Annia es una joven que pasó toda su vida atrapada entre el dolor, el abandono y el maltrato de la persona que debía protegerla: su propia madre.
Todo cambia poco antes de cumplir dieciocho años, cuando, al borde de la muerte, descubre una verdad capaz de transformar por completo su destino. No solo pertenece a una de las familias más poderosas e influyentes de Rusia, sino que también está destinada a formar parte de un mundo mucho más grande, oscuro y peligroso de lo que jamás imaginó.
Ahora deberá enfrentarse a secretos, traiciones y enemigos ocultos, mientras descubre quién es realmente y cuál es el precio de llevar el apellido que corre por sus venas.
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VI
Mikhail Volkov
El hombre sentado frente a mí no debía tener más de veinte años.
Entre sus manos sostenía un sobre amarillento y ajado que dejó con cuidado sobre mi escritorio.
A pesar del miedo que se reflejaba en sus ojos, su voz no tembló cuando habló.
—Señor Volkov, estoy aquí para entregarle esto. Mi padre me pidió que se lo diera antes de morir... Hace dos días se quitó la vida.
Hizo una breve pausa antes de continuar.
—Sé que su contenido será de su interés. Se lo traigo como una muestra de buena voluntad y para que comprenda que ni mi familia ni yo sabíamos nada de esto hasta hace apenas unos días, cuando él descubrió que usted estaba buscando a la persona que ayudó a huir a Katarina Ivanov.
Bajó la mirada por un instante.
—Todos los que conocemos a la Pradva sabemos cuánto hacen por quienes les son leales... pero también sabemos que traicionarlos, o ayudar a quien los traiciona, convierte la muerte en un premio comparado con el castigo que nos espera.
Respiró hondo.
—Espero que esto sea suficiente para que pueda perdonarnos. Le juro que nunca supimos nada. Mi familia siempre ha sido leal a la Pradva.
Entonces remangó ligeramente la manga de su camisa.
En su antebrazo apareció el rostro de un lobo tatuado.
El símbolo de mi familia.
Lo observé durante unos segundos.
—¿Cómo te llamas, muchacho?
—Lucca, señor.
Asentí lentamente.
—Bien, Lucca. Además de ese sobre... ¿tu padre te dejó algo más?
Metió la mano en el bolsillo de su gastado pantalón y sacó un pequeño papel arrugado.
Lo dejó junto al sobre.
—Eso es todo.
Lo observé unos segundos antes de hablar.
—Puedes irte.
El muchacho levantó la cabeza.
—Y recuerda mantener la boca cerrada. En la Pradva no damos segundas oportunidades. Si hoy sales caminando por esa puerta es porque tuviste el valor de hacer lo que tu padre no hizo.
Hice una breve pausa.
—Pero no te alejes demasiado. Quiero poder encontrarte si necesito hacerte alguna pregunta.
—Sí, señor.
Se puso de pie de inmediato, hizo una ligera reverencia y abandonó mi despacho sin volver la vista atrás.
Esperé a que la puerta se cerrara antes de tomar la carta.
Era una despedida.
Un hombre consumido por el miedo intentando salvar a su familia.
Solo un párrafo captó realmente mi atención.
Contaba que, dieciocho años atrás, una mujer llamada Katarina había llegado a su casa con una enorme cantidad de dinero.
Quería una nueva identidad.
Y un pasaporte falso.
Le explicó que necesitaba abandonar Rusia porque los enemigos de su marido pretendían matarla a ella y al bebé que llevaba en el vientre.
Movido por el dinero —o quizá por compasión— aceptó ayudarla.
Le fabricó una nueva identidad y consiguió un boleto para abandonar Moscú.
Nunca volvió a verla.
Hasta que, hacía unos días, escuchó que la Pradva buscaba desesperadamente a alguien que hubiera ayudado a escapar a una mujer con esas características.
Movió algunos contactos.
Y descubrió quién había sido realmente aquella cliente.
Mi exesposa.
Entonces comprendió que había firmado su sentencia de muerte.
En las últimas líneas escribió que dentro del sobre se encontraban la nueva identidad de Katarina, una fotografía reciente y toda la información que había logrado reunir.
Esperaba que aquello bastara para salvar a su familia.
Arrugué la carta dentro de mi puño.
Luego abrí el sobre.
Lo primero que encontré fue la nueva identidad de Katarina.
No pude evitar soltar una risa amarga.
