Camila lo tenía todo y usó su crueldad para doblegar a Máximiliano, un becado que se negaba a rendirse ante su vanidad.
Años después, la vida los reencuentra en la empresa de su padre, donde él trabaja y ha ganado posición, mientras ella carga con la culpa y un secreto explosivo que él desconoce.
Atrapados entre el rencor del pasado, el dolor y una atracción ineludible, ambos descubrirán que el deseo puede ser tan peligroso como la venganza.
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Capítulo 4: Espejos rotos
^^^ Narra Camila^^^
El trayecto en el coche de vuelta a casa aquella tarde se me hizo interminable. El chófer mantenía una discreta distancia en silencio, pero el aire dentro del vehículo se sentía denso, como si las paredes de cuero y madera noble se encogieran a mi alrededor. Tenía la imagen de Maximiliano grabada a fuego en la retina: su frialdad, su desdén absoluto, la manera en que se había negado a concederme ni una sola pizca de la sumisión que todos los demás me entregaban en bandeja de plata.
Al llegar a la mansión, subí directamente a mi habitación sin saludar a nadie. Entré al baño, me encerré y me quedé mirando fijamente mi reflejo en el espejo iluminado por luces de camerino. Me puse de perfil, analizando cada detalle de mi rostro, buscando las supuestas imperfecciones que pudieran justificar el desinterés de un becado cualquiera. Tenía el cabello perfectamente hidratado, la piel impecable, un guardarropa que valía más que el coche de cualquier profesor de la academia, y, sin embargo, sentía que por dentro todo ese castillo de naipes se tambaleaba.
—¿Camila? ¿Estás ahí? —la voz de Vanessa al otro lado de la línea telefónica sonó a través del altavoz del móvil que había dejado sobre el lavabo, interrumpiendo mis pensamientos oscuros—. Oye, ¿qué pasó con el trabajo de literatura? ¿Es verdad que te tocó con el becado? Mateo está que echa chispas, dice que va a ir a hablar con el director para que te cambien de pareja. No puedes bajarte de nivel así, amiga.
—No me he bajado de nivel, Vane —le espeté con una agresividad que la dejó callada por un segundo—. Fue un error del profesor, nada más. Y nadie va a ir a quejarse con el director, ¿entendido? No necesito que Mateo me resuelva mis cosas como si fuera una niña indefensa.
—Vaya, qué genio —respondió ella con tono defensivo—. Solo intentaba ayudar. Todo el mundo en el chat de la escuela está hablando de eso. Dicen que el tal Máx te ignoró en plena clase y que te quedaste sin palabras.
Esa frase fue como un latigazo directo a mi orgullo. ¿Sin palabras? Yo, Camila Valdés, jamás me quedaba sin palabras. Lo que ocurría era que la rabia me había dejado sin aliento, que la insolencia de aquel chico me había descolocado de una manera tan profunda que mi cerebro no había encontrado una respuesta a la altura de su grosería.
—Diles a todos que dejen de inventar estupideces —le corté de tajo, sintiendo que la garganta se me cerraba de pura impotencia—. Voy a hacer ese ensayo, sacaremos la mejor nota del grupo, y luego se va a arrepentir de haber nacido. Te veo mañana en el centro comercial.
Colgué la llamada antes de escuchar su respuesta y arrojé el teléfono sobre la cama. Me dejé caer de rodillas frente al tocador, respirando hondo, intentando recuperar el control que creía poseer sobre mi propia vida. ¿Por qué me importaba tanto? ¿Por qué no podía simplemente ignorarlo como a cualquier otro insecto que cruzaba por los pasillos del Saint Mary’s?
La respuesta, aunque me aterraba admitirla, era simple: Maximiliano representaba la única grieta en mi mundo perfecto. Era la prueba viviente de que mi dinero, mis apellidos y mi belleza no tenían ningún valor real fuera de la burbuja artificial que mis padres habían construido a mi alrededor. Para él, yo no era una reina; era solo una niña malcriada, vacía y llena de privilegios inmerecidos. Y eso era precisamente lo que no podía soportar
Pasé el resto de la tarde revisando los libros de literatura, intentando adelantar la parte teórica del ensayo para no tener que depender demasiado de su ayuda cuando nos tocara vernos en la biblioteca municipal el próximo lunes. Cada página que leía venía acompañada de una punzada de resentimiento. Él creía que iba a doblegarme con su silencio, pero se equivocaba profundamente.
Si Máx pensaba que iba a rendirme o a tolerar sus aires de suficiencia, no sabía con quién se estaba metiendo. Yo me encargaría de demostrarle que, en este juego de poder, el fuego con el que jugaba terminaría quemándolo hasta los cimientos. Lo que ignoraba por completo en ese momento, mientras el reloj marcaba la medianoche y la casa entera dormía en un silencio sepulcral, es que al intentar destruirlo con mis propias manos, lo único que estaba haciendo era tejer el hilo invisible que, años más tarde, terminaría atándonos de la forma más dolorosa, inevitable y trágica posible.
Se gradúan de la secundaria como a los 17.
En el tercero año de la universidad van a la fiesta osea de 20 años y sale panzona la Camila, más los 9 meses de panza son 21 años. Retoma la universidad y sale de 23 años. Llega a la oficina. Osea el niño anda de 2 años para 3 y ellos sobre los 24 años.
Algo así 👀👀👀👀👀
Como le va a decir bastarfo al nieto