Valeria Grien y Maximiliano Starling no tienen absolutamente nada en común. Ella es una mujer de curvas generosas, caótica, expresiva y con una seguridad en sí misma que resulta magnética. Él es un hombre de negocios metódico, frío y un obsesivo del control que parece haber nacido con el traje puesto. Sin embargo, el destino —y el testamento de una abuela muy metiche— los obliga a tomar una decisión drástica: casarse y convivir bajo el mismo techo durante un año para no perder su herencia.
Dispuestos a sobrevivir al encierro sin matarse en el intento, firman un pacto inquebrantable con una regla de oro estricta: camas separadas y cero contacto físico. Todo marcha según el plan, entre discusiones domésticas y una tensión que echa chispas... hasta que una mañana Valeria se despierta con náuseas y una prueba con dos rayitas rosas en la mano.
¿El gran problema? Ella no sabe cómo pasó, y él, con su legendario autocontrol, muchísimo menos.
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CAPÍTULO 24: La sonrisa que congeló el tiempo
El apartamento de los Starling-Grien había dejado de ser un santuario de la arquitectura minimalista para convertirse en una sucursal del caos absoluto.
Desde la cocina, el eco de las voces de Leonor y la madre de Valeria se filtraba por el pasillo en una discusión interminable sobre si las cortinas del cuarto del bebé debían ser de lino rústico lavado o de un tejido inteligente con aislamiento térmico y protección UV de grado industrial. Mientras tanto, en el centro de la sala, la tregua impuesta por Alma había durado exactamente cuatro minutos. Julián y Gabriel ahora se disputaban a manotazos un peluche gigante de un león con corona de strass que Gabriel pretendía imponer como la mascota oficial de la cuna, mientras Julián tironeaba de una pata alegando que el volumen del felino alteraba la circulación del aire en el perímetro del mueble.
—¡Soltalo, Julián! ¡Es un diseño exclusivo, tiene pedrería cosida a mano! —chillaba Gabriel, tirando con fuerza y haciendo que sus pulseras tintinearan con violencia.
—¡No voy a permitir que este mamotreto de felpa le quite espacio cúbico de oxígeno a mi sobrino! —le devolvía Julián, con la cara roja del esfuerzo, plantando los pies firmes sobre la alfombra.
Alma, sentada de nuevo en el sillón individual, miraba al techo con una expresión que alternaba entre las ganas de cometer un doble homicidio de primos o largarse a reír otra vez. Valeria, de pie junto a la barra de la cocina, sostenía un vaso de agua mientras sentía que el bicho daba tres vueltas olímpicas en su vientre, claramente estimulado por los decibelios del griterío familiar.
A un par de pasos, Maximiliano observaba el espectáculo. El hombre que regulaba la temperatura del agua de su ducha con un termostato digital y organizaba sus camisas por densidad de tejido estaba en medio del epicentro del desorden. Las cajas de regalos seguían abiertas, el papel celofán crujía bajo los zapatos de los primos y el león de peluche amenazaba con descoserse en vivo y en directo en su preciada sala de diseño.
Valeria lo miró de reojo, preparándose para el impacto. Conociendo a su "cara de iceberg", lo lógico era que diera un paso al frente con su voz de junta directiva, los amenazara con el reglamento de copropiedad o sacara una hoja de cálculo en su tableta para demostrarles la ineficiencia matemática de su disputa por el felino.
Pero Maximiliano no hizo nada de eso.
El magnate de la construcción bajó los brazos a los costados del cuerpo. Miró las caras desencajadas de los primos, escuchó el murmullo de las madres criticando los zócalos desde la cocina y contempló la ridiculez de la escena. En lugar de tensar la mandíbula o sufrir un síncope por la violación de su orden mental, algo en su sistema operativo pareció ceder por completo ante el absurdo de la realidad.
Y entonces, ocurrió el milagro.
Maximiliano Starling soltó una risa. No fue una risita de cortesía ejecutiva, ni una mueca cínica de las que usaba en las negociaciones. Fue una carcajada franca, abierta, legítima y asombrosamente hermosa que pareció resonar con un eco limpio en cada rincón del apartamento. Su rostro de piedra se iluminó de golpe; sus labios se curvaron mostrando unos dientes perfectos y blancos, y sus ojos grises se achicaron sutilmente, llenándose de una calidez dorada que nadie en esa habitación le había visto desplegar jamás.
El tiempo se congeló en la sala de la calle Rivadavia.
Julián y Gabriel se quedaron mudos en el acto, congelados en una pose ridícula, cada uno sosteniendo una extremidad del león coronado. Alma dejó la taza suspendida a mitad de camino hacia su boca, con los ojos abiertos de par en par. En la cocina, el parloteo de las madres se extinguió como si hubieran cortado la energía eléctrica. Todos en el apartamento se quedaron estupefactos ante el fenómeno inédito del rey del hielo riendo con ganas, mostrando que detrás de la armadura de contratos y trajes de tres piezas habitaba un hombre capaz de disfrutar del caos más puro.
Valeria se quedó completamente embobada.
El vaso de agua que sostenía en la mano pareció volverse de plomo. Clavó la mirada en la boca de su esposo, en la forma en que sus hombros se movían por la risa y en las sutiles líneas de expresión que se le dibujaban alrededor de los ojos. La calidez que emanaba de Maximiliano en ese segundo fue tan intensa, tan magnética y desarmante, que Valeria sintió un vuelco violento en el estómago, una presión ardiente en el pecho que le quitó el aire de los pulmones.
En medio del desorden de su sala, rodeada de su familia intrusiva y sus amigos locos, Valeria Grien se dio cuenta, con una lucidez que la dejó temblando por dentro, de que estaba perdida. No era la farsa de las acciones, no era la presión de la prensa, no era el millón de dólares de la apuesta. Se estaba enamorando perdidamente de su insoportable, estirado y ahora absolutamente irresistible esposo.
Maximiliano, al notar el repentino y absoluto silencio de la sala, fue apagando la sonrisa poco a poco, aunque el brillo divertido no abandonó sus ojos grises. Miró a los primos, que seguían petrificados con el peluche.
—Si continúan aplicando esa fuerza vectorial contrapuesta en el eje longitudinal del felino —comentó Maximiliano, con una suavidad inédita en su voz de jefe—, la resistencia de las costuras va a ceder en menos de treinta segundos, llenando mi alfombra de relleno sintético. Sugiero que Julián diseñe un plano de distribución espacial en el cuarto y Gabriel seleccione los textiles complementarios. Es la solución más eficiente para evitar un desastre de limpieza.
Julián parpadeó, saliendo del shock, y soltó la pata del león de golpe, haciendo que Gabriel tropezara un paso hacia atrás.
—Eh... sí, claro. Una solución de diseño compartido. Me parece... una métrica aceptable —balbuceó Julián, mirando a su amigo como si estuviera viendo a un fantasma que acababa de hablarle de logística.
Gabriel, recuperando la compostura con un rápido aleteo de su abanico, desvió la mirada de Maximiliano y la clavó directo en Valeria. Vio sus mejillas encendidas, sus labios entreabiertos y esa mirada fija, boba y completamente desarmada con la que seguía contemplando al empresario.
Una sonrisa astuta, cargada de una picardía peligrosa, se dibujó en los labios de Gabriel. La guerra de perros y gatos acababa de perder a su primer soldado por el flanco del corazón, y la farsa matrimonial estaba a punto de volverse la realidad más hermosa —y complicada— de sus vidas.