hombre asintió.
—Entendido.
Christopher salió.
La puerta se cerró detrás de él.
La investigación apenas comenzaba.
Y aquella noche, los traidores acababan de descubrir algo que todos los enemigos de Christopher conocían demasiado bien:
podían intentar negociar con él.
Podían intentar engañarlo.
Pero jamás debían subestimar al hombre que gobernaba aquella organización.