¡Al diablo con los protagonistas sufridos que lloran en un rincón! 💥
Dante era el Emperador del Caos, un dios místico que aplastaba deidades por diversión. Ahora reencarnó en el cliché más quemado de Internet: un yerno residente "bueno para nada". Su suegra le grita por no lavar los platos, los primos millonarios lo humillan y él... se está muriendo de la risa mientras hace breakdance con la escoba.
Para colmo, su alma despertó un Sistema que es un completo troll de internet. ¿La regla del juego? Entre más insoportable y predecible sea el villano, ¡más billones de dólares y poderes divinos recibe Dante por romperle el guion de la forma más ridícula posible!
⚡ En esta novela vas a encontrar:
Peleas brutales en sandalias de goma contra mafias armadas hasta los dientes.
Curaciones médicas milagrosas usando una tostadora vieja y un tenedor.
Una fría esposa CEO que no sabe si enamorarse de él o internarlo en un manicomio.
NovelToon tiene autorización de Syraxes Crowley para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 21: La Cena del Terror (La Suegra Ataca)
El éxtasis del milagro químico en los laboratorios de Cosméticos Vega duró exactamente hasta las seis de la tarde. Los tanques de mezcla masiva ya destellaban con el sutil e iridiscente brillo dorado de "Juventud del Caos", y Valeria observaba las gráficas de proyección financiera con una mezcla de adoración y absoluto pánico lógico.
De pronto, el iPhone de titanio de Valeria comenzó a vibrar sobre la mesa de caoba. No tenía una melodía común; emitía un tono clásico, fúnebre y cortante que hizo que tres secretarias en el pasillo se persignaran por puro instinto. En la pantalla parpadeó un nombre que irradiaba más peligro que un ejército de cultivadores inmortales en plena guerra santa: MADRE.
Valeria contestó con la mano temblorosa, poniendo el altavoz.
—¿Madre? —alcanzó a decir.
—Valeria —la voz al otro lado de la línea era un témpano de hielo seco, afilada como un bisturí de diamantes— Dejemos los saludos corporativos. Sé perfectamente que Mauricio está en problemas y que tu pequeño circo de mañana planea humillar el legado familiar. Esta noche, a las ocho en punto, los espero en Le Miroir Classique. No acepto un "no" por respuesta. Y asegúrate de traer al... espécimen con el que te casaste. Es hora de arreglar este desastre por las buenas o por las malas.
¡Click!
La llamada se cortó. Valeria se quedó pálida, mirando el teléfono como si acabara de recibir una sentencia de muerte. Doña Helena Vega, la matriarca absoluta, la verdadera "Jefa Final" del clan y la mujer que había consentido cada uno de los caprichos delictivos de Mauricio, acababa de entrar al tablero.
Dante Cruz, que estaba convenientemente acostado en el sillón de la oficina principal usando una carpeta de alta confidencialidad como almohada, se incorporó perezosamente. Se giró directamente hacia ti, apoyó la barbilla en la palma de su mano y te dedicó su clásica sonrisa de lado cargada de una desvergüenza monumental.
—A ver, mis estimados sobrevivientes del drama familiar, abran bien los ojos porque acabamos de desbloquear el Cliché Número Diecisiete de la literatura de contragolpe urbano —te susurró Dante, guiñándote el ojo— «La Suegra Clasista que defiende al primo inútil porque tiene un apellido bonito». En una novela convencional, el protagonista correría a comprarse un traje de tres piezas en Versace, se peinaría con gel caro y ensayaría un discurso sumiso para ganarse la aprobación de la matriarca. Pero muchachos... un verdadero Vago Divino no negocia su comodidad por el orgullo de los mortales.
Dante se levantó del sillón, se sacudió la bata de laboratorio impecable —que todavía apestaba sutilmente al ozono de la licuadora mística— se acomodó el esmoquin por debajo y miró sus pantalones de pijama de ositos. Finalmente, metió sus pies con fuerza en sus inseparables chanclas verdes de goma.
—Dante, por lo que más quieras, dime que vamos a pasar a la casa a que te cambies de ropa —le suplicó Valeria, con los ojos llenos de una desesperación cósmica— Mi madre es una mujer que mide el valor humano por el corte del sastre. Si te ve así en el restaurante más exclusivo de la capital, va a sufrir un aneurisma en la entrada.
—Nena, tu madre necesita una lección urgente de moda vanguardista —respondió Dante, haciendo sonar su chancla contra el suelo con un aplauso plástico— Además, la ciencia mística no se quita para ir a cenar. Vamos a demostrarle a la aristocracia cómo viste un billonario de pijama.
El restaurante Le Miroir Classique era el epicentro de la opulencia de la ciudad. El código de vestimenta era tan estricto que los guardias de la entrada escaneaban a los clientes con la mirada para asegurarse de que nadie portara un reloj de menos de diez mil dólares. El aire estaba impregnado de música de piano en vivo, cubiertos de plata tintineando y el murmullo de diplomáticos y empresarios discutiendo el destino del PIB nacional.
