Lucía era una joven campesina traicionada por su prometido y su propia hermana, que la envenenaron para robarle todo. Pero el destino le da una segunda oportunidad: ¡despierta 5 años en el pasado! Esta vez no será la chica ingenua de las gallinas. Se infiltra como limpiadora en la empresa del multimillonario CEO Alejandro Montenegro para cobrarse venganza... sin saber que su hija genio de 5 años, la pequeña Mía, que también viajó en el tiempo, ¡se cruzará con su papá biológico en los pasillos! Ahora Lucía debe ocultar su identidad, destruir a los traidores y evitar que el CEO frío descubra que la niña inteligente y adorable que le sigue por todas partes es su heredera. ¿Podrá el amor florecer entre la limpiadora que manda en secreto y el hombre que no sabe que ya es papá?
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CAPÍTULO 6: El médico y el sueño
La clínica del pueblo olía a desinfectante y a miedo. Yo estaba sentada en la sala de espera, con las manos entrelazadas sobre las rodillas, escuchando el tic-tac del reloj de pared. A mi lado, una chica joven lloraba en silencio. En el mostrador, la enfermera chismeaba por teléfono.
Yo no tenía miedo. Ya sabía lo que el doctor iba a decir. Lo había vivido antes. Pero necesitaba oírlo. Necesitaba la confirmación médica, el latido en el monitor, la prueba de que esta segunda oportunidad era real.
—Lucía Fernández —llamó la enfermera.
Entré al consultorio. El doctor, un hombre mayor de gafas gruesas llamado el Dr. Salas, me miró por encima de las gafas.
—¿En qué puedo ayudarte, joven?
—Creo que estoy embarazada —dije directamente—. Tuve relaciones hace unos tres meses. No me ha venido. Tengo náuseas por las mañanas. Y... sé que lo estoy. Solo quiero confirmarlo.
El doctor asintió y me hizo las pruebas. Mientras esperábamos los resultados, me hizo un ultrasonido. El gel frío me hizo estremecerse. Y entonces, en la pantalla negra, apareció una pequeña forma. Un punto. Un latido.
*lub-dub. lub-dub. lub-dub.*
Mi corazón se detuvo.
—Ahí está —dijo el doctor, señalando la pantalla—. Diez semanas. Tres meses aproximadamente. Un embarazo sano, por lo que veo. ¿Quieres escuchar los latidos?
Asentí, sin poder hablar. Y entonces sonó, fuerte y claro, el corazón de mi hija latiendo dentro de mí.
En mi vida anterior, había escuchado ese mismo sonido una sola vez. En la clínica, sola, porque Carlos estaba "trabajando" y Elena no podía acompañarme porque "estaba enferma". Había llorado de alegría esa vez.
Esta vez, también lloré. Pero eran lágrimas de una clase distinta. Lágrimas de promesa. De una madre que le juraba a su hija que esta vez todo sería diferente.
—Está bien —dije, secándome las lágrimas con el dorso de la mano—. Está todo bien.
Salí de la clínica con el sobre de resultados en la mano y una sonrisa que no me la quitaba nadie. Diez semanas. Mi princesa estaba ahí, creciendo, fuerte.
Y esta vez, tendría todo. Todo lo que en la otra vida le negaron.
***
—¡¿Diez semanas?! —gritó Sofía, casi se le cae el café—. ¡¿Y no me lo habías dicho?!
Estábamos en su cocina, con la mesa llena de cartones de huevos y un rotulador negro. Yo le había contado todo: el embarazo, la noche con Alejandro, el plan. Todo excepto lo de la reencarnación. Eso se lo guardaba para mí.
—Te lo quería decir cuando estuviera segura —dije, sonriendo—. Ahora lo estoy.
Sofía se levantó de un salto y me abrazó tan fuerte que me costó respirar.
—¡Voy a ser tía! —gritó, y luego se puso seria—. Pero Lucía... ¿y el padre? ¿No le vas a decir?
