Un paseo escolar a una isla prohibida se convierte en una pesadilla mortal. Una empresa secreta oculta experimentos genéticos con dinosaurios modificados, y cuando alguien libera a todas las criaturas, los barcos huyen en pánico… olvidando a cinco estudiantes abandonados a su suerte.
Dan, un chico de 16 años con una inteligencia que nadie imagina, deberá ocultar su verdadero potencial y sus poderes sobrenaturales mientras él y sus compañeros luchan por sobrevivir. Entre la selva llena de depredadores, secretos terribles, peleas, traiciones, miedos y lazos que se rompen o se fortalecen, tendrán que aprender a confiar los unos en los otros… antes de que se conviertan en la próxima presa.
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CAPÍTULO 2: VOCES QUE NO DEBEN EXISTIR
El eco de aquel rugido aún vibraba en nuestros huesos cuando la voz sonó de nuevo, clara y nítida, saliendo directamente de entre la espesura de árboles oscuros.
—¡Dan! ¡Leo! ¡Chicos, por aquí! ¡Os estoy esperando, venid rápido!
Era la voz del profesor. Idéntica. El mismo tono, la misma forma de pronunciar nuestros nombres, hasta la pequeña tos que siempre tenía al hablar fuerte. Mia dio un paso al frente sin pensarlo, con los ojos iluminados por la esperanza, Bruno soltó un gemido de alivio y Álex ya empezaba a caminar hacia la maleza. Solo yo me quedé clavado en el sitio, con el corazón helado y la mente disparada a mil por hora, analizando cada frecuencia, cada matiz del sonido.
—¡Parad! —grité con toda la fuerza que tenía, y los cuatro se detuvieron de golpe, mirándome sorprendidos—. NO es él. No os mováis ni un paso más hacia ahí.
—¿Qué dices, Dan? —replicó Álex, dándose la vuelta con el ceño fruncido y la rabia empezando a asomar en su mirada—. Es el profesor, lo oyes igual que yo. Se ha quedado también y nos busca. ¿Ahora también te inventas que las voces son falsas?
—Es idéntica, lo admito —respondí tranquilo por fuera, aunque por dentro calculaba más de doscientas razones por las que aquello era una trampa—. Pero fíjate bien: no se escuchan pasos, no se mueven ramas, no hay respiración. Y lo más importante… el profesor ya estaba en el barco. Lo vimos subir con nuestros propios ojos antes de que zarpara. Eso… eso lo está imitando.
En cuanto terminé de hablar, la voz cambió. Ya no sonaba como el hombre que nos daba clase. Ahora sonaba como Mia, llorando y pidiendo auxilio, luego como Leo riendo, luego como una niña pequeña que no conocíamos, y finalmente se transformó en un chasquido agudo, desgarrador, que dolía en los oídos. Desde la niebla salieron dos sombras altas, esbeltas, cubiertas de plumas negras que absorbían toda la luz, de modo que casi no se distinguían del fondo oscuro. Eran los **RAPTORES SOMBRA**.
Medían casi tres metros de altura, mucho más grandes que cualquier libro de historia hubiera descrito jamás. Sus patas tenían garras del tamaño de cuchillos de carnicero, afiladas como navajas, y lo peor de todo no eran los dientes ni las garras: eran sus ojos, completamente blancos, sin pupila ni iris, y la forma en que se movían: **NO HACÍAN NINGÚN RUIDO**. Ni una sola rama se rompió bajo su peso, ni una sola hoja crujió. Eran silencio puro caminando sobre dos patas. Se detuvieron a veinte metros de nosotros, la cabeza ladeada, estudiándonos como quien elige qué pieza comer primero de un tablero de ajedrez.
—Dios mío… —susurró Bruno, pegándose a la espalda de Mia, temblando tanto que casi no podía sostenerse en pie—. No… no hacen ruido. ¿Cómo es posible que no hagan ruido?
—Fueron modificados para ser asesinos perfectos —dije en voz muy baja, retrocediendo poco a poco sin quitarles la vista de encima—. Sus plumas amortiguan todo sonido, su inteligencia es casi igual a la nuestra, cazan en equipo y aprendieron a copiar lo que oyen para que nos acerquemos solos a sus bocas. No corráis de golpe. Si corréis, activan el instinto de caza al instante. Retrocedemos muy despacio, de espaldas, hacia el camino de tierra que va hacia los edificios. Eso es lo único que se me ocurre.
—¿Lo único que se te ocurre? —espetó Álex, retrocediendo a la fuerza, con los ojos fijos en las bestias—. ¡Siempre estás ahí diciendo cosas como si lo supieras todo de antemano! ¿Por qué no nos dijiste nada de esto ANTES de subir al barco, eh? ¡Será mejor que tus "intuiciones" funcionen, Dan, porque si morimos aquí es en gran parte por tu culpa por quedarte callado!
Leo se puso de inmediato entre los dos, con los puños cerrados y la mandíbula tensa.
—¡Cállate ya, Álex! Él nos está avisando y salvando la vida en este momento, y tú solo sabes quejarte y acusar. ¡Si no te gusta cómo hace las cosas, tú piensa una solución mejor y hazla tú!
