**Una noche de hotel con un extraño salvó su orgullo... hasta que descubrió que ese extraño era el hombre dueño de su vida.
Serena sabía que su libertad tenía fecha de caducidad. Para salvar el legado de su padre, debía casarse con un despiadado y poderoso Jeque al que jamás había visto. Como último acto de rebeldía, decide entregarse a una noche de pasión desenfrenada en Nueva York con un desconocido imponente y de ojos magnéticos. Una noche donde no hubo nombres, solo fuego.
Al amanecer, ella huye creyendo que el secreto quedará enterrado. Pero la pesadilla comienza horas después, en la reunión forzada para conocer a su prometido. Sentado a la cabecera de la mesa, con una sonrisa fría y calculadora, se encuentra Zayd Al-Maktoum. El Jeque no solo es su futuro esposo por contrato... es el mismo hombre con el que rompió todas las reglas la noche anterior. Zayd no tolera la insubordinación, y ahora que sabe que su prometida es la hermosa ladrona que huyó de su cama.
NovelToon tiene autorización de Azly colon para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
capitulo 10
La pregunta retumbó en mi cabeza. Había querido una aventura, un escape, una noche de rebeldía. Y a cambio, había firmado mi sentencia de esclavitud ante el hombre más peligroso y magnético que había conocido jamás. Mi padre... Dios, mi padre. Había cometido crímenes, sí, pero seguía siendo mi padre. ¿Podía permitir que Zayd lo destruyera solo por mi orgullo? ¿Podía sacrificar a cientos de empleados de la fábrica solo por mi deseo de libertad?
La respuesta era obvia, y odiaba la claridad de esa obviedad.
Me levanté del asiento, sintiendo las piernas pesadas, como si caminara bajo el agua. Caminé hacia la puerta, pasando por delante de la carpeta de cuero negro que contenía la vida y la ruina de mi familia. La cogí con manos temblorosas y la metí en mi bolso. Era mi cadena y mi escudo.
Salí al pasillo corporativo. Los guardias de seguridad me hicieron una inclinación de cabeza, reconociendo ya mi estatus. Ya no era Serena Luna, la diseñadora, la mujer libre. Ahora era el activo, la posesión, el "anexo" de Zayd Al-Maktoum.
Al salir del edificio, el aire de Nueva York me golpeó en la cara. La ciudad parecía distinta, como si los rascacielos se hubieran vuelto más altos, más amenazantes, como si la libertad que antes me parecía un derecho adquirido, ahora fuera un lujo que ya no podía permitirme.
Mi teléfono personal empezó a vibrar en mi bolso. Era mi padre.
Contesté, sintiendo un nudo en la garganta que me impedía articular palabra.
—¿Serena? —la voz de mi padre era un hilo, una súplica—. ¿Cómo ha ido? ¿Han aceptado el trato?
Cerré los ojos, sintiendo cómo una lágrima solitaria descendía por mi mejilla. Miré el cielo de Nueva York, gris y encapotado, y pensé en el sol del desierto que pronto me cegaría.
—Sí, papá —dije, con una voz que no reconocí como mía, una voz que sonaba rota y resignada—. Ha aceptado. Todo se ha solucionado.
—¡Oh, gracias a Dios! —exclamó él, sollozando de alivio—. Sabía que podíamos confiar en él. ¿Cuándo regresas a casa para celebrar?
—No vuelvo a casa, papá —respondí, y en ese momento, supe que era verdad—. Me voy lejos. El trato... el trato requiere que viaje con él de inmediato.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio pesado, cargado de todo lo que no nos habíamos dicho, de todas las deudas y las mentiras que nos habían llevado hasta aquí.
—Entiendo —dijo finalmente mi padre, su voz llena de una tristeza que ya no podía consolar—. Cuídate, Serena. Por favor, cuídate mucho.
Colgué antes de que pudiera volver a hablar. No quería más palabras. No quería más explicaciones. Necesitaba moverme, necesitaba hacer algo, aunque fuera preparar una maleta que no significaba nada, porque todo lo que importaba ya estaba en las manos de Zayd.