Me quedé callada un momento. Miré por la ventana, donde mis gallinas cacareaban en el corral que Sofía me había prestado en el fondo de su casa.
—No —dije finalmente—. No ahora. Él tiene su mundo. Yo tengo el mío. Y si le digo, querrá involucrarse. Querrá "hacerse cargo". Y yo no quiero que nadie me haga cargo. Yo puedo sola.
Sofía me miró con esa mirada suya, la que dice que no me cree ni una palabra, pero que me quiere de todas formas.
—Está bien —dijo—. Pero cuando te equivoques, no digas que no te avisé. Ahora, ¿nos ponemos a trabajar? Mañana es feria, y tenemos ciento veinte huevos que vender.
***
La feria del pueblo se celebraba todos los sábados en la plaza central. Los agricultores locales ponían sus puestos: frutas, verduras, queso, miel. Sofía y yo llegamos temprano, con una mesa plegable, un mantel de cuadros rojos y blancos, y los cartones de huevos que yo misma había diseñado con el rotulador:
**HUEVOS ORGÁNICOS "LA CLARA" — 100% NATURALES, DE GALLINAS FELICES**
Puse a Clara, mi gallina estrella, en una jaulita decorada sobre la mesa como reclamo. La gente se acercaba a acariciarla y se llevaba una docena de huevos.
—¿De dónde sacaste gallinas tan buenas? —me preguntó doña Carmen, la dueña de la panadería, mientras me pagaba—. Estos huevos tienen la yema más naranja que he visto en mi vida.
—Son de razas antiguas —expliqué, con la sonrisa de quien sabe de lo que habla—. Las alimento con maíz orgánico y las dejo salir al campo todos los días. No les doy antibióticos ni hormonas.
Para el mediodía, se nos habían acabado los huevos. Ciento veinte docenas. No, ciento veinte huevos —quince cartones de doce. Habíamos ganado más dinero en una mañana que lo que yo ganaba en una semana limpiando en la feria municipal.
—¡Lo logramos! —gritó Sofía, contando el dinero, los ojos brillantes—. ¡Lucía, lo logramos!
Yo sonreí, pero mi mente ya estaba más allá. Quince cartones. Si conseguía más gallinas, más terreno, podía vender cien cartones por semana. Luego quinientos. Luego mil. Y entonces, cuando el Grupo Montenegro buscara proveedores orgánicos... yo estaría lista.
—Sofía —dije, bajando la voz—. La semana que viene, compramos más gallinas. Y alquilamos un terreno más grande. ¿Te animas a ser mi socia?
Ella me miró. Luego miró el dinero en sus manos. Luego me miró de nuevo.
—Con tal de que me dejes ser la madrina de esa niña —dijo, señalando mi panza—, acepto.
***
Pero la tarde no terminó de la forma en que esperábamos.
Estábamos recogiendo la mesa cuando un coche negro y grande se detuvo en el borde de la plaza. De él bajó un hombre de traje, con gafas de sol, que caminó directamente hacia nuestro puesto. Yo me puse tensa. No reconocí al hombre, pero algo en su forma de caminar me dijo que no era un cliente más.
—¿Huevos orgánicos La Clara? —preguntó, mirando el cartel.
—Sí, señor —respondí, con la mano en la cadera—. Pero se nos acabaron. Vuelva el sábado que viene.
—No quiero comprar huevos —dijo él, y se quitó las gafas. Tenía los ojos fríos, grises—. Quiero hablar con la dueña. Tengo una propuesta. Un cliente mío está interesado en comprar productores orgánicos locales. En grandes cantidades. ¿Le interesa?
Mi corazón dio un vuelco. Grandes cantidades. Un cliente. ¿Sería...?
—¿Qué cliente? —pregunté, desconfiada.
El hombre sonrió. Una sonrisa delgada.
—Eso es confidencial, por ahora. Si le interesa, llame a este número. Lunes por la mañana. Y no se lo diga a nadie.
