Dayana soñaba con convertirse en escritora, pero la realidad la mantenía atrapada como editora en una revista donde su talento pasaba desapercibido. Un solo error, una cadena de decisiones ajenas y un encuentro completamente inesperado la arrastran al vertiginoso mundo del motocross. Allí conoce a Alexander Amati, el piloto más famoso del planeta, un hombre tan brillante frente a las cámaras como peligroso cuando nadie lo observa. Lo que comienza como una simple coincidencia pronto se convierte en una batalla de voluntades, secretos y emociones donde nadie sale ileso. Porque, a veces, basta un instante para cambiar una vida... y una sola persona para poner tu mundo de cabeza.
NovelToon tiene autorización de YuiKiri para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 8: Sollozos en el vestíbulo
Dayana abrió los ojos de golpe.
Durante un instante no entendió qué había ocurrido.
Solo sintió unas manos firmes sujetándola por la cintura, impidiendo que terminara nuevamente en el suelo.
Su corazón todavía latía demasiado rápido por el llanto. Demasiado rápido por todo.
No se atrevió a levantar la cabeza.
Mantuvo la vista clavada en el suelo brillante del vestíbulo, observando únicamente sus propios zapatos y la sombra de la persona que la sostenía.
—¿Estás bien? —preguntó un hombre con una voz grave, calmada, pero cargada de una autoridad natural que la estremeció sin que pudiera evitarlo.
No era una voz que necesitara alzarse para imponerse.
Simplemente lo hacía.
Y, aun así, Dayana no respondió.
No quería hablar.
Si abría la boca probablemente volvería a llorar.
Y eso era lo último que necesitaba.
—¿Estás herida?
Silencio.
El hombre frunció ligeramente el ceño, observándola con una mezcla de desconcierto y algo más difícil de definir.
—Ey.
Nada.
—Ey, mírame cuando te hablo —dijo alzando un poco el tono.
Entonces ocurrió.
Antes de que Dayana pudiera siquiera reaccionar, unos dedos se colocaron firmemente alrededor de su mandíbula.
La piel de aquellos dedos era áspera, marcada, con una textura ligeramente rasposa que delataba manos acostumbradas al esfuerzo y trabajo duro. Eran dedos grandes, cálidos incluso a través del temblor de ella, que la sostuvieron con una precisión inquietante, como si supieran exactamente cuánto apretar sin romper nada… pero también cuánto bastaba para obligarla a obedecer.
Dayana se tensó al instante.
Aquel gesto fue lo suficiente para levantarle el rostro sin esfuerzo.
Y entonces lo vio.
Primero su pecho, amplio bajo un traje oscuro perfectamente diseñado a medida.
Después la línea de una mandíbula marcada, tensa, masculina, como esculpida con demasiada intención.
Y finalmente…
Un par de hermosos ojos color avellana. Oscuros en los bordes, más claros hacia el centro, como si escondieran capas de algo difícil de descifrar.
No la miraban como se mira a alguien desconocido.
La miraban como si ya la hubieran entendido… o como si quisieran hacerlo a la fuerza.
Por un segundo, Dayana sintió que esos ojos no solo la observaban, la analizaban. Como si pudieran verla por dentro.
Aquello le provocó un estremecimiento incómodo.
Desvió la mirada de inmediato.
—¿Estás llorando? —preguntó él, sorprendido.
La frase cayó sobre ella con una precisión cruel.
Porque sí.
Seguía llorando.
Antes de que pudiera responder, una voz estalló por todo el vestíbulo.
—¡¡DAYANA!!
Ella parpadeó. Ese nombre la devolvió de golpe a la realidad.
—¿A dónde crees que vas? —rugió el director del equipo acercándose a toda prisa.
Aquellas palabras fueron como un golpe de agua helada.
Dayana recuperó el aire.
Y con él… todo lo demás.
La rabia, el cansancio, la humillación.
Todo volvió de golpe, como una ola que llevaba demasiado tiempo contenida.
Se apartó bruscamente del hombre que la había sujetado.
—Ya no es mi problema- dijo Dayana furiosa.
El director llegó jadeando.
—Dayana, escúchame…
—No.
—Necesitamos hablar.
—No.
—El cliente…
—No me importa.
El silencio se volvió incómodo.
