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Mi esposo, el Dr. Hielo

Mi esposo, el Dr. Hielo

Status: Terminada
Genre:Doctor / Matrimonio arreglado / Completas
Popularitas:204
Nilai: 5
nombre de autor: elaretaa

Kayla apenas tiene veintitrés años cuando su padre le arregla un matrimonio con un desconocido: Arturo, un neurocirujano brillante al que todo el hospital conoce como el "Dr. Hielo" por su temperamento implacable. En cuestión de semanas pasa de ser una estudiante de medicina libre a convertirse en la esposa secreta del hombre más temido del quirófano.

Las reglas son claras: en el hospital, él es su superior y ella una simple interna. Nadie puede saber que están casados. De día, Arturo la interroga sin piedad frente a sus compañeros y le exige perfección con una frialdad que congela. De noche, es el mismo hombre quien le deja notas manuscritas, le besa la frente mientras duerme y la abraza hasta que el miedo desaparece.

Pero mantener una doble vida tiene un precio. Entre rivales que acechan, secretos que amenazan con salir a la luz y una separación que pondrá a prueba todo lo que sienten, Kayla descubrirá que detrás del hielo arde algo mucho más intenso de lo que jamás imaginó.

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Episodio 10

El consejo del Dr. Fabián le dio un poco de fuerza a Kayla, pero la realidad en casa era cada vez más dolorosa. Arturo mantenía una distancia absoluta. Durante tres días, apenas se dirigieron la palabra en el apartamento.

Arturo solía llegar muy tarde y, si acaso coincidían en la cocina o en la sala, solo le daba instrucciones breves relacionadas con el hospital o le preguntaba si ya había comido, y ni siquiera eso lo hacía mirándola a los ojos.

Esta noche, Kayla acababa de terminar de estudiar para el examen semanal del internado y salió del cuarto a buscar algo de tomar. Vio a Arturo de pie en el balcón, de espaldas, contemplando el cielo nocturno con un cigarrillo —que rara vez tocaba— en la mano izquierda.

Kayla se quedó paralizada en el umbral de la puerta corrediza; quería acercarse y abrazar esa espalda robusta y preguntarle: ¿Por qué nos pusimos así?

Sin embargo, la imagen de Arturo gritándole en el hospital y su mirada gélida seguían dando vueltas en su cabeza, así que optó por dar media vuelta sin hacer ruido.

Apenas había dado dos pasos cuando la voz fría de Arturo rompió el silencio. —¿Hasta cuándo vas a seguir evitándome? —preguntó sin voltearse.

Kayla se detuvo, con el corazón latiéndole a toda prisa. —¿No fuiste tú el primero en evitarme? —respondió.

Arturo apagó el cigarrillo y se giró lentamente; bajo la tenue luz del balcón, su rostro lucía muy cansado, más de lo habitual. —Yo no te estoy evitando, te estoy dando el espacio que pediste —dijo.

—¡El espacio que pedí no significa que nos volvamos desconocidos, Arturo! —la voz de Kayla subió un poco, desbordada por la angustia acumulada.

Arturo se acercó; su aura seguía siendo dominante, pero había algo distinto en su mirada. —¿Entonces qué quieres? ¿Que me porte dulce como los hombres de las novelas que lees? Eso no puedo hacerlo, Kayla. En el hospital eres mi responsabilidad y en casa eres mi esposa, una esposa que ni siquiera se atreve a mirarme —dijo.

—Ya déjalo, Arturo. Todavía no quiero hablar de esto —dijo Kayla.

—¿Y cuándo vas a querer hablarlo? —preguntó Arturo.

—Cuando esté tranquila —respondió Kayla y se alejó.

—¿Cuándo vas a estar tranquila? —preguntó Arturo alzando la voz, pero Kayla no contestó; siguió caminando, alejándose de él.

La tensión de anoche en el apartamento repercutió negativamente en la concentración de Kayla esa mañana: la falta de sueño y la presión emocional hicieron que su enfoque cayera en picada.

Al llegar al hospital, el Dr. Fabián llamó a Kayla y a Jimena con expresión seria. —El Dr. Arturo necesita asistentes adicionales para una cirugía de emergencia de aneurisma cerebral esta mañana. Jimena, tú serás la segunda asistente, y Kayla, tú ayudarás con los instrumentos y la observación microscópica. Es una operación mayor, así que no cometan errores —indicó el Dr. Fabián.

El corazón de Kayla pareció saltarle a la garganta; era la primera vez que estaría en el mismo equipo quirúrgico con su esposo después de la fuerte discusión de anoche.

