"Condenada por un crimen que no cometió, terminó refugiada en las garras del monstruo más despiadado de todos".
Sofía Ivanov siempre fue la vergüenza de su manada. Despreciada por sus padres y eclipsada por Tania, su perfecta hermana menor, Sofía soportó el peor de los castigos: ver cómo su propia familia le exigía romper el lazo sagrado con su mate, Gavin, solo porque su hermana se había encaprichado con él. Y lo peor... él tampoco la defendió.
Pero el día de la boda, el destino cobra una factura sangrienta. Gavin es brutalmente asesinado en el altar y Sofía es encontrada de rodillas, cubierta de sangre y con el arma homicida en sus manos. Inculpada por su propia familia y convertida en la fugitiva más buscada, Sofía huye bajo una tormenta implacable hasta caer inconsciente en los límites del territorio prohibido.
Al despertar, ya no está en el bosque. Alguien la ha rescatado y ocultado en el lugar más peligroso: el palacio de César Dróvnikov, el temible y despiadado Rey Lycan.
NovelToon tiene autorización de Dalia Hache para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 6
Fingir que el mundo exterior es un eco lejano es más difícil de lo que parece. Para Sofía, la orden de Greta de convertirse en "Elena, la sirvienta muda", se transformó en una disciplina diaria de supervivencia. Cada vez que una de las amas de llaves más estrictas le gritaba por no limpiar con suficiente rapidez, o cuando las otras sirvientas se burlaban de su torpeza a sus espaldas, Sofía tenía que morderse la lengua hasta sentir el sabor metálico de la sangre. No podía emitir ni un solo sonido. Su voz estaba enterrada bajo el miedo a la soga del Rey Lycan.
Sin embargo, el silencio también se convirtió en su mejor arma.
Los habitantes del palacio real cometían un error común: asumían que, al no poder hablar, Sofía tampoco tenía la capacidad de entender o de recordar. Para la corte y los guardias, ella se volvió tan invisible como los muebles de caoba o las alfombras del ala este. Pasaba desapercibida, con el balde y el trapo en la mano, mientras a su alrededor se ventilaban secretos que harían temblar a cualquier manada.
Una tarde, dos semanas después de su encuentro con el rey, Sofía se encontraba limpiando el polvo de las pesadas armaduras del pasillo que conectaba con la sala del consejo privado. El sol se estaba ocultando, tiñendo las ventanas de un rojo encendido que le recordaba, muy a su pesar, la sangre en el altar de Gavin.
—Te digo que Borís Ivanov está perdiendo la cabeza —escuchó una voz áspera que se acercaba.
Sofía se tensó de inmediato. Reconoció los pasos ligeros pero firmes de dos oficiales de la guardia real. Instintivamente, bajó la cabeza, se arrodilló junto a la base de una armadura y comenzó a frotar el metal con fuerza fingida, convirtiéndose en una sombra más.
—¿Sigue exigiendo que registremos los pueblos de la frontera? —preguntó el otro guardia, deteniéndose justo a unos metros de ella.
—Sí. El Alfa Ivanov envió una carta formal al Beta Kaelen esta mañana. Dice que tiene pruebas de que la asesina de su yerno cruzó a nuestro territorio. Ofrece una recompensa obscena en oro a cualquiera que entregue a su hija mayor, viva o muerta. Dice que es una deshonra para la raza licántropa.
A Sofía se le cortó la respiración. Sus propios padres le habían puesto precio a su cabeza, cazándola como si fuera un animal rabioso. El dolor de la traición familiar volvió a arañarle el pecho, pero tuvo que ahogar cualquier sollozo. Apretó el trapo entre sus manos con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—Es una estupidez —comentó el primer guardia, soltando una risa burlona—. Una humana defectuosa, una "sin lobo", no habría sobrevivido ni una hora en nuestros bosques bajo esa tormenta. Ya debe ser comida de gusanos. Además, el Rey César jamás permitiría que los rastreadores de Ivanov pisen nuestro suelo por una disputa doméstica. Si esa chica entrara aquí, el rey la mataría antes de que Ivanov pudiera parpadear.
Los guardias continuaron su camino, sus voces perdiéndose en el ala militar del castillo.
