Después de perder a sus padres, Izack Vega cree que lo peor ya pasó… hasta que comienza a vivir bajo el mismo techo que su peor pesadilla.
Traicionado por su propia familia, termina en un orfanato donde conocerá a personas rotas como él… que poco a poco se convertirán en su verdadera familia.
Pero el pasado no lo dejará en paz. Secretos, acoso, mentiras y muertes lo rodean…
Y cuando la verdad salga a la luz, Izack tendrá que decidir:
¿seguir huyendo… o enfrentarse a la oscuridad?
NovelToon tiene autorización de nezhaN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 10: EL MUERTO QUE RESPIRABA
La noche ya había cubierto todo el bosque con su manto negro y helado cuando empezaron a caminar de regreso, despacio, cargando entre todos a Héctor, que seguía inconsciente pero con el pulso cada vez más lento y estable. Nadie hablaba casi nada. Las palabras de Tomás y la última advertencia ronca de su tío daban vueltas en la cabeza de todos como un eco frío que no quería callar: *El Fundador. Alguien que ustedes creen muerto desde hace doce años. Él lo planeó absolutamente todo*. Izack caminaba pegado por completo al costado de Axel, sin soltarle la mano ni un solo segundo, apretándola con tanta fuerza que le dolían los nudillos, los ojos todavía hinchados y ardientes, el pecho pesado como si le hubieran puesto encima una losa entera de piedra. Tenía la mente en blanco y al mismo tiempo atestada de preguntas que solo de pensarlas le clavaban algo afilado en el pecho. ¿Quién era en realidad? ¿Lo había visto alguna vez de cerca? ¿Había estado ahí, sonriendo con falsedad, saludándolo, dándole la mano, mientras por detrás ordenaba destruir su vida poco a poco, año tras año?
Al cruzar la verja del orfanato, un silencio demasiado denso y pesado los recibió de golpe. No se oía el viento en los árboles, ni el canto de los grillos, ni siquiera el ruido lejano del pueblo. Las luces del pasillo principal parpadeaban una y otra vez con un zumbido eléctrico molesto, y el aire olía de golpe a humo viejo, a papel quemado y a algo metálico, frío y desconocido. Al empujar la puerta grande de entrada, todos se detuvieron al mismo tiempo, con la sangre helada de golpe en las venas. Sobre la mesa larga del comedor, ordenada con una precisión macabra, gélida y perfecta, descansaba una carpeta de cuero negro, mucho más gruesa y pesada que la roja que habían sacado de la fábrica, y justo encima de ella, una vela negra delgada que ardía con una llama pequeña y azulada, como si alguien la hubiera encendido apenas unos minutos antes de que ellos cruzaran la puerta.
Nadie se atrevió a dar el primer paso durante largo rato. Era imposible. Habían cerrado todo con llave antes de salir. Habían revisado cada puerta, cada ventana. Nadie podía haber entrado. Y sin embargo, ahí estaba. Como si la persona que la dejó hubiera podido atravesar las paredes, o como si conociera cada cerradura, cada escondite, cada rincón de esa casa mejor que los propios niños que vivían ahí desde hacía años.
Axel apretó una vez más la mano de Izack para darle fuerza, dio un paso al frente con calma firme y tomó la carpeta entre sus dedos. No tenía nombre, ni sello por fuera, solo el número 14 grabado en relieve en la tapa, liso y oscuro. Al abrirla, el aire pareció faltarle de golpe a los pulmones. Por dentro no había papeles sueltos ni apuntes rápidos: había **historias completas, vidas enteras, registradas página por página, durante más de una década**. Allí estaban los informes mensuales sobre el crecimiento de Izack, cada enfermedad, cada nota del colegio, cada amigo que hizo, cada vez que lloró por sus padres, cada noche que durmió mal. Estaban los planes de estudio de Axel, los viajes de su familia, la fecha exacta en que su padre murió, cada paso que dio desde que era pequeño. Estaban Lucas, Mateo, Benjamín, Valentina, Camila, incluso Tomás y su hermana pequeña. Todo. Cada detalle, cada miedo, cada alegría, cada secreto que creían solo suyo. El Fundador no solo los controlaba desde afuera: **los había estado estudiando, observando y midiendo, día tras día, desde que eran bebés**.
—Sabe hasta cómo tomamos el té —susurró Lucas con la voz temblorosa, pasando una hoja entre los dedos sin poder creerlo—. Sabe a qué hora nos dormimos. Sabe de qué tenemos miedo. Sabe todo.
Tomás se acercó muy despacio, pálido como la cera, y al ver ciertos documentos asintió con la cabeza, con una tristeza infinita en la mirada.
