Hola aaa aquie le straigo otra historia nueva, espero que les guste y que le den mucho amor como a las demás..
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18.. El fuego que protege
El compromiso entre el Archiduque Arion Drakhar y Alisa Beaumont ya no era motivo de discusión.
Era un hecho.
Sin embargo, para Arion existía una diferencia entre un compromiso anunciado y una promesa hecha ante la familia de la mujer que amaba.
Y él pensaba hacer las cosas correctamente.
Aquella mañana, un carruaje negro se detuvo frente a la residencia Beaumont.
Arion descendió vestido con su uniforme ceremonial.
No llevaba espada.
Solo una pequeña caja de madera tallada y un ramo de lirios blancos.
Cuando Harold Beaumont abrió la puerta, quedó sorprendido.
—¿Archiduque?
Arion inclinó respetuosamente la cabeza.
—Barón Beaumont... he venido a solicitar formalmente la mano de su hija.
Harold permaneció inmóvil durante unos segundos.
Después sonrió ampliamente.
—¡Entre, muchacho!
Alisa, que acababa de bajar las escaleras, sintió que el rostro se le encendía por completo.
—¿Arion...?
Él la miró con una serenidad que solo aparecía cuando estaba junto a ella.
—Quiero que nuestro compromiso deje de ser un acuerdo.
Quiero que sea una decisión tomada también frente a tu familia.
Aquellas palabras emocionaron incluso a los sirvientes.
Pero la verdadera sorpresa llegó unos minutos después.
Mientras Harold abrazaba a su hija para felicitarla, el cuello de la joven quedó ligeramente descubierto.
El barón abrió los ojos de golpe.
—¿Qué es eso?
Alisa llevó una mano a su clavícula.
La marca plateada brilló apenas unos segundos.
Harold levantó la vista hacia Arion.
Después volvió a mirar la marca.
Luego observó la del Archiduque, visible bajo el cuello de su camisa.
Su boca quedó entreabierta.
—No... no me digan que...
Guardó silencio unos instantes.
De pronto dio dos pasos hacia atrás y se llevó ambas manos a la cabeza.
—¡¡¿Voy a ser abuelo?!!
La sala quedó completamente en silencio.
Alisa sintió que deseaba desaparecer.
—¡P-padre!
Harold comenzó a caminar de un lado a otro completamente alterado.
—¡Tengo que mandar a hacer una cuna!
—¡No hay ningún bebé! —respondió Alisa, roja como un tomate.
Arion tosió discretamente para ocultar una risa.
Era la primera vez que veía al temido Barón Beaumont perder completamente la compostura.
Harold terminó señalando la marca.
—¡Entonces explícame eso!
Arion respondió con calma.
—Es la marca de compañeros de los dragones.
No significa necesariamente que vaya a haber un hijo.
El barón soltó un largo suspiro.
—Ah...
Hizo una pausa.
—Bueno... pero si algún día ocurre...
Quiero ser el primero en enterarme.
Alisa escondió el rostro entre las manos mientras Arion, por primera vez delante de todos, dejaba escapar una risa sincera.
En el Palacio Imperial...
El Sumo Sacerdote caminaba junto a una joven de cabellos dorados.
Era la muchacha que había llegado misteriosamente al Imperio.
—Su Majestad.
He traído a la joven de la que habló el Oráculo.
El emperador observó con curiosidad a la desconocida.
—¿Tu nombre?
—Elena.
Respondió con cierta timidez.
El príncipe heredero también estaba presente.
Durante unos segundos dirigió una mirada educada hacia la joven.
Después volvió la vista hacia la ventana.
Su mente seguía ocupada por una sola persona.
Alisa.
Elena notó aquella indiferencia y bajó la mirada.
No comprendía por qué sentía que había llegado demasiado tarde a una historia que parecía escrita para alguien más.
Esa misma tarde...
Arion llevó a Alisa fuera del palacio.
Cabalgaron durante casi una hora hasta llegar a una montaña cubierta de árboles cristalinos.
En la cima se alzaba un lago de aguas completamente transparentes.