La discusión habría seguido y habría estallado en pelea de verdad, si uno de los raptores no hubiera soltado de repente aquel grito desgarrador y hubiera dado un salto inmenso hacia delante, aterrizando a solo siete metros de nosotros. El otro se deslizó por un lado, desapareció entre la vegetación y supimos al instante lo que intentaban: **uno nos distrae, el otro nos rodea por la espalda para cortarnos el paso**.
—¡AHORA SÍ, CORRED! —grité, y por fin nos pusimos en marcha todos juntos, corriendo tan fuerte como nos lo permitían las piernas, el corazón golpeando el pecho como un tambor desbocado.
Podía sentir su presencia pegada a nuestros talones, el aire frío de su respiración en la nuca, y sin embargo… nada de ruido. Eso era lo que más rompía la cabeza y el valor: saber que estaban ahí, a centímetros, y no oír absolutamente nada. Bruno tropezó y cayó de rodillas en el barro; uno de ellos se abalanzó por el aire con las garras extendidas, y en una fracción de segundo mi cerebro calculó ángulos, velocidad, peso, fuerza del viento, y reaccioné por puro instinto: agarré un grueso tronco seco que estaba tirado y lo clavé en el suelo justo en la trayectoria de salto. La bestia chocó con él, soltó un chillido y se desvió, dándonos los segundos que nos faltaban para llegar a las escaleras de un edificio de hormigón de dos pisos, medio derrumbado, con ventanas rotas y el letrero de **CENTRO DE VIGILANCIA 04** medio comido por el óxido.
Entramos de golpe, cerramos la pesada puerta de acero y corrimos todos los muebles que pudimos —armarios, mesas, estanterías— para apilarla detrás y bloquearla. Segundos después, algo enorme y pesado golpeó desde fuera con una fuerza que hizo temblar todo el edificio, y luego otro golpe, y otro. Pero la puerta aguantó. Y después… silencio otra vez. Solo se escuchaba nuestra respiración agitada, jadeante, rota por el cansancio y el miedo.
Nos dejamos caer por el suelo, cada uno en una esquina distinta de la sala principal. Nadie habló durante largo rato. Álex estaba furioso, mirando al suelo y golpeándose la rodilla con el puño. Mia revisaba a Bruno, que tenía las rodillas raspadas y no paraba de temblar. Leo se sentó a mi lado, sin decir nada, pero me dio un golpe suave con el hombro: su forma de decir *lo hiciste bien, gracias*.
Me levanté con dolor en todo el cuerpo y empecé a revisar lo que había en la habitación. Había papeles esparcidos por todas partes, mapas enrollados, una radio de comunicaciones vieja enchufada a la pared y pantallas apagadas. Encendí la radio a tientas, moví la perilla de frecuencia una y otra vez, y solo salía estática, ruido blanco, zumbidos constantes. Ninguna señal, ninguna voz, ninguna respuesta. Entonces encontré un plano grande de toda la isla, pegado a la pared, con anotaciones en rojo que me helaron la sangre del todo.
Señalaba todo el perímetro costero: **BLOQUEO ELECTROMAGNÉTICO PERMANENTE. ZONA AISLADA TOTAL. NINGUNA SEÑAL ENTRA NI SALE. NINGUNA EMBARCACIÓN PUEDE NAVEGAR CERCA SIN PERDER RUMBO Y CONTROL. NINGÚN VUELO COMERCIAL O DE AYUDA PASA EN UN RADIO DE 180 KM**.
Me quedé mirando el dibujo un buen rato, sin poder hablar, sintiendo cómo se me caía el mundo encima. Todo lo que calculé, todas las rutas de huida que había trazado en mi cabeza en silencio, todas las posibilidades de irnos solos en bote o llamar por radio… **TODO ERA IMPOSIBLE**. La isla no solo estaba prohibida: estaba DISEÑADA para que NADIE que entrara, pudiera volver a salir por sus propios medios. Y eso significaba una cosa terrible y definitiva:
**En esta temporada, en todo este tiempo que pasáramos aquí, NO ÍBAMOS A CONSEGUIR IRNOS. ESTÁBAMOS ATRAPADOS DE VERDAD, Y NADIE PODRÍA VENIR A BUSCARNOS FÁCILMENTE.**
—Dan… —me llamó Mia con voz suave, notando mi palidez—. ¿Qué pone ahí? ¿Qué has visto?
Me giré muy despacio hacia ellos cuatro, y por primera vez no pude ocultar del todo la gravedad en la mirada, aunque me guardé lo más profundo y escalofriante para mí solo.
—Pone que esta isla está aislada al cien por cien —dije despacio, para que cada palabra les entrara en la cabeza—. Las radios no sirven, los barcos se pierden si se acercan, los aviones no pasan por aquí. Hemos intentado irnos, hemos corrido, hemos buscado una salida… y no la hay. No por ahora. **No vamos a poder irnos de aquí por nuestra cuenta. No hoy, ni mañana, ni en mucho tiempo**.