—Clack... slap... clack... slap—
El sagrado silencio del lugar fue brutalmente profanado. Dante Cruz entró al salón principal guiando a Valeria. Su atuendo era una afrenta directa a tres siglos de etiqueta francesa: bata de laboratorio abierta, saco de esmoquin, pantalones de franela con ositos polares y las ruidosas chanclas verdes que dejaban una marca húmeda en la alfombra persa.
El maître del restaurante se interpuso en el camino, con el rostro desencajado por el horror estético.
—Disculpe, señor... este lugar es de alta etiqueta. No podemos permitir la entrada a alguien en... pantuflas de hule y ropa de dormir —sentenció el empleado, apuntando con la nariz hacia el techo.
Dante ni siquiera lo miró. Sacó una tarjeta de platino negro —la misma del "sorteo de Instagram" que escondía el control de la mitad de las finanzas locales— y la deslizó suavemente por el bolsillo del saco del maître.
—Mi etiqueta es cuántica, maestro —le susurró Dante al oído— Dile a tu jefe que si mis chanclas no cenan aquí, mañana este restaurante se convierte en un puesto de tacos al pastor. Búscame la mesa de la señora Vega.
El maître miró la tarjeta de platino negro, tragó saliva audiblemente y, con una reverencia de noventa grados que casi le rompe la columna, los escoltó de inmediato hacia la mesa VIP del fondo.
Sentada en una silla de terciopelo real se encontraba Doña Helena Vega. A sus sesenta y cinco años, la mujer irradiaba un aura de autoridad fría y despiadada. Vestía un traje de dos piezas de seda gris perla, un collar de perlas de agua dulce que costaba más que un edificio de oficinas y unos ojos oscuros que se clavaron en Dante con el desprecio acumulado de diez generaciones de aristócratas.
A su lado, un sirviente le servía vino tinto en una copa de cristal de murano. Al ver la indumentaria de su yerno, la ceja izquierda de Helena se elevó tanto que casi se pierde en su nacimiento del cabello.
—Valeria —dijo Helena, ignorando por completo la existencia física de Dante— Sabía que tu matrimonio con este... vagabundo de alcantarilla era una desgracia, pero veo que también ha arrastrado tu cordura. Traer a este payaso vestido de hospital a un lugar sagrado de la familia es un insulto directo a mi persona.
—Buenas noches para ti también, suegrita —dijo Dante, arrastrando una silla de caoba con un chillido ensordecedor que hizo que tres mesas cercanas voltearan a mirar— No se preocupe por mi bata, vengo directo de salvar la economía de su hija usando tecnología que su cerebro convencional no podría procesar. ¿Qué hay de cenar? Espero que tengan pizza.
Valeria se sentó de inmediato, intentando desviar la tensión antes de que el restaurante estallara en una guerra civil.
—Madre, dijiste que tenías algo urgente que discutir sobre Mauricio —intervino Valeria con voz firme.
Doña Helena Vega apoyó sus manos cubiertas de anillos sobre la mesa, inclinándose hacia adelante. Su voz cayó como un mazo judicial.
—Fui muy clara por teléfono, Valeria. Mañana por la mañana vas a subir a ese escenario, vas a anunciar que el lanzamiento de tu nueva línea queda cancelado indefinidamente por "problemas técnicos" y vas a firmar la devolución del cuarenta por ciento de las acciones a tu primo Mauricio. Los Vega no nos destruimos entre nosotros por el control de una empresa de maquillaje. Mauricio cometió un error menor con los proveedores, pero él es un Vega de sangre. Este... sujeto a tu lado es solo un parásito temporal. Hazlo por el bien del apellido, o me encargaré personalmente de que no vuelvas a pisar una junta directiva en este país.
El silencio en la mesa se volvió sofocante. Valeria apretó los puños debajo de la mesa, sintiendo el peso de toda la estructura familiar aplastando sus hombros. Mauricio la había saboteado, la había intentado quebrar, y aun así, la matriarca exigía su sumisión absoluta solo por mantener la fachada del linaje.
Dante Cruz miró el panorama, tomó un palillo de dientes de la mesa y se lo colocó en la comisura de los labios con total tranquilidad. La interfaz del Sistema comenzó a parpadear en su visión mística, detectando la hostilidad de la "Jefa Final".
🖥️ [SISTEMA TROLL: DETECTANDO ENMISTAD DE ALTO RANGO]
[ENEMIGO]: Doña Helena Vega (Matriarca del Orgullo Rancio).
[AMENAZA]: Intento de extorsión familiar e insulto directo al atuendo del anfitrión.
[RECOMENDACIÓN DEL SISTEMA]: Es hora de recordarle a la suegra que el dinero de los inmortales no se compra con apellidos. Activando protocolo de contraataque financiero en 3... 2... 1...
Dante se recargó en el respaldo de la silla, miró de reojo a la "cámara" por última vez en el capítulo y soltó una risita cínica que congeló el vino en la copa de su suegra.
—Bueno, muchachos, la señora copetona cree que el apellido Vega es una moneda de cambio mística —te susurró Dante con una sonrisa de lado— Es hora de demostrarle el Cliché Número Dieciocho: «Cómo comprar el orgullo de tu suegra usando la aplicación bancaria de un Vago Divino». Prepárense, porque la chequera del Caos oficialmente va a salir a pasear.