El viento hacía brillar la superficie como si estuviera llena de estrellas.
—Es hermoso... —susurró Alisa.
Arion sonrió.
—Nunca traje a nadie aquí.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Ni a tu familia?
Él negó lentamente.
—Este era el lugar al que escapaba cuando necesitaba estar solo.
Se sentó sobre una roca.
—Aquí podía olvidar que era un Archiduque.
Que era un dragón.
Que todos esperaban algo de mí.
Solo podía ser... Arion.
Alisa se sentó junto a él.
Sin decir nada, apoyó suavemente la cabeza sobre su hombro.
Y por primera vez...
Aquel lugar dejó de pertenecer únicamente a la soledad.
Mientras ellos permanecían lejos...
El príncipe heredero llegó nuevamente al Palacio Negro.
Los guardias intentaron detenerlo.
—Su Alteza, el Archiduque no se encuentra...
—Entonces hablaré con Alisa.
Antes de que pudieran impedirlo, el príncipe entró en el gran salón.
Alisa acababa de regresar unos minutos antes.
Al verlo, suspiró con cansancio.
—Su Alteza...
No deberíamos seguir teniendo esta conversación.
El príncipe dio un paso hacia ella.
—Solo escúchame una última vez.
—Ya tomé una decisión.
—Ese compromiso puede romperse.
Alisa negó con firmeza.
—No.
Él sujetó suavemente su muñeca.
—Alisa...
Ella retiró el brazo de inmediato.
—Le he pedido muchas veces que respete mi decisión.
Pero el príncipe insistió.
—Si tan solo me dieras una oportunidad...
El sonido de una bofetada resonó en todo el salón.
El príncipe quedó inmóvil.
Alisa bajó lentamente la mano.
Su mirada era firme.
—Esa fue por no escuchar un "no".
No vuelva a cruzar ese límite conmigo.
El príncipe permaneció en silencio.
Por primera vez comprendió que ya no luchaba contra Arion.
Luchaba contra la voluntad de Alisa.
Y estaba perdiendo.
Muy lejos de allí...
Arion se detuvo de golpe.
Llevó una mano hasta la marca de su pecho.
Un torrente de emociones ajenas atravesó el vínculo.
La incomodidad de Alisa.
Su enojo.
Su tensión.
Sus ojos se endurecieron.
—Algo ocurrió.
Sin esperar explicación, desplegó sus enormes alas negras.
En cuestión de minutos descendió frente al Palacio Negro.
Atravesó las puertas con una velocidad imposible.
Al entrar al gran salón encontró al príncipe frente a Alisa.
Y el leve enrojecimiento en la mano de ella.
Fue suficiente.
El aire tembló.
Una presión aterradora recorrió el palacio.
Las pupilas de Arion se afilaron.
Escamas negras comenzaron a aparecer sobre su cuello.
El dragón estaba despertando.
—¡ARION! —gritó su consejero mientras se interponía en su camino—. ¡Es el príncipe heredero!
Pero Arion apenas escuchaba.
Solo veía a alguien que había vuelto a hacer sentir incómoda a la mujer que amaba.
Dio un paso al frente.
Y luego otro.
La temperatura del salón comenzó a elevarse.
Hasta que una mano pequeña sujetó la suya.
—Arion...
Él se detuvo.
Giró lentamente.
Alisa lo observaba con serenidad.
—Estoy bien.
No permitas que esto cambie quién eres.
El Archiduque respiró con dificultad.
Las escamas desaparecieron poco a poco.
La presión mágica se disipó.
Sin apartar la mirada de Alisa, llevó la mano de ella hasta sus labios y la besó con delicadeza.
—Mientras puedas decirme que estás bien...
Siempre volveré a la calma.
El príncipe observó la escena en silencio.
Y comprendió, con dolor, que el vínculo entre ellos era mucho más fuerte de lo que jamás había imaginado.
Porque ya no era solo amor.
Era un lazo que ni siquiera la magia parecía capaz de romper.
Gracias autora /Heart//Rose//Heart/