Sin dinero, sin familia y con el corazón destrozado, Valentina huyó a un pequeño pueblo donde nadie la conocía. Ahí, entre las manos ásperas de mujeres solidarias y el llanto de su hijo recién nacido, construyó desde cero lo que nadie creyó posible: un negocio propio, una nueva vida y un amor que jamás imaginó.
Mientras tanto, el karma no descansaba.
Todo lo que Sebastián le hizo se le devolvió con intereses: la traición de su amante, la caída de su imperio, la soledad más profunda. Y cuando por fin comprendió el peso de sus errores, ya era demasiado tarde para recuperar lo que destruyó.
Pero la vida guarda sorpresas para todos. Incluso para quienes no las merecen.
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Episodio 13
El aroma dulce de vainilla y leche de coco cocinándose a fuego lento empezó a inundar el aire alrededor de la vieja casa desde las tres de la madrugada. En la cocina iluminada por un foco amarillento, Valentina se movía con agilidad.
El pelo recogido con esmero, el rostro limpio de cualquier maquillaje caro, pero con un rubor natural en las mejillas que ya nada tenían que ver con la palidez de cuando pisó el pueblo por primera vez.
Sobre la mesa de madera, ya bien tallada, se alineaban decenas de moldes con pasteles de coco, bizcochos al vapor y tortitas de papa dulce con una textura increíblemente suave. Las recetas secretas de la abuela, con ligeras modificaciones de Valentina, se habían convertido en las favoritas del pueblo.
—Ya casi, Santi. Cuando termine, te baño —le susurró Valentina hacia la hamaca de tela que se mecía suavemente en la esquina de la cocina.
Santiago ya empezaba a reaccionar. El bebé soltaba ruiditos o pateaba cada vez que escuchaba la voz de su madre.
Santiago era el motor de Valentina: cada vez que el cansancio la vencía, bastaba con mirar el brillo en los ojos de su hijo para que la energía le regresara.
Unas horas después, Valentina ya estaba frente al pequeño local que acababa de alquilar hacía un mes. Era muy sencillo, ubicado a la orilla de la calle principal que conducía a la plaza del pueblo. Ya no vendía en la esquina lodosa del estacionamiento del mercado.
Un letrero de madera colgaba sobre la puerta: "Postres Tradicionales Santiago — La dulzura de lo auténtico."
Una clienta habitual, doña Carmen, se acercó.
—Valentina, apárteme treinta cajas de pastel de coco para el rezo de mañana. Oiga, ¿le digo una cosa? Cada día la veo más guapa. ¿Qué se pone? ¡Se le ve la cara fresquísima!
Valentina le sonrió con franqueza, una sonrisa que rara vez se le veía cuando vivía encerrada en el apartamento de lujo de Sebastián.
—Ay, doña Carmen, usted es muy amable. No me pongo nada, señora. Será el aire limpio del pueblo y un corazón tranquilo.
Valentina lucía distinta de verdad. Aunque solo llevaba una bata de algodón barata con estampado de flores y un delantal, el aura de mujer refinada de ciudad no se le había ido, y ahora se le sumaba un resplandor de fortaleza.
Sin sombra de ojos, sus ojos brillaban más. Sin labial de marca, los labios se le veían más sanos de tanto sonreír con gratitud.
Ya no era la Valentina frágil que dependía de la compasión de Sebastián. Era una Valentina independiente, una pequeña empresaria que empezaba a ganarse el respeto de la gente del pueblo.
A mediodía, un auto oficial se detuvo frente al local. Un hombre con uniforme de funcionario bajó y entró.
—Buenas tardes. ¿Aquí es donde hacen los pasteles que se volvieron famosos en las redes del pueblo? —preguntó.
Valentina se sorprendió un poco.
—Buenas tardes, señor. Sí, soy Valentina. ¿En qué le puedo servir?
—Soy del departamento de protocolo de la alcaldía del distrito. La semana que viene tenemos visita de funcionarios de la capital, y el alcalde quiere ofrecer bocadillos locales de primera calidad. Ya probamos de varios lugares, pero el sabor de los pasteles de usted es el que más gustó. Queremos encargar quinientos paquetes para el evento.
El corazón de Valentina se aceleró. ¿Quinientos paquetes? Era el pedido más grande que había recibido en su vida. Solo el anticipo le alcanzaba para pagar seis meses de renta del local y comprar provisiones para Santiago.
—Por supuesto, señor. Le preparo lo mejor —respondió Valentina con determinación.