—Tengo miedo —dijo Kayla al salir del consultorio del Dr. Fabián.

—¡Ánimo, Kay! Vamos a poder —la alentó Jimena.

Poco después, Kayla y Jimena ya estaban en el quirófano. El ambiente dentro del Quirófano 1 era sumamente tenso. Arturo ya se encontraba de pie con su bata quirúrgica; sus ojos afilados se veían tras el microscopio de cirugía. La presencia de Kayla no le mereció la menor atención, como si fuera un aparato más en la sala.

—Pinza —pidió Arturo con frialdad, y Kayla le entregó el instrumento con las manos ligeramente temblorosas.

La operación avanzaba en estado muy crítico; Arturo intentaba pinzar un vaso sanguíneo dilatado en una zona extremadamente sensible del cerebro. —Kayla, succión en el área inferior izquierda. Despacio —ordenó sin voltear a verla.

Kayla dirigió la sonda de aspiración, pero el cansancio y el temblor de sus manos hicieron que resbalara unos milímetros y rozara el vaso sanguíneo que Arturo estaba interviniendo.

¡Cras!

La sangre brotó a chorros, cubriendo la visión del microscopio de Arturo. El monitor cardíaco empezó a sonar estridentemente, indicando que la presión arterial del paciente caía en picada.

—¡Maldición! —exclamó Arturo, y sus manos se movieron a la velocidad del rayo para detener la hemorragia.

—¿Qué hiciste? —le espetó a Kayla a gritos.

—Lo-lo siento, doctor, no fue a propósito —dijo Kayla; su rostro estaba lívido y todo el cuerpo le temblaba violentamente.

Arturo levantó la vista; sus ojos centelleaban de una ira desbordante. Soltó los instrumentos por un instante y señaló la puerta con brusquedad.

—¡Fuera! —gritó Arturo, y su voz retumbó en todo el quirófano estéril.

—Doctor, yo… —empezó Kayla, pero Arturo la cortó.

—¡Dije que fuera! —volvió a gritar.

Esta vez el grito fue aún más fuerte; las enfermeras y Jimena se estremecieron de terror. —Casi mata al paciente por una torpeza incomprensible. Un médico que no puede controlar sus emociones ni sus manos no tiene lugar en mi quirófano. ¡Váyase! —la expulsó Arturo.

Las lágrimas de Kayla se derramaron al instante; delante de Jimena, de las enfermeras, de los colegas más experimentados, fue expulsada de forma humillante por su propio esposo. Con pasos apresurados y el llanto apenas contenido, Kayla salió corriendo del quirófano, dejando atrás su bata blanca salpicada de sangre.

Después de salir del quirófano, Kayla se escondió en el baño de los internos y lloró a mares. La vergüenza superaba con creces al miedo; sentía que su carrera había terminado ese día.

—Quiero irme a casa, ya no quiero estar aquí, me da mucha vergüenza —murmuró Kayla entre sollozos.

Ese día entero Kayla no se dejó ver; se escondió magistralmente en el baño de los internos. Incluso después de que terminó la cirugía, Arturo le pidió a Jimena que buscara a Kayla y la mandara a su oficina, pero Jimena no logró encontrarla.

Arturo intentó comunicarse con Kayla, pero su teléfono estaba apagado. También llamó a su asistente doméstica para preguntar si Kayla había vuelto al apartamento, pero le dijeron que no.

—Doctor, parece que la Dra. Kayla aún no se ha ido, porque su bolso sigue en el casillero —informó Jimena.

—Está bien. Si la ve, dígale que venga a verme —indicó Arturo.

—Sí, doctor —respondió Jimena.

Por la tarde llegó la hora de salida. Kayla salió de inmediato de su escondite, tomó su bolso, pidió un taxi y se fue del hospital sin que nadie la viera.

No quiero verlo, pero ¿a dónde voy? Papá y mamá ya se mudaron al campo. No quiero que los papás de Arturo se enteren de que estoy teniendo problemas, pensó Kayla.

—¿A dónde vamos, señorita? —preguntó el conductor.

—Solo demos vueltas un rato, señor. Yo tampoco sé a dónde ir; no quiero ir a casa —dijo Kayla, y el conductor asintió.

Finalmente, después de dar vueltas un buen rato, Kayla supo adónde tenía que ir. —Señor, vaya a la colonia A, manzana A, número 2 —indicó Kayla.

—Muy bien, señorita —respondió el conductor.

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Continuará…

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