Él es el padre de su mejor amiga... Pero también el dueño de sus fantasías más prohibidas.
Cristóbal es un hombre maduro, exitoso y comprometido con su familia, alguien a quien todos ven como un ejemplo de responsabilidad. Pero desde el día que conoció a Julieta, la joven compañera de su hija, nada ha sido igual. Cada encuentro la hace más irresistible, cada mirada profundiza una conexión que no debería existir.
Ella es joven, dulce e "inocente" ... Y él lucha por no caer en la tentación.
Julieta siempre ha visto en Cristóbal algo más que el padre de su mejor amiga: un hombre que despierta en ella emociones que nunca imaginó sentir. A pesar de saber que está jugando con fuego, no puede evitar buscarlo, soñarlo, desearlo con una intensidad que la abruma.
Un amor que desafía los límites, un deseo que no sabe de reglas.
Entre secretos, mentiras por omisión y el miedo a destruir vidas enteras, Cristóbal y Julieta se ven envueltos en una pasión que amenaza con consumirlos...
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Capítulo 13.
Julieta.♥️
Envuelvo mis piernas con las sábanas de la cama mientras trato de calmar la presión en mi pecho. El silencio de la habitación apenas es roto por mi respiración pausada siento que el insomnio me come viva.
Tomo el celular y, con los dedos temblorosos, escribo un mensaje a mi madre:
"Mamá, me voy a quedar a dormir aquí con Jessica. Mañana necesito que hablemos, de verdad. Te quiero."
El mensaje se envía y segundos después aparece el doble chulito azul: lo leyó. Pero no responde. Me quedo mirando la pantalla esperando aunque sea un simple “ok”. Nada. Ni una palabra.
Un nudo se me instala en la garganta. Pienso en qué momento ella cambió tanto, en qué instante dejó de ser mi cómplice, mi amiga, mi confidente. Antes éramos inseparables, las dos contra el mundo. Pero desde que Ramón llegó a nuestras vidas todo se volvió diferente. Él no la cuida, no la respeta, ni la valora. Ella trabaja como una esclava para mantenerlo, y yo solo puedo mirar impotente cómo se hunde.
Aprieto los labios. Recuerdo a mi papá… su sonrisa suave, sus detalles, sus manos grandes que siempre olían a colonia fresca y madera. Él sí daba la vida por nosotras. Y se fue de la forma más cruel, un cáncer lo arrancó de nuestro lado el mismo día que cumplí quince. Aquella fecha que debía ser celebración terminó en entierro. Desde entonces todo se quebró.
Cuando mamá volvió a casarse dos años después con Ramón, pensé que lo hacía para no sentirse sola. Pero pronto quedó claro que él no era más que un parásito. Me duele verla así, pero he decidido que mañana hablaré con ella. Le diré que juntas podemos salir adelante, que no necesitamos de ese hombre. Y si no quiere escucharme… cerraré los ojos, tomaré mis cosas y me iré de casa, aunque me duela dejarla atrás.
El cansancio finalmente me arrastra y me duermo entre pensamientos turbios.
...
Me despierto sobresaltada. Miro el celular: son las dos de la mañana. Tengo la boca seca y una sensación extraña me recorre todo el cuerpo, un calor interno que me consume. Me paso las manos por el rostro. Estoy sudando. Otra vez había soñado con él… con Cristóbal.
Mi respiración es irregular. Ese hombre se me mete en la piel, en la mente, en el alma. Su voz grave resuena en mis sueños, sus labios se clavan en los míos con una realidad que me desarma. Quiero sentirlo. Quiero probarlo.
Me levanto con sigilo, descalza, cuidando de no despertar a Jessica. El pasillo oscuro me traga mientras bajo las escaleras, iluminando apenas con la linterna de mi celular. La casa está en silencio absoluto, como si todo conspirara para que mis pasos sean cada vez más audaces.
Llego a la cocina y abro la nevera. La luz blanca me golpea la cara. Me inclino, medio cuerpo dentro, buscando un jugo frío que apague esta maldita sed. Estiro la mano hacia una botella de jugo de naranja cuando escucho, a mis espaldas, esa voz que me enciende la piel.