Cuando el hombre se fue, Valentina se dejó caer en la silla. Las lágrimas de emoción le corrieron por las mejillas. Levantó a Santiago, que acababa de despertar, y le besó la frente una y otra vez.
—Santi, mira... Dios no duerme. No necesitamos dinero de nadie ni limosnas de nadie para vivir. Podemos, mi amor. Podemos.
Mientras Valentina celebraba su pequeño triunfo, en la capital, Sebastián Montero enfrentaba una realidad amarga. El negocio del que tanto presumía empezaba a tambalearse por sus decisiones impulsivas.
Acababa de firmar un préstamo bancario enorme solo para cubrir costos operativos de la empresa, y en secreto, una parte fue a parar al anticipo de la fiesta de bodas fastuosa que Clarissa le exigía.
Sebastián estaba sentado en un café de lujo, esperando a Clarissa. Pero quien apareció fue un viejo amigo, también empresario.
—Seb, me llegó el rumor de que tu constructora anda con problemas. Varios subcontratistas se quejan de que les retrasaste los pagos —dijo el amigo con tono preocupado.
Sebastián intentó reír, disimulando el nerviosismo.
—Es lo normal, cosas de administración. Todo está bajo control.
—Qué bueno. Oye, por cierto, vi una foto de tu exesposa en un grupo de gastronomía regional. Alguien publicó la foto de una vendedora de pasteles que dicen que es guapísima y cocina increíble, en un pueblito al pie de la sierra. La cara se parece muchísimo a Valentina. Pero pensé que no podía ser ella, ¿verdad? Tú decías que sin ti se iba a hundir.
Sebastián se quedó petrificado. La taza de café le tembló ligeramente en la mano.
—¿Valentina? ¿Vendiendo pasteles? Te confundiste. Ella es delicada, casi nunca tocaba una escoba, mucho menos iba a ponerse a hacer pasteles en un pueblo.
—Puede ser. Pero si de verdad es ella, hay que reconocerle el mérito. En la foto se la ve muy feliz, cargando un bebé chiquito mientras atiende a los clientes.
Un bebé chiquito. Esas palabras le cayeron a Sebastián como un mazazo. ¿Valentina dio a luz? ¿Y se veía feliz?
Después de que su amigo se fue, Sebastián buscó frenéticamente en su celular. Intentó encontrar el grupo de gastronomía que le mencionaron, pero sin saber el nombre del pueblo ni de la región, se topó con un callejón sin salida. La curiosidad ahora se mezclaba con un dolor indescriptible.
Miró hacia la puerta del café cuando Clarissa entró con cara de pocos amigos.
—¡Seb! ¿Por qué no me contestaste los mensajes? ¡Fui a la boutique y me dijeron que no has transferido el resto del pago del vestido de novia! ¡Me cobraron enfrente de todo el mundo, pasé una vergüenza horrible! —Clarissa se quejó sin importarle quién escuchara.
Sebastián la observó. Antes, los berrinches de Clarissa le resultaban un reto estimulante. Pero ahora, ver a una mujer que solo sabía exigir en medio de la crisis que él enfrentaba le provocaba asco.
Recordó a Valentina, que siempre lo calmaba. A Valentina, que siempre lo apoyaba en los momentos difíciles. A Valentina, que ahora —si la noticia era cierta— estaba construyendo su vida con una sonrisa.
—Luego te transfiero, Clar. Deja de gritar —respondió Sebastián con frialdad.
—¿Luego cuándo? ¡Cambiaste mucho desde que Valentina se fue! ¡Te volviste un tacaño!
Sebastián no contestó. En su mente, imaginaba el rostro de Valentina sonriendo detrás de su mostrador. Valentina hermosa sin maquillaje. Valentina radiante porque se había liberado de su veneno.
Esa noche, Valentina trabajó hasta tarde con dos vecinas del pueblo que había contratado para ayudarla. Se reían mientras empacaban pasteles. Santiago dormía profundamente en una canasta junto a Valentina, para que ella pudiera vigilarlo.
Valentina se asomó a un espejito pequeño en la esquina de la cocina. Se miró. La piel quizás un poco más morena por el sol, las manos quizás un poco más ásperas por la masa, pero los ojos... los ojos no le habían estado tan en paz jamás.
—Gracias, Sebastián —susurró Valentina a la oscuridad—. Gracias por botarme. Porque sin ti, por fin me encontré a mí misma.
Valentina era ahora la dueña de un pequeño negocio que empezaba a crecer. Y para ella, esto era apenas el inicio de una venganza infinitamente más elegante que cualquier insulto.