El silencio que cayó entonces fue mucho peor que cualquier rugido o golpe en la puerta.
—¿Quieres decir… —empezó Álex, con la voz rota, perdiendo por fin toda su arrogancia y rabia para dejar salir solo miedo—, que nos vamos a quedar aquí… para siempre?
—Digo que por ahora, la isla es nuestra prisión —corregí, sentándome de nuevo en el suelo, con la espalda apoyada en la mesa—. Nadie vendrá corriendo a salvarnos en cinco minutos ni en cinco horas. Tenemos que olvidarnos de que "alguien vendrá". Tenemos que asumir que **SOLO NOSOTROS PODEMOS CUIDARNOS A NOSOTROS MISMOS**, y que vamos a estar aquí… bastante tiempo.
Eso fue lo que encendió la mecha de nuevo. Álex se levantó de un salto, vino directo hacia mí y me agarró fuerte de la camisa, levantándome un poco del suelo, con los ojos inyectados en sangre y lágrimas de rabia y frustración acumuladas. Leo se levantó también de un brinco para separarnos, pero Álex no se movió.
—¡LO SABÍAS! —gritó en mi cara, escupiendo las palabras con dolor—. ¡TÚ LO SABÍAS DESDE ANTES DE SUBIR AL BARCO! Siempre estás ahí callado, mirando, calculando, sabiendo cosas que nadie más sabe… y te lo callas. ¡Nos trajiste aquí o al menos nos dejaste venir sin decir nada! ¡Eres un bicho raro, un monstruo que piensa demasiado y no siente nada! ¡Ojalá nunca te hubiéramos conocido!
—¡ÁLEX, BÁSTALE YA! —le chilló Mia, agarrándolo del brazo para tirar de él hacia atrás—. ¡Él también está atrapado igual que nosotros, también tiene miedo! ¡Deja de buscar a quien culpar y abre los ojos!
Bruno lloraba ya en silencio en una esquina, tapándose la cara. Leo estaba entre los dos, sin saber muy bien qué hacer, dolido por ver al grupo así de roto. Álex me soltó de golpe, me empujó hacia atrás y se fue a la esquina más alejada, dando la espalda a todos, temblando de pies a cabeza. Yo me ajusté la camisa, con el pecho apretado, sin contestar ni una sola de sus acusaciones, porque en el fondo… una parte de mí pensaba que tenía razón. Sabía demasiado, calculaba demasiado, veía demasiado, y aun así, no había podido evitar nada de esto.
La noche cayó de golpe y muy espesa fuera de las ventanas. La oscuridad fue tan absoluta que casi no veíamos ni nuestras propias manos delante de la cara. Encendimos unas pocas velas que encontramos en un cajón, y la luz amarilla y temblorosa dibujaba sombras largas y retorcidas por todas las paredes. Y entonces empezaron de nuevo.
Primero mi nombre, dicho con mi propia voz. Luego el de Leo, el de Mia, el de Álex, el de Bruno. Todas nuestras voces, perfectas, claras, viniendo de todas direcciones a la vez: desde la puerta, desde las ventanas rotas, desde el techo, desde debajo del suelo. Los raptores no se habían ido. Estaban rodeando todo el edificio, **APRENDIÉNDONOS, ESTUDIÁNDONOS, MEMORIZÁNDONOS**, esperando el momento exacto en el que bajáramos la guardia, en el que nos peleáramos de nuevo, en el que estuviéramos más débiles para entrar y acabar con todos.
Me senté en el alféizar de una ventana alta, mirando hacia la selva negra, y en silencio mi mente recorrió miles de escenarios, miles de caminos, miles de planes. En ninguno de ellos, en ninguno siquiera, aparecía un barco viniendo a rescatarnos pronto. En ninguno lográbamos escapar rápido. Todos terminaban igual: **QUEDÁNDONOS AQUÍ, LUCHANDO CADA DÍA POR SOBREVIVIR, ENGAÑADOS POR VOCES, ATERRADOS POR GIGANTES, SIN SALIDA A LA VISTA**.
Miré a mis cuatro compañeros: el valiente que siempre me defendía, la chica fuerte que curaba y cuidaba, el chico orgulloso herido por el miedo, el tímido que guardaba secretos en su memoria. Éramos cinco extraños que el destino había obligado a estar juntos, en una isla que era a la vez laboratorio, prisión y cementerio.
Cerré los ojos un instante, y sentí cómo en el fondo de mi cabeza, un poder dormido se removió levemente, como respondiendo al peligro y a la soledad. Lo reprimí de inmediato, fuerte, como siempre lo hacía. Todavía no. Todavía no podían saber.
Allí, en aquella sala fría y oscura, con monstruos inteligentes merodeando fuera y traiciones y rencores creciendo dentro, entendí la verdad más grande de todas:
El verdadero infierno no eran los dinosaurios gigantes. El verdadero infierno era saber que **NO HABÍA SALIDA, QUE NO NOS PODRÍAMOS IR, Y QUE ESTO ERA SOLO EL PRIMER DÍA DE MUCHOS, MUCHOS MÁS**.
**FIN DEL CAPÍTULO 2**
saludos.