Todos creían que Cynthia tenía una vida perfecta.
Nadie veía los moretones escondidos bajo el maquillaje.
Nadie escuchaba los gritos detrás de las paredes de la mansión.
Durante cinco años soportó golpes, humillaciones y miedo por proteger a su hija. Pero cuando una tragedia destruye lo poco que quedaba de su mundo, comprende que solo tiene dos opciones: quedarse y morir... o escapar.
Lo que Cynthia no sabe es que el hombre al que dejó atrás nunca aceptará perderla.
Y hará cualquier cosa para recuperarla.
Una madre. Una hija. Una huida desesperada. Y una batalla por la libertad que apenas comienza.
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Capítulo 5.
La última puerta se cerró. El último invitado se fue. Cynthia sintió el cambio en el aire antes de que Alberto hablara.
—Arriba.
Una sola palabra. Pero fue suficiente.
La arrastró por las escaleras, sus dedos clavándose en su brazo como garras. Cynthia tropezó en el tercer escalón, pero él no se detuvo. La jaló con más fuerza. Abrió la puerta de la habitación de una patada.
—¿Crees que soy idiota?
Su voz era peligrosamente baja. Cynthia conocía ese tono. Era peor que los gritos.
—Alberto, no sé de qué...
El puñetazo la cortó. Sintió cómo su labio se partió de nuevo, justo donde apenas había sanado. El sabor metálico de la sangre llenó su boca.
—¡NO ME MIENTAS! —la voz explotó finalmente—. Vi cómo te miraba ese maldito doctor. Y vi cómo tú lo mirabas a él.
La levantó del cabello. Cynthia gritó.
—¡Todo este tiempo! Todo este maldito tiempo fingiendo ser la esposa arrepentida mientras planeabas irte con ese hijo de puta.
—No, Alberto, te juro...
El golpe en las costillas le quitó el aire. Cynthia cayó de rodillas.
—¿Crees que un hombre como él se fijaría en ti? —la pateó en el estómago—. Mírate. Eres patética. Fea. Usada. Solo quiere llevarte a la cama como la puta barata que eres.
Cynthia tosió, tratando de respirar.
—Pero antes de que ese bastardo te toque un pelo, lo mato. ¿Me oíste, zorra desvergonzada? —se agachó y la agarró de la cara—. Y yo creyendo que eras débil e inocente. Maldita perra descarada.
La aventó contra el tocador. El espejo se rajó con el impacto. Los frascos de perfume cayeron y se rompieron.
Alberto respiraba como toro. Se aflojó la corbata.
—Eres mía, Cynthia. MÍA. Y si no puedes ser mía, no serás de nadie.
Salió y cerró con llave.
Cynthia se quedó tirada entre los vidrios rotos. Cada respiración era un cuchillo. Las costillas. Otra vez las costillas rotas. Cerró los ojos y dejó que la oscuridad se la llevara.
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Pasaron tres días antes de que pudiera moverse.
Tres días tirada en esa cama, cada respiración un suplicio. Amelia subía comida que apenas podía tragar. Agua que le costaba beber. La miraba con esos ojos llenos de lástima pero nunca decía nada. En esa casa, todos habían aprendido que el silencio era supervivencia.
Alberto no volvió a la habitación. La dejó ahí, encerrada, pudriéndose en su dolor.
El cuarto día, Cynthia escuchó algo diferente. Pasos ligeros en el pasillo. No eran de Alberto. No eran de Amelia.
La llave giró. La puerta se abrió despacio.
Lucía entró y se quedó paralizada en el umbral. La mano cubriendo su boca. Los ojos llenándose de lágrimas.
—Dios mío... Cynthia... ¿qué te hizo?
Corrió hacia la cama. Tocó el rostro de su amiga con manos temblorosas. El ojo casi cerrado por la hinchazón. El labio partido. Los moretones cubriendo su cuello.
—Esta vez te mató. Esta vez casi te mata.