—Es su forma de ser —dijo muy bajito—. Él no ataca a ciegas. Primero te aprende entero. Te desarma por dentro sin que te des cuenta. Y cuando ya sabes perfectamente quién eres y qué amas… entonces ataca justo ahí. Por eso nadie lo ha podido parar. Porque nadie pelea tan frío como él. Y sí… todo el tiempo estuvo más cerca de lo que nadie imaginó. Incluso estuvo aquí, dentro de estas cuatro paredes, más de una vez. Todos lo vimos. Todos le sonreímos. Y nadie lo reconoció nunca, porque nadie busca a un muerto.
Esa idea fue la gota que terminó de derramar el vaso por completo dentro del pecho de Izack. Sintió de repente que el suelo se abría bajo sus pies, que todo lo que había sido, todo lo que había vivido, no había sido más que un guion escrito por otro, una pieza movida sobre un tablero por manos que nunca vio. Se tambaleó un poco hacia atrás, y antes de que pudiera decir nada, antes de que pudiera siquiera respirar bien, un dolor inmenso, agudo y desgarrador le apretó el pecho con tanta fuerza que tuvo que doblarse hacia adelante, agarrándose con ambas manos la camisa justo sobre el corazón. No era dolor físico. Era **cansancio del alma**, ese que se acumula durante años en silencio, que uno cree que soporta bien, hasta que de golpe ya no cabe ni un gramo más dentro. Dio unos pasos hacia atrás, salió corriendo de la sala sin mirar a nadie, subió las escaleras de dos en dos, entró a su habitación pequeña y fría, cerró la puerta con seguro y se dejó caer de rodillas en medio del suelo, y rompió a llorar con una desolación tan grande, tan honda y tan silenciosa que casi no hacía ruido, solo le sacudía todo el cuerpo de pies a cabeza. Lloró por la niñez que le robaron, por los padres que se lo llevaron antes de tiempo, por el tío que se convirtió en monstruo, por los amigos en quienes dudó y que dudaron de él, por Tomás atrapado sin salida, por sí mismo, que a los dieciséis años ya estaba cansado de pelear contra sombras que ni siquiera podía ver bien la cara. Lloró hasta que le ardieron los ojos hasta no poder abrirlos, hasta que le dolió cada músculo, hasta que sintió que se quedaba sin aire, y aun así el dolor no disminuía ni un poquito. Se sentía vacío, usado, pequeño, absolutamente solo en medio de todo.
No escuchó que la puerta se abría y cerraba de nuevo muy suavemente por detrás. Solo sintió de inmediato ese calor que ya conocía de memoria, el único que lograba derretir aunque fuera un poquito ese hielo que se le metía hasta los huesos. Axel no dijo nada. No le pidió que se calmara, ni le dijo frases vacías de que todo iba a salir bien. Simplemente se arrodilló también en el suelo frío, lo rodeó con ambos brazos por completo y lo atrajo fuerte contra su pecho, acomodándolo entre sus piernas, abrazándolo con una fuerza tan tierna como inquebrantable, envolviéndolo entero como si quisiera ser su segunda piel, su escudo, su refugio absoluto contra todo lo malo que existiera en el mundo. Acomodó la cabeza de Izack justo sobre su corazón, para que escuchara cada latido fuerte, constante y seguro, le pasó una mano larga y cálida recorriendo todo su cabello muy lento, desde la frente hasta la nuca, una y otra vez sin parar, y con la otra le recorría toda la espalda de arriba abajo, despacio, rítmicamente, como si le cantara una canción de cuna sin palabras. Le besaba la parte alta de la cabeza, la sien, la oreja, cada rincón de piel que encontraba al alcance de sus labios, y solo de vez en cuando le murmuraba muy bajito al oído frases cortas, profundas y verdaderas: *estoy aquí, te tengo, no te suelto, respira, yo sostengo todo por los dos*.
Izack se giró de golpe entre sus brazos, se aferró con todas sus fuerzas al cuello de Axel, se acomodó de frente pegado cuerpo contra cuerpo, sin dejar ni el más mínimo espacio entre los dos, y siguió llorando ahora contra su cuello, mojándole toda la tela de la camisa, apretándolo con tanta fuerza como si temiera que en cualquier momento también él se volviera humo o una mentira más.
—Estoy tan cansado, Axel —logró decir entre sollozos rotos, casi sin sonido—. Tan cansado de que siempre haya algo más, alguien más, otra mentira, otra trampa. A veces quisiera simplemente… dejar de caminar. Quisiera que todo se detuviera aunque fuera cinco minutos. Me siento tan roto… tan roto por dentro que tengo miedo de que esta vez ya no se pueda pegar nada de nuevo. Me da pena… me da tanta pena ser así, tan débil, que siempre tengas que ser tú el fuerte por los dos.