Como si la recepción entera estuviera conteniendo la respiración.
Varias miradas se clavaron en ella desde la distancia: recepcionistas, empleados, guardias. Nadie intervenía. Nadie quería estar ahí.
Dayana apretó los puños.
—Dije que renunciaba.
El director abrió la boca.
Ella lo cortó antes de que pudiera hablar.
—Y no me importa nada.
Su voz empezó a elevarse, quebrándose por momentos.
—Arreglen ustedes la estúpida campaña para el idiota del señor Amati.
A unos pasos de ella, el hombre de ojos avellana arqueó una ceja lentamente. Por primera vez desde que había llegado, su expresión dejó de ser neutra.
No era molestia, no era enfado. Era como... curiosidad.
Como si acabara de escuchar algo que no esperaba.
Dayana no lo notó.
Seguía demasiado dentro de su propia tormenta.
—Siempre he hecho todo —su voz se quebró.
Tragó saliva. Las lágrimas volvieron a aparecer, traicioneras.
—Y nunca recibo nunca nada.
El director no respondió. Porque sabía que no podía negar nada sin empeorarlo.
—Pero claro... cuando algo sale mal, ahí sí se acuerdan de mí —gritó Dayana.
Su voz resonó por todo el vestíbulo.
Las lágrimas continuaban descendiendo por sus mejillas sin que pudiera detenerlas.
—Y todavía se atreven a amenazarme...
Las últimas palabras salieron casi convertidas en un sollozo.
El director del equipo tragó saliva. Por primera vez desde que la conocía, no parecía saber qué decir.
—Dayana...
—¡No!- El grito salió tan fuerte que incluso ella se sorprendió. Algo dentro de ella se había roto definitivamente.
Señaló hacia los elevadores, hacia las oficinas, hacia todo aquel lugar que durante tres años había consumido una parte de su vida.
—¿Saben qué?
Su respiración era irregular, temblaba, pero continuó.
—No me vuelvan a contactar.
Algunas personas intercambiaron miradas.
—Ni aunque quisieran podrían hacerlo.
Una pequeña risa escapó de sus labios, no era alegre, era amarga y dolorosa. La risa de alguien demasiado cansado para seguir fingiendo que todo estaba bien.
El director palideció.
—¿Qué?
—Lo que oyó.
Dayana levantó el teléfono.
La pantalla destrozada reflejó las luces del techo como una enorme telaraña de cristal roto.
Por un instante se quedó observándola. Aquella imagen parecía una representación bastante precisa de cómo se sentía.
—Porque una de sus estúpidas empleadas me tiró al suelo y rompió mi celular.
Su voz volvió a elevarse.
—Cuando ella iba a avisarles, que el maldito del viejo Amati llegó.
El silencio fue inmediato. Algunas personas abrieron los ojos de par en par. Otras simplemente dejaron de respirar durante un segundo.
—Y no me importa quién carajos sea.
Las lágrimas seguían cayendo por las mejillas de Dayana.
—Que se joda él.
Su voz tembló.
—Y que se jodan todos.
Aquello último salió prácticamente gritado. Tan fuerte que terminó sin aire. El vestíbulo entero quedó congelado.
Nadie dijo nada.
Nadie se movió.
Dayana dio media vuelta antes de que alguien pudiera detenerla. Las puertas automáticas se abrieron frente a ella y salió corriendo bajo la lluvia que apenas estaba comenzando, aferrándose a los últimos restos de energía que le quedaban. No quería escuchar explicaciones. No quería disculpas. Solo quería desaparecer.
Dentro del edificio, el silencio continuó durante varios segundos.
Pesado.
Incómodo.
Absoluto.
Hasta que una voz masculina rompió finalmente el aire.
—Así que soy un gilipollas.
El director sintió que el estómago se le hundía.
Giró lentamente y encontró unos ojos color avellana observándolo con absoluta tranquilidad aterradora.
—Señor... Amati...
El hombre acomodó el puño de su camisa bajo la manga del traje con un movimiento elegante y controlado.
—Eso parece.
El director tragó saliva.
—Yo puedo explicarlo.
Una ceja del señor Amati se arqueó apenas.
—¿Ah, sí?
—Por supuesto.
—Interesante.
La palabra sonó casi divertida.
Casi.
Pero sus ojos permanecieron fríos.