—Lucía... —la voz de Cynthia era apenas un susurro—. Necesito... que hagas algo.
—Lo que sea. Dime.
—En mi cómoda... hay un compartimento oculto... atrás del cajón de arriba.
Lucía corrió al mueble. Encontró el compartimento. Dentro estaba el dinero que Cynthia había guardado durante años. Papeles. Y una tarjeta blanca con un número escrito a mano.
—Llama... y dile que estoy lista... para irme.
Lucía apretó la tarjeta entre sus dedos.
—Intentémoslo de nuevo, Cynthia. Esta vez lo haremos bien. Esta vez saldrá bien.
—No quiero... que te lastime... otra vez.
—Me da igual. —Lucía se limpió las lágrimas con rabia—. No voy a dejarte aquí para que te mate. Porque la próxima vez lo hará. Y yo no voy a vivir con eso.
Guardó la tarjeta en su sostén, justo donde Cynthia le enseñó.
—Te sacaré de aquí. Lo juro por nuestra amistad. Lo juro por Valentina.
—Valentina... ¿dónde está?
—Con mi madre. Le dije que la cuidara unos días. Está a salvo.
Cynthia cerró los ojos. Al menos su hija estaba lejos de este infierno.
Lucía se fue tan silenciosamente como había llegado.
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Una semana pasó arrastrándose.
Cynthia volvió a su rutina aunque cada movimiento era agonía. Las costillas protestaban con cada respiración. Pero no podía quedarse en cama. Eso enfurecería más a Alberto.
Bajaba las escaleras sosteniéndose del barandal. Preparaba el café aunque sostener la cafetera le doliera. Sonreía cuando Alberto la miraba aunque por dentro quisiera escupirle.
Y él casi no estaba. Llegaba tarde. Salía temprano. A veces ni siquiera dormía en casa.
Valeria. Tenía que ser Valeria.
Y aunque la idea de su esposo con otra mujer debería destrozarla, Cynthia solo sentía alivio. Si estaba con ella, no estaba golpeándola. Si estaba ocupado con su amante, tal vez la dejaría en paz.
Pero no iba a quedarse a esperar que eso pasara.
Esa mañana, después de que Alberto se fuera, llamó a Amelia a la cocina.
—Necesito que hagas algo por mí.
Le dio el sobre con el dinero. Más de lo usual.
—Deposítalo en la cuenta que te di. Todo.
Amelia asintió.
—Y otra cosa. —Cynthia sacó una lista doblada—. Necesito que me consigas esto. Sin que nadie se entere. Especialmente Alberto.
Amelia leyó. Sus ojos se abrieron.
—Señora...
—Por favor, Amelia. Confío en ti. Eres la única en quien puedo confiar.
El ama de llaves miró a esa mujer rota que había visto sangrar mil veces. Que había curado en secreto. Que había ayudado a esconder moretones con maquillaje. Y tomó una decisión.
—Lo tendré para mañana.
Cynthia apretó su mano.
—Gracias. Nunca olvidaré esto.
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La noche siguiente, cuando Alberto llegó, la casa estaba diferente.
Las luces del comedor tenuemente iluminadas. Velas sobre la mesa. El olor de su comida favorita. Filete término medio. Vino tinto. Ese postre de chocolate que le encantaba.
Alberto se detuvo en la entrada del comedor. Cynthia estaba de pie junto a la mesa. Llevaba esa bata de satín roja que él le había comprado años atrás y que nunca se ponía. El cabello suelto cayendo sobre sus hombros. Los labios pintados.
—¿Qué es todo esto?
Ella se acercó despacio. Tomó la botella de vino y le sirvió una copa.
—Quiero que hagamos las paces. —Las palabras le quemaban pero las dijo con la sonrisa más dulce que pudo fingir—. No quiero que sigamos peleando, amor. Te extraño.
Alberto tomó la copa. La miraba con desconfianza pero también con ese hambre que ella conocía tan bien.
