Una noche de alcohol erróneo, una suite a oscuras y una pasión salvaje que Sasha Castro no debió vivir. Al amanecer, el misterioso hombre desapareció, dejándole lagunas mentales y un embarazo de gemelos que la obligó a madurar a golpes.
Cinco años después, la rebelde indomable es una madre leona. Pero su mundo se desmorona: su hijo Oliver se debate entre la vida y la muerte por una leucemia agresiva. Nadie en su familia es compatible. El niño necesita la sangre de su padre biológico, un hombre cuyo rostro ella ni siquiera recuerda.
Para salvarlo, el clan Castro inicia una cacería implacable que desentierra un nombre: Ethan Vance, un frío y hermético CEO multimillonario. Él ignora que fue víctima de una trampa del pasado... y que es padre.
El tiempo se agota. Sasha debe arrastrar al implacable magnate a su red antes de que el secreto estalle, sin saber que el peligro que acecha al CEO amenaza con destruirlos a todos.
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CAPITULO 17. LA ESTRATEGIA DE LA LICITACION.
Los días previos a la llegada del director extranjero se convirtieron en un ejercicio de resistencia absoluta para Sasha. El tiempo, ese factor implacable que ahora medía la vida de su pequeño Oliver, avanzaba sin tregua en el calendario del hospital. La cuenta atrás marcaba ochenta y dos días, y cada mañana que se levantaba sentía el peso de la urgencia aplastándole el pecho.
Sasha estaba viviendo una realidad dividida en dos mundos radicalmente opuestos. Por las noches, su hogar era el sillón de la clínica privada, arrullada por el pitido constante de los monitores de oncología. Allí, junto a Katerina, se turnaba para velar el sueño de Oliver. Su madre seguía siendo el pilar de la habitación, peinando el cabello del niño y asegurándose de que la quimioterapia no le robara la sonrisa dulce de sus ojos oscuros. Al ver a las dos mujeres de su vida unidas por una devoción tan pura, el pequeño Oliver sacaba fuerzas de donde no las tenía para tomarse las medicinas sin protestar.
Pero en cuanto el sol salía, Sasha se ponía su traje sastre gris, se recogía el cabello oscuro con firmeza y se trasladaba a la sede de Vanguard Atelier. La mesa de su oficina estaba sepultada bajo montañas de informes de logística, análisis de costes de microchips y gráficos de viabilidad técnica. Daniel y ella pasaban horas encerrados cruzando datos para dar forma a la propuesta de licitación más agresiva e irresistible que la empresa familiar hubiera presentado jamás.
—Los márgenes de beneficio que estamos ofreciendo en esta sección son mínimos, Sasha —comentó Daniel, frotándose los ojos con desgana mientras señalaba una gráfica en la pantalla del ordenador corporativo—. Prácticamente estamos absorbiendo los costes de distribución para asegurar que la oferta de microchips de Vance Logistics sea perfecta.
Sasha ni siquiera parpadeó. Sus dedos se movían por el teclado con una rapidez analítica que dejaba claro que no había espacio para el cansancio en su cuerpo.
—No me importan los márgenes de beneficio de esta división, Daniel —respondió Sasha con un hilo de voz firme, gélida y decidida—. Nos da igual perder dinero en los componentes electrónicos de los salpicaderos. Lo único que nos importa es que nuestra oferta sea tan abrumadoramente atractiva que Ethan Vance no tenga ninguna excusa legal ni comercial para rechazar la reunión presencial en nuestras oficinas la próxima semana. Ese contrato es la fachada para sentarlo en nuestra mesa.
Daniel la observó en silencio, sintiendo una inmensa admiración por la transformación de su hermana pequeña. El amor por sus bebés la había despojado de cualquier debilidad; se movía con la misma determinación implacable con la que sus padres habían defendido la firma años atrás.
—La documentación está lista, Sasha. La propuesta de Vanguard Atelier ha sido enviada al comité del fondo extranjero esta misma mañana —anunció Daniel, cerrando la carpeta de cuero con un golpe suave—. Las filtraciones que Alexander ha conseguido desde el bufete legal confirman que Ethan Vance ha aceptado personalmente la agenda de negociaciones en nuestra ciudad. Estará aquí el lunes a primera hora.
Sasha se recostó en su silla de piel, sintiendo que un escalofrío de pura adrenalina le recorría las entrañas. Miró el anillo de bodas de sus padres que colgaba de una fina cadena de oro en su cuello, buscando la fuerza de la dinastía familiar. En menos de setenta y dos horas, el enigma de la suite del Grand Palace dejaría de ser un fantasma en su memoria. Se enfrentaría cara a cara con el hombre que la había poseído en la penumbra de la droga, el dueño de esos ojos oscuros que Oliver había heredado y que ahora guardaba la clave biológica para salvar la vida de su niño.
Cerró los ojos un segundo, y el aroma a cítricos oscuros y tabaco rubio que se había grabado a fuego en su subconsciente pareció inundar la oficina por un instante. Sasha apretó los puños, limpiándose una lágrima de tensión que amenazaba con brotar de sus ojos almendrados. El tablero de ajedrez corporativo estaba dispuesto, la estrategia de la licitación se había ejecutado a la perfección y la familia Castro-Atelier estaba lista para recibir al director extranjero en el propio corazón de su imperio automotriz.