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Embarazada De Un CEO Frio, Posesivo Y Controlador.

Embarazada De Un CEO Frio, Posesivo Y Controlador.

Status: En proceso
Genre:Mafia / Embarazo no planeado / Mujer poderosa
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Es la 2da parte de la obra" No soy la debilidad de nadie", pero ahora la trama, es el embarazo de Valentina socia y amiga de las gemelas Laura y Lorena Lombardi. En la noche después de la fiesta de la empresa "Angora VS Asociadas", fundadas por las Lombardis y sus amigos Jon Jairon, Karla y Valentina en Moscú, recibio un premio internacional. Al finalizar la fiesta donde Alexander CEO y hermano mayor de las gemelas Lombardi encargado de la seguridad, es provocado por Valentina una mujer ardiente y sin filtros, y tiene un encuentro sexual apasionado, caliente y sin compromiso, donde ambos ponen sus límites. Solo que por el alcohol, la premura y el momento no fueron precavidos lo suficiente y la consecuencia es un Embarazo. Que pasará ahora...

NovelToon tiene autorización de Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Brindis entre dos mundos.

Brindis entre dos mundos

La euforia aún vibraba en el aire de la mansión de Dimitri cuando Lorena y Valentina, con lágrimas de alegría aún frescas en sus mejillas, abrazaron a sus caballeros con una gratitud que desbordaba las palabras. Dimitri, con su sonrisa calmada y esos ojos que parecían comprenderlo todo, y Alexander, cuyo habitual rostro serio se había suavizado en un gesto de genuina satisfacción, habían logrado lo que parecía un milagro tecnológico: tender un puente de luz y sonido hasta la lejana tierra de Laura. La conexión había sido nítida, un bálsamo para el alma de las dos amigas que, por un instante, habían olvidado la distancia y el frío.

La propuesta de celebrar como se merecía aquel triunfo surgió de manera natural, y Alexander, con un deje de misterio en la voz, sugirió un lugar que prometía estar a la altura del momento: un nuevo restaurante en el corazón de Moscú, donde las tradiciones culinarias de Rusia e Italia se daban la mano en una danza de sabores y aromas.

El "Palazzo degli Zar", como se hacía llamar el establecimiento, era un despliegue de opulencia y buen gusto que dejó a Lorena y Valentina sin aliento en cuanto cruzaron sus puertas. Situado en una calle adoquinada del barrio histórico, el local ocupaba la planta baja de un antiguo palacio, cuyas paredes de ladrillo visto se combinaban con elegantes paneles de madera tallada y arañas de cristal que proyectaban destellos dorados sobre las mesas de mármol blanco. Grandes ventanales arqueados ofrecían una vista privilegiada de las cúpulas de la cercana catedral, mientras un pianista en un rincón interpretaba suavemente Capítulo 12: Brindis entre dos mundos

La euforia aún vibraba en el aire del apartamento de Dimitri cuando Lorena y Valentina, con lágrimas de alegría aún frescas en sus mejillas, abrazaron a sus anfitriones con una gratitud que desbordaba las palabras. Dimitri, con su sonrisa calmada y esos ojos que parecían comprenderlo todo, y Alexander, cuyo habitual rostro serio se había suavizado en un gesto de genuina satisfacción, habían logrado lo que parecía un milagro tecnológico: tender un puente de luz y sonido hasta la lejana tierra de Laura. La conexión había sido nítida, un bálsamo para el alma de las dos amigas que, por un instante, habían olvidado la distancia y el frío. La propuesta de celebrar como se merecía aquel triunfo surgió de manera natural, y Alexander, con un deje de misterio en la voz, sugirió un lugar que prometía estar a la altura del momento: un nuevo restaurante en el corazón de Moscú, donde las tradiciones culinarias de Rusia e Italia se daban la mano en una danza de sabores y aromas.