La muy suka había escogido el mismo nombre que su madre.
Ylena Ivanovich.
Ni siquiera había tenido la imaginación suficiente para cambiarlo demasiado.
Debajo de los documentos había una fotografía.
Ella estaba allí.
Envejecida.
Consumida.
Pero no fue Katarina quien atrapó mi atención.
Fue la muchacha que permanecía a su lado.
Annia.
Ese era su nombre.
Mi respiración se detuvo por un instante.
Su aspecto era lamentable.
Demasiado delgada.
Vestía ropa desgastada y varias tallas más grandes de lo que necesitaba.
Parecía una niña perdida.
Pero lo que realmente me golpeó fueron sus ojos.
Azules.
Exactamente del mismo tono que los míos.
Y de los de Alexei y Andrey.
En aquella mirada no había alegría.
Solo tristeza.
Vacío.
Dolor.
¿Cuánto habría sufrido esa niña?
Sin perder un segundo llamé a Iván.
Le entregué toda la información y le ordené viajar de inmediato a América.
Él mismo encabezó la búsqueda.
Una semana después me llamó para decirme que las había localizado.
Que pronto las traería de regreso.
Eso fue esta mañana.
Desde entonces habían pasado demasiadas horas.
Y el silencio comenzaba a volverme loco.
Estaba a punto de llamar a mi secretaria para que preparara el jet cuando la puerta de mi despacho se abrió.
Alexei y Andrey entraron al mismo tiempo.
Ambos conocían toda la historia.
Al ver mi expresión comprendieron enseguida que seguía sin tener noticias.
—¿A dónde vas, papá? —preguntó Andrey.
—A la pista de vuelo.
Me puse de pie.
—No pienso quedarme aquí esperando sin saber qué está ocurriendo.
—Vamos contigo.
Alexei no lo preguntó.
Lo afirmó.
Los tres caminábamos hacia la salida cuando mi teléfono comenzó a sonar.
La pantalla mostró un único nombre.
Iván Petrov.
Contesté de inmediato.
—Señor... tengo malas noticias.
Sentí que el mundo se detenía.
Sin decir una palabra hice un gesto a mis hijos para que continuaran caminando.
Mientras escuchaba a Iván, oí a Alexei ordenar a mi secretaria:
—Preparen el jet. Despegamos inmediatamente.
Las doce horas de vuelo fueron las más largas de toda mi vida.
No dormí un solo minuto.
Alexei permanecía inmóvil en su asiento.
Para cualquiera parecía tranquilo.
Pero yo conocía demasiado bien a mi hijo.
Sabía que por dentro estaba tan desesperado como yo.
Andrey, en cambio, no dejaba de caminar de un extremo al otro del avión.
Su ansiedad era imposible de ocultar.
—No entiendo cómo pueden quedarse tan quietos después de la llamada de Iván —dijo, deteniéndose frente a nosotros.
Alexei levantó la vista.
—Que estemos quietos no significa que nos importe menos lo que está pasando, Drey.
Utilizó aquel diminutivo que solo él empleaba.
El único capaz de calmar a su hermano.
Así eran mis hijos.
Podían compartir el mismo rostro, pero eran completamente distintos.
Andrey era luz.
Espontáneo.
Carismático.
La clase de persona que hacía amigos dondequiera que iba.
Alexei, en cambio, era hielo.
Reservado.
Inexpresivo.
Había aprendido a levantar muros tan altos que nadie lograba ver al hombre que escondía detrás.
Sin embargo, había algo que ambos compartían.
Los dos darían la vida por el otro sin dudarlo un segundo.
Y ahora sabía que también la darían por su sestryonka.
Su hermana pequeña.
Porque durante aquella llamada, Iván no solo me informó que mi pequeña luchaba entre la vida y la muerte.
También confirmó, mediante una prueba de ADN, lo que mi corazón ya sabía desde el instante en que vi aquella fotografía.
Annia era mi hija.
Mi sangre.
Una Volkov.
Por eso viajábamos desesperadamente hacia América.
Su estado era crítico.
Necesitaba una transfusión urgente y nosotros éramos su única esperanza.
Cerré los ojos por un instante.
Solo debía resistir un poco más.
—Aguanta, pequeña... —murmuré para mí mismo.
Porque si algo tenía claro era una cosa.
Mi hija era una guerrera.
Y los Volkov...
Nunca abandonábamos a los nuestros.