—¿No puedes dormir?
El susto me hace soltar la botella, que cae contra el piso y rueda. En el impulso, me golpeo la cabeza contra la repisa interna del refrigerador.
—¡Ay! —me quejo, llevándome la mano a la frente.
—¿Estás bien? —pregunta Cristóbal, acercándose de inmediato.
Me enderezo y ahí está él, frente a mí, sin camisa, solo con unos pantalones de pijama que se cuelgan peligrosamente de sus caderas. Su cuerpo… Dios. Es como si un escultor griego lo hubiese tallado. Amplios hombros, abdomen marcado, piel bronceada que brilla bajo la luz de la nevera.
Se me seca aún más la garganta. Me olvido del dolor en la cabeza.
—Sí… sí, estoy.... bien —respondo, tartamudeando.
Cristóbal recoge la botella del suelo y me la tiende. Noto la fuerza de sus manos, la forma en que me mira, tan intenso que me quema.
—Ten.
—Gracias —susurro, rozando sus dedos al tomarla.
El contacto me estremece.
—¿Qué haces despierta a esta hora? —insiste él, sin apartar los ojos de mí.
Trago saliva, nerviosa.
—Es que… me sentía caliente. —Lo digo sin pensar y me arrepiento al instante—. Perdón, quería decir que tenía mucha sed… una sed que necesitaba quitarme.
Cristóbal sonríe apenas, ladeando la cabeza. Su mirada baja fugazmente a mis piernas. Me doy cuenta de que mi pijama es demasiado corta, apenas una camiseta holgada y un short diminuto.
Siento que mis mejillas arden.
—Tómate el jugo —dice con esa voz profunda que retumba en mi vientre—. Eso ayuda con la sed. Yo también bajé por lo mismo.
Asiento, abro la botella y bebo. El líquido frío baja por mi garganta, pero no calma nada. La sed que tengo no es de jugo.
—Bueno… ya me voy a dormir —murmuro, intentando girarme.
Pero él me detiene, su mano firme rodeando mi brazo. Me empuja suavemente contra la barra de la cocina. Mi espalda se topa con la madera y mi corazón late como loco.
—Julieta… —me toma el rostro entre sus dedos, acariciando mi mejilla. Sus ojos oscuros buscan los míos, bajan a mi boca.
Yo también lo miro. Sé lo que está a punto de pasar. Y lo deseo. Lo deseo más de lo que jamás había deseado nada.
—Quiero besarte —confiesa él, con la voz ronca.
Respiro agitada, mis labios tiemblan.
—Yo también quiero… —admito, apenas audible.
Entonces sus labios se estrellan contra los míos. Un beso ardiente, desesperado, lleno de hambre contenida. Jadeo entre el choque de nuestras bocas, nuestras lenguas danzan, se buscan, se enredan. Mis manos se aferran a su cuello, las de él aprietan mi cintura, pegándome a su cuerpo duro.
Lo muerdo suavemente y él gime contra mi boca. Siento que me incinero. La pasión sube como una ola que amenaza con arrastrarnos.
Nos separamos un segundo, respirando fuerte, y luego volvemos a unirnos con más ansias. Quiero arrancarle la ropa, quiero perderme en él. Todo lo prohibido se siente delicioso.
De pronto, un ruido nos hace sobresaltarnos. Algo cae al suelo. Nos giramos con el corazón en la boca.
Es Pelusa, el gato de Jessica, que nos mira desde la encimera y suelta un maullido como si nos reprochara.
Cristóbal suelta una risa entre dientes. Yo, en cambio, siento que me muero de los nervios.
—Tengo que irme —digo atropelladamente.
Salgo corriendo de la cocina y subo las escaleras con el corazón a punto de estallar. Entro al cuarto, cierro la puerta y me dejo caer en la cama, temblando.
Llevo una mano a mis labios, aún húmedos por sus besos. Cierro los ojos. Acabo de cruzar una línea peligrosa… pero lo único que pienso es en volver a probarlo. ¡Maldición, que rico besa!
Que te mejores pronto te mando un abrazo de oso.