El "Palazzo degli Zar", como se hacía llamar el establecimiento, era un despliegue de opulencia y buen gusto que dejó a Lorena y Valentina sin aliento en cuanto cruzaron sus puertas. Situado en una calle adoquinada del barrio histórico, el local ocupaba la planta baja de un antiguo palacio, cuyas paredes de ladrillo visto se combinaban con elegantes paneles de madera tallada y arañas de cristal que proyectaban destellos dorados sobre las mesas de mármol blanco. Grandes ventanales arqueados ofrecían una vista privilegiada de las cúpulas de la cercana catedral, mientras un pianista en un rincón interpretaba suavemente melodías de Tchaikovski con un toque de jazz. El menú, impreso en pergamino, era una obra de arte en sí mismo: una oda a la fusión donde los pelmeni siberianos se bañaban en una delicada salsa de trufa y parmesano, y los clásicos risottos milaneses se aromatizaban con un toque de eneldo y crema de champiñones silvestres. Para las chicas, que adoraban la pasta, Alexander pidió unos tallarines hechos a mano con ragú de jabalí y un toque de nata, mientras que para compartir, Dimitri eligió una parrillada de esturión con verduras asadas y un toque de limón, un plato que evocaba las costas italianas pero con el alma rusa del río Volga. El vino, un tinto italiano de cuerpo medio, fluía con generosidad, y los postres fueron una sinfonía de contrastes: el tiramisú clásico se acompañaba de unas finas obleas de miel y nueces, típicas de la repostería rusa, creando un final dulce que todos alabaron con sonrisas cómplices.

Fue entonces, cuando el camarero retiraba los platos y el ambiente se envolvía en una burbuja de satisfacción y confianza, cuando Alexander, con una chispa de travieso orgullo en sus ojos grises, mencionó que conocía un lugar perfecto para seguir la noche. Lorena y Valentina, ajenas por completo a la naturaleza del sitio, asintieron con entusiasmo, imaginando quizás un acogedor bar de jazz o un salón de té con vistas al río. Sin embargo, al salir del restaurante y caminar unas calles, la fachada familiar de un edificio de estilo constructivista les hizo detenerse en seco. Era el mismo antro, aquel templo de música subterránea y luces estroboscópicas donde habían bailado hasta el amanecer semanas atrás. La sorpresa se pintó en sus rostros al recordar que Alexander, con su aire reservado y su traje impecable, era el propietario de aquel lugar de excesos y ritmos electrónicos. Las chicas rieron, mezclando incredulidad y diversión, mientras él, con una reverencia teatral, les abría la puerta secreta que llevaba a un palco privado con vistas a la pista, donde la noche aún prometía nuevas historias por escribir, esta vez, con el sabor de un triunfo compartido y la promesa de que la distancia, al final, siempre encuentra la manera de acortarse. en pergamino, era una obra de arte en sí mismo: una oda a la fusión donde los pelmeni siberianos se bañaban en una delicada salsa de trufa y parmesano, y los clásicos risottos milaneses se aromatizaban con un toque de eneldo y crema de champiñones silvestres.

Para las chicas, que adoraban la pasta, Alexander pidió unos tallarines hechos a mano con ragú de jabalí y un toque de nata, mientras que para compartir, Dimitri eligió una parrillada de esturión con verduras asadas y un toque de limón, un plato que evocaba las costas italianas pero con el alma rusa del río Volga. El vino, un tinto italiano de cuerpo medio, fluía con generosidad, y los postres fueron una sinfonía de contrastes: el tiramisú clásico se acompañaba de unas finas obleas de miel y nueces, típicas de la repostería rusa, creando un final dulce que todos alabaron con sonrisas cómplices.

Fue entonces, cuando el camarero retiraba los platos y el ambiente se envolvía en una burbuja de satisfacción y confianza, cuando Alexander, con una chispa de travieso orgullo en sus ojos de miirada revelde, mencionó que conocía un lugar perfecto para seguir la noche. Lorena y Valentina, ajenas por completo a la naturaleza del sitio, asintieron con entusiasmo, imaginando quizás un acogedor bar de jazz o un salón de té con vistas al río.

Sin embargo, al salir del restaurante y caminar unas calles, la fachada familiar de un edificio de estilo constructivista les hizo detenerse en seco. Era el mismo antro, aquel templo de música subterránea y luces estroboscópicas donde habían bailado hasta el amanecer semanas atrás. La sorpresa se pintó en sus rostros al recordar que Alexander, con su aire reservado y su traje impecable, era el propietario de aquel lugar de excesos y ritmos electrónicos. Las chicas rieron, mezclando incredulidad y diversión, mientras él, con una reverencia teatral, les abría la puerta secreta que llevaba a un palco privado con vistas a la pista, donde la noche aún prometía nuevas historias por escribir, esta vez, con el sabor de un triunfo compartido y la promesa de que la distancia, al final, siempre encuentra la manera de acortarse.

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