Axel lo apretó aún más contra sí, casi sin aire para los dos, levantó su rostro entre ambas manos con una delicadeza infinita, miró fijamente a esos ojos rojos, brillantes y rotos, y le pasó los pulgares muy suavemente por debajo de las pestañas secando cada lágrima nueva que salía.
—Nunca, nunca me des pena —le dijo con la voz temblando un poco de la emoción tan grande que sentía—. Al contrario. Me haces el hombre más afortunado del mundo por dejarme entrar, por dejarme ver todo esto, por confiarme lo que nadie más ve. Tú no eres débil. Eres lo más valiente que he conocido en mi vida, porque después de todo lo que te han roto, sigues queriendo, sigues cuidando, sigues siendo bueno. Y déjame ser claro una vez para siempre: **yo no soy fuerte por los dos. Somos fuertes juntos**. Tú me diste una razón para pelear cuando yo también andaba perdido y vacío por dentro. Tú me llenaste lo que estaba hueco. Nos necesitamos igual. Lo roto… lo arreglamos entre los dos, pedacito por pedacito, sin prisa. Te prometo que nunca te voy a pedir que estés bien de un día para otro. Te voy a esperar el tiempo que haga falta. Y en los días que no puedas ni pararte… yo te cargo.
Y entonces se inclinó y lo besó.
No fue un beso rápido, ni urgente, ni solo pasión. Fue **entrega total, lenta, profunda, ardiente y sanadora al mismo tiempo**. Sus labios se encontraron despacio, tomándose todo el tiempo del universo, saboreando el sabor salado de las lágrimas, el calor del aliento entrecortado, la certeza absoluta de que esto, solo esto, era real y nadie, absolutamente nadie en el mundo, podía mentirlo ni quitarlo. Axel lo apretó por la cintura con ambas manos, pegando cada milímetro de piel que la ropa permitía, subiendo las palmas muy despacio por toda la columna vertebral hasta llegar a la nuca, entrelazando los dedos en el cabello oscuro para mantenerlo cerca, sin ganas jamás de soltar. Izack respondió con todo lo que le quedaba de alma, abrazado fuerte al cuello, abriéndose por completo en ese beso, dejando entrar todo el amor, todo el consuelo, toda la calma que solo Axel sabía poner en cada roce. Se besaron una y otra vez, lento, hondo, con el corazón latiendo al mismo compás, mezclando el dolor con la ternura, el miedo con la esperanza, el cansancio con el deseo de estar bien algún día. Fue un beso que curó heridas que ni siquiera sabían que tenían abiertas, un beso que dijo sin pronunciar una sola palabra: te elijo a ti, con tu pasado, con tu dolor, con todo lo que está roto, te elijo hoy y todos los días que me queden por vivir.
Cuando por fin se separaron fue solo lo indispensable para respirar, las frentes pegadas con fuerza, las respiraciones calientes y entrecortadas completamente mezcladas, los ojos cerrados, las manos todavía aferradas una a la otra sobre el pecho, justo donde latían al unísono.
—Sea quien sea —murmuró Izack por fin, con la voz todavía ronca y quebrada, pero con un hilo nuevo de firmeza que antes no existía—, por mucho poder que tenga, por muy listo que se crea… no contó con esto. No contó con que no estamos solos.
Más abajo, en la sala, Tomás había sacado de su bolso una memoria pequeña, negra, sin marcas.
—Aquí está todo —dijo en voz alta para todos, con la mirada clara y decidida por primera vez en seis años—. Pruebas, fechas, lugares, nombres reales, todo lo que recopilé a escondidas con miedo de que me descubrieran. Mañana mismo se lo entregamos todo al abogado y a la policía buena, la que no está comprada. Vamos a desarmar su organización pedazo por pedazo. No va a poder seguir escondiéndose detrás de su muerte fingida por mucho más tiempo.
Pero en ese preciso instante, la vela negra de la mesa se apagó de golpe, sin viento, sin corriente, sin nada. Y en el silencio total que siguió, sonó claro y nítido el sonido de un celular recibiendo un mensaje, en la mesa de al lado. No era de ninguno de ellos. Lo habían dejado ahí también, junto a la carpeta. En la pantalla solo se leía una línea, escrita con letras blancas sobre fondo negro:
> **CREEN QUE SABEN JUGAR. ESPEREN A CONOCER A LOS QUE YO TRAIGO DESPUÉS. EL JUEGO REAL TODAVÍA NO EMPEZÓ.**
Izack y Axel se miraron desde lo alto de las escaleras, apretando fuerte las manos entrelazadas. Sabían que lo que venía después ya no sería solo contra un hombre que se hacía llamar El Fundador. Iba a ser contra todo un imperio oculto, y muy pronto, caras que nunca habían visto entrarían en sus vidas para cambiarlo absolutamente todo.
**FIN DEL CAPÍTULO 20**