Sofía se quedó sola, con el corazón desbocado. Sabía que el tiempo jugaba en su contra. Si su familia seguía presionando, tarde o temprano la seguridad del palacio se intensificaría, y su mentira caería por su propio peso.
Al terminar su turno, exhausta y con la mente abrumada, Sofía regresó a las cocinas para dejar los utensilios de limpieza. El lugar estaba inusualmente caótico. Greta corría de un lado a otro con bandejas de plata, organizando a las cocineras con gritos desesperados.
—¡Elena! ¡Menos mal que llegas! —exclamó Greta al verla entrar. La anciana se acercó rápidamente, tomándola del brazo con evidente nerviosismo—. Necesito que lleves esto de inmediato al piso superior. Es el té nocturno de hierbas del Rey. La sirvienta encargada se torció el tobillo y no hay nadie más disponible en quien confíe.
Sofía abrió los ojos de par en par, negando frenéticamente con la cabeza. Dio un paso atrás, el pánico reflejado en su rostro. *¿Ir a los aposentos del Rey Lycan? ¿Después de lo cerca que estuvo de descubrirla?*
—Escúchame bien —le susurró Greta al oído, apretándole las manos para darle valor—. Él está en su despacho, sumergido en los mapas de guerra. No te va a mirar. Solo entra, deja la bandeja de plata sobre la mesa auxiliar junto a la chimenea, haz una reverencia y sal de ahí sin hacer ruido. Eres muda, recuerdalo. Si actúas con calma, serás solo una sirvienta más entregando el servicio. Si te niegas ahora, el ama de llaves sospechará. Tienes que ir.
Sofía tragó saliva. Sabía que Greta tenía razón: una sirvienta que se negaba a cumplir una orden directa del ala real levantaba alertas de inmediato.
Tomó la pesada bandeja de plata entre sus manos. El metal estaba frío, pero el juego de té de porcelana humeaba, desprendiendo un olor a valeriana y miel. Con las piernas temblando bajo el pesado vestido gris, Sofía salió de la cocina y comenzó a subir las majestuosas escaleras de caracol que conducían a los aposentos del Alfa Supremo.
Cada escalón se sentía como un paso hacia su propia ejecución. El aroma a tormenta y roble comenzó a intensificarse a medida que se acercaba a las grandes puertas de doble hoja custodiadas por dos imponentes guardias de la élite. Los guerreros la miraron de arriba abajo, pero al ver el uniforme y la bandeja de Greta, se hicieron a un lado, abriendo una de las puertas lo suficiente para que pasara.
Sofía entró a la boca del lobo.
El despacho real era inmenso, tapizado con estanterías de libros antiguos y mapas estratégicos extendidos sobre una enorme mesa de roble. Al fondo, junto al ventanal que daba al precipicio de la montaña, la silueta de César Dróvnikov se recortaba contra la luz de la luna. Estaba de espaldas, con una copa de cristal en la mano, observando el horizonte. Su presencia llenaba la habitación con una energía tan densa que Sofía sintió que el aire se volvía pesado para sus pulmones.
Caminando con la ligereza de un fantasma, Sofía se dirigió hacia la mesa auxiliar cerca de la chimenea. Dejó la bandeja de plata con un cuidado milimétrico, asegurándose de que la porcelana no emitiera ni un solo tintineo. Cumplida la tarea, exhaló un suspiro mental de alivio y comenzó a retroceder, manteniendo la cabeza baja para hacer la reverencia de retirada.
Estaba a solo tres pasos de la puerta, saboreando la libertad, cuando la voz profunda y rasposa de César cortó el silencio de la habitación.
—No recuerdo haberle dado permiso a Greta para cambiar al personal de mis aposentos —dijo el rey, sin darse la vuelta.
Sofía se congeló por completo. El pánico la clavó al suelo de madera.
César se giró lentamente, dejando la copa sobre el escritorio. Sus ojos grises, afilados y carentes de cualquier rastro de cansancio, se fijaron directamente en la figura encogida de la joven. Comenzó a caminar hacia ella, con esa elegancia peligrosa que lo caracterizaba, deteniéndose a solo dos pasos de distancia.
—Levanta la cabeza, muchacha —ordenó con voz suave, pero con una autoridad que hizo que la loba de Sofía gimiera de sumisión en su interior—. Veamos si hoy eres capaz de mirarme, o si el miedo te sigue ganando.