La Academia Valmont lo tenía todo: lujo, poder y secretos. Entonces conocí a Matías Ferrer, el chico que parecía un ángel… y terminé atrapando al diablo.
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CAPÍTULO 15
El lunes comenzó de forma extraña.
Sofía hablaba sin parar de una fiesta a la que claramente no pensaba ir, el profesor de matemáticas anunció una prueba sorpresa y yo intentaba despertar con mi tercera taza de café.
—¿Me estás escuchando?
—preguntó ella.
—Claro.
—¿Y qué dije?
—Que nos escapamos a una isla desierta y no volvemos más.
—No era eso… pero me encanta la idea.
Reí suavemente.
Por fin sentía que el alboroto por mi apellido empezaba a calmarse.
Hasta que entró él.
Matías llegó más tarde que nunca.
Tenía el cabello revuelto y húmedo, el uniforme mal abotonado y una expresión que jamás le había visto:
Pura angustia.
—Algo va muy mal —susurró Sofía.
Las clases apenas comenzaron cuando el teléfono del maestro sonó.
Escuchó un momento y miró directamente a Matías:
—Ferrer, vaya de inmediato a administración.
Se levantó tan rápido que casi derriba la silla.
—¿Sucede algo grave?
—preguntó el profesor.
—Es mi hermana —alcanzó a decir antes de salir corriendo.
Sentí un nudo helado en el estómago.
El resto de la mañana fue eterna.
Al sonar el recreo lo busqué por todas partes hasta hallarlo junto a la reja principal, con la mirada perdida.
—¿Qué pasó? —lo llamé.
—Nada importante —respondió sin levantar la vista.
—Matías…
Suspiró vencido.
—Valentina tuvo un accidente en el colegio.
—¿Está herida?
—Una chica la empujó en las gradas.
Se cortó profundamente la rodilla y le pusieron puntos.
Pero… dice que no fue sin querer.
—Vamos —dije tomando las llaves.
—Amalia, no tienes por qué…
—Sí la tengo.
No objetó más.
El camino transcurrió en absoluto silencio.
Al llegar al pequeño departamento, Valentina estaba en el sofá, con la pierna vendada y la mirada triste.
—¡Amalia! —gritó queriendo levantarse.
—Ni lo intentes — la detuvo a su hermano con ternura.
Me senté a su lado y la abracé con cuidado.
—¿Cómo va la guerrera?
—Me duele mucho… —murmuró apoyando su cabeza en mi hombro—.
Esa niña dijo que tropezó, pero mintió.
Lo hizo a propósito.
Matías apretó los puños.
—Ya hablé con la directora.
Prometieron averiguarlo.
—No quiero volver mañana —susurró ella con los ojos llenos de lágrimas.
—Hoy no pienses en eso —le dije acariciando su mano—.
Solo descansa.
¿sí?
Mientras ella cerraba los ojos, lo vi a él:
De pie junto a la ventana, cargando solo con todo el peso del mundo.
Entendí entonces que no solo temía por ella:
estaba agotado.
Agotado de resolver todo sin ayuda, de ocultar miedos, de fingir ser fuerte siempre.
Me acerqué despacio.
—No debes llevarte todo esto tú solo —le dije bajito.
Me miró y vi cómo se le llenaron los ojos.
—Lo sé… —su voz se quebró—.
Pero no sé de qué otra forma hacerlo.
Sin pensarlo, tomé su mano entre las mías.
Él no la soltó.
—Ustedes se ven muy bonitos así —dijo Valentina con una sonrisa traviesa.
Ambos soltamos una risa nerviosa.
—Tú hablas demasiado para quien tiene que guardar reposo —le respondí.
—Pues me gusta verlos juntos —replicó ella cerrando los ojos satisfecha.
Al irme, Matías me acompañó hasta la puerta.
El viento frío golpeaba nuestras caras y el sol ya se había ocultado.
—Gracias —dijo muy serio—.
Por venir sin dudar.
Por no hacer preguntas tontas.
Por quedarte.
—Siempre voy a estar cuando me necesites.
—le respondí mirándolo a los ojos.
Bajó la mirada, como si esas palabras le dolieran y al mismo tiempo lo sanaran.
—Entonces… espero que nunca te canses de mí.
Mi corazón dio un vuelco.
Lo miré de frente, viendo por fin al chico que se escondía tras tantos muros.
Y sonreí con toda la sinceridad que sentía:
—Creo que ya es demasiado tarde para cansarme
¿Y si ya fuera demasiado tarde para hacerlo?