Caminé hacia la calle, donde un coche negro, de cristales tintados, me esperaba en la acera. La puerta trasera se abrió automáticamente antes de que yo pudiera tocarla, invitándome a entrar en el primer paso de mi nuevo y forzado destino.
Miré hacia atrás una última vez, viendo el edificio de los Al-Maktoum, una mole de acero y cristal que ahora contenía mi contrato de matrimonio, mi libertad y mi alma. Me subí al coche, sintiendo cómo la puerta se cerraba con un sonido seco, definitivo, aislándome del mundo exterior.
El conductor, un hombre con el rostro inexpresivo y el uniforme impoluto, arrancó el motor sin preguntarme nada. Zayd ya había dado las instrucciones. Zayd ya había movido las piezas.
Mientras el coche se deslizaba entre el tráfico de la ciudad, saqué mi propio teléfono. El mensaje del banco seguía ahí, un recordatorio constante de mi falta de opciones. *«Pendiente de liberación sujeto a contrato firmado y protocolo de viaje.»*
Bloqueé la pantalla, sintiendo una extraña calma, una calma gélida y absoluta. Si ese era el precio, si ese era el juego, lo jugaría. Pero jugaría con mis propias reglas. Si iba a ser su esposa, si iba a ser su posesión, me aseguraría de que él nunca olvidara que, debajo de toda esa sumisión, debajo de todo ese control, todavía latía un corazón que, aunque herido, aún sabía cómo rebelarse.
Zayd quería un activo. Zayd quería una esposa. Zayd quería el control total.
Se lo daría.
Pero en el fondo de mi mente, mientras las calles de Nueva York se difuminaban tras los cristales tintados, una voz me susurraba que, tarde o temprano, las jaulas de oro también pueden romperse. Y cuando eso pasara, cuando llegara el momento en que él se distrajera, cuando su confianza en mi sumisión fuera lo suficientemente alta como para bajar la guardia...
Entonces, él vería de lo que realmente era capaz su "hermosa ladrona".
El destino estaba trazado. El viaje hacia el desierto, hacia un mundo de dunas y palacios, estaba por comenzar. Y yo, Serena Luna, estaba lista para enfrentar mi futuro, o al menos, lista para fingir que no tenía miedo de quemarme con el fuego que Zayd Al-Maktoum había encendido en mi piel.
El coche giró en una esquina, alejándose del centro financiero, dirigiéndose hacia el aeropuerto privado donde un jet, propiedad de los Al-Maktoum, aguardaba para llevarme al centro de mi nueva y terrible realidad. Cerré los ojos, dejando que la oscuridad del coche me envolviera, preparándome para la batalla que, en realidad, acababa de empezar.
Zayd creía que me había ganado. Creía que me tenía entre sus manos como si fuera una pieza más de su imperio.
Pero lo que no sabía, lo que ni siquiera él, con todo su poder y su arrogancia, podía imaginar, era que había cometido el error más grave de todos: subestimar a la mujer que, en la oscuridad de una suite de hotel, había decidido que no iba a ser una víctima, sino la arquitecta de su propia revolución.
El juego acababa de empezar, y estaba dispuesta a apostarlo todo, incluso mi propio corazón, con tal de ver cómo el rey, ese Jeque implacable, caía rendido ante la mujer que, según él, ya le pertenecía.
Me recliné en el asiento de cuero, respirando el aire frío y artificial del vehículo, y me permití un último suspiro de libertad. Porque a partir de hoy, en el momento en que ese jet despegara, Serena Luna dejaría de existir tal y como la conocía. Y en su lugar, nacería otra mujer. Una mujer capaz de soportar el fuego, capaz de navegar por el desierto y, sobre todo, capaz de sobrevivir al hombre que, con un solo toque, había sido capaz de destruir, poseer y reconstruir mi mundo en un solo día.
El Jeque Zayd Al-Maktoum quería el control. Quería la sumisión. Quería la victoria.
Pues bien. Que se prepare. Porque si iba a ser su esposa, si iba a ser su reina, iba a ser la reina más indomable, la más inteligente y la más peligrosa que el desierto hubiera visto jamás.
Que empiece la función.