Me entregó una tarjeta de negocios. La tomé. En ella, solo un número de teléfono y un nombre: **R. Vega**.
Vega. El accionista que quería vender la división orgánica de Montenegro. El nombre que había visto en la nota adhesiva en la oficina del director de marketing.
El hombre se dio la vuelta y se fue. Yo me quedé con la tarjeta en la mano, mirando cómo el coche negro se alejaba.
—¿Quién era? —me preguntó Sofía.
—No lo sé —respondí, guardando la tarjeta en el bolsillo—. Pero tengo la sensación de que acaba de empezar un juego mucho más grande del que creíamos.
***
Esa noche, mientras trabajaba en el piso cuarenta y cinco, entré a la oficina de Alejandro a limpiar. Estaba vacía, como de costumbre —él se había ido a las ocho, por primera vez en semanas—. Limpié su escritorio, pasé el paño por la mesa de centro, y entonces vi que sobre el sofá había olvidado una chaqueta.
Una chaqueta de traje negro. Su chaqueta.
Me acerqué. La tomé. Olía a él: sándalo y tabaco. Me la acerqué a la nariz sin darme cuenta, respirando hondo, y por un instante volví a esa noche de hotel, a sus manos en mi cintura, a su voz en mi oído.
—No —me dije, soltando la chaqueta como si me quemara—. No. No puedes.
Colgué la chaqueta en el perchero, con cuidado, y salí de la oficina. Pero en el bolsillo de mi uniforme, apretada contra mi corazón, llevaba la tarjeta de R. Vega.
Y en mi cabeza, una pregunta daba vueltas: ¿quién me estaba buscando? ¿Y por qué?
Lo que yo no sabía es que, en su casa, en la colina más cara de la ciudad, Alejandro Montenegro estaba sentado frente a su chimenea, con una copa de whisky en la mano, escuchando a su investigador privado por teléfono.
—...sí, señor. La joven Lucía Fernández vende huevos orgánicos en la feria del pueblo. Hoy ha tenido un puesto. Un hombre llamado Vega se le acercó y le entregó una tarjeta. Creemos que es el accionista Vega, señor. El que quiere comprar su división orgánica.
Alejandro apretó la copa hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Vega —murmuró—. Ese hijo de puta se está adelantando. Quiere a los proveedores antes de que yo los tenga.
—¿Qué hacemos, señor?
Alejandro se quedó en silencio un momento, mirando el fuego. Luego sonrió.
—Nada —dijo—. Dejemos que Vega juegue su mano. Yo quiero ver qué hace ella. Quiero ver de qué está hecha, Lucía Fernández. Y cuando menos se lo espere... yo apareceré.
Colgó. Terminó su whisky de un trago. Y en su rostro, una expresión que nadie le había visto nunca: curiosidad. Y algo más. Algo que él mismo no se atrevía a nombrar.
Sofía es mi hija de mi vida anterior. Cuando renací, ella ya estaba conmigo: una niña de cinco años que me dio la fuerza para empezar de nuevo. Su existencia es parte de mi pasado, de todo lo que perdí y de todo lo que decidí recuperar. No apareció de la nada; siempre estuvo ahí, siendo mi mayor motivación desde antes del primer capítulo.
En cuanto a la gallina Clara, es un elemento simbólico que dejé intencionalmente sin explicación detallada. Representa la protección de mis raíces, el espíritu de mi madre y el alma de la finca El Rosal. Es mi guardiana, y como tal, no necesita origen lógico: solo necesita ser sentida.
Has comprendido perfectamente el espíritu de la historia. Los animales son, en efecto, nuestros guardianes silenciosos. La gallina Clara es la más especial de todos: su aparición y su mensaje en sueños representan la protección invisible que rodea a Lucía. Es la voz de su madre, la esencia de la tierra y el corazón de El Rosal velando por ella.
Me llena de alegría que logres percibir estos detalles. Tu sensibilidad hace que esta historia cobre aún más vida. ✨