—¿Me extrañas?
Cynthia bajó la cabeza. Sumisa. Como a él le gustaba.
—Mucho. Extraño cómo éramos antes. Cuando éramos felices.
Se sentaron. Cenaron. Cynthia rio de sus chistes, aunque no tuvieran gracia. Tocó su mano cuando hablaba. Llenó su copa cada vez que se vaciaba. Actuó como la esposa enamorada que él siempre quiso que fuera.
Cuando terminaron, ella se levantó y le tendió la mano.
—Ven.
Lo guió a la habitación. Puso música. Esa canción que habían bailado en su boda. Lo desvistió despacio, besando cada centímetro de piel que descubría, aunque su estómago se retorciera.
Hicieron el amor.
Para Alberto era el cielo. Cynthia entregada, apasionada, sin resistencia. La mujer que siempre soñó tener.
Para Cynthia era una despedida. Cada caricia era un adiós. Cada beso era el último. Cerró los ojos y dejó que su mente volara lejos mientras su cuerpo hacía lo que tenía que hacer.
Y cuando terminó, cuando Alberto se dejó caer a su lado satisfecho, ella se quedó mirando el techo en la oscuridad.
Porque aunque la rabia hirviera en su pecho, aunque el odio la carcomiera, una parte de ella todavía amaba a ese hombre. No al monstruo que la golpeaba. Sino al hombre que pudo haber sido. Al que nunca fue.
Alberto se durmió con una sonrisa. Cynthia esperó a que su respiración se hiciera profunda. Y entonces, en silencio, lloró.
Lloró por los cinco años perdidos. Por el hijo muerto. Por la mujer que fue antes de conocerlo.
Y por la mujer en la que se había convertido.
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Cuando Alberto despertó, el sol ya estaba alto. Se estiró como gato satisfecho. Buscó a Cynthia con la mano.
Nada.
Abrió los ojos. La cama vacía.
—¿Cynthia?
Se levantó. Caminó al baño. Vacío. Al vestidor. Vacío.
—¡CYNTHIA!
Bajó las escaleras de dos en dos. Cocina. Sala. Jardín. Nada.
—¡AMELIA!
El ama de llaves apareció, las manos retorciendo el delantal.
—¿Señor?
—¿Dónde está mi esposa?
—No lo sé, señor. No la he visto.
Alberto subió corriendo. Abrió el cuarto de Valentina de un golpe.
La cama tendida. Los juguetes en su lugar. Pero no había nadie.
—No...
Corrió al armario de Cynthia. Abrió las puertas con violencia. La ropa seguía ahí. Los zapatos. Las joyas. Todo en su lugar.
Pero la maleta pequeña no estaba. Esa maleta vieja que Cynthia trajo cuando se casaron.
Marcó a sus hombres.
—Encuéntrenla. Vayan a la casa de mi hermana. AHORA.
Veinte minutos de infierno. Veinte minutos caminando de un lado a otro como animal enjaulado.
El teléfono sonó.
—Señor, su hermana está en la casa de su madre. Pasó la noche ahí con gripe. La nana la cuidó toda la noche.
La sangre le hirvió.
Si no fue Lucía...
—El maldito doctor.
Tomó las llaves de su Mercedes. Bajó las escaleras tan rápido que casi se cae.
Amelia lo vio pasar. Cerró los ojos y rezó una oración por su señora.
Alberto arrancó el auto con las llantas chillando. En el camino, golpeaba el volante.
—Maldita Cynthia. Maldita perra. Te encontraré. Juro por Dios que te encontraré.
Aceleró por las calles. Los semáforos en rojo no importaban. Nada importaba.
—Y cuando te encuentre, te mataré. A ti y a ese hijo de puta. Los mataré a ambos.
Porque Alberto Castro no perdía lo que era suyo.
Y Cynthia acababa de declarar una guerra.
Una guerra que él pensaba ganar.
Aunque tuviera que quemar el mundo entero para lograrlo.