El perdió todo un día, excepto a mi
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capitulo 7
Los días siguientes fueron un suspiro contenido.
Ninguno de los dos volvió a mencionar lo que había pasado en la cocina aquella noche. No hacía falta. Las palabras habían sobrado, los silencios, en cambio, decían todo. Las miradas se sostenían un segundo más de lo normal. Las manos se rozaban. Las noches se volvían más largas, más tibias, más llenas de algo que no se atrevían a nombrar.
Mariana seguía durmiendo en la habitación contigua. Pero cada vez más seguido, Ricardo le pedía que se quedara.
—Quédate
decía, con esa voz que él reservaba solo para ella, la que no tenía prisa, la que no fingía fortaleza.
— Un rato más.
Y ella se quedaba. Se acostaba a su lado, apoyaba la cabeza en su hombro, y sentía el latido de su corazón contra su mejilla. A veces hablaban. A veces no. A veces él le acariciaba el cabello con una lentitud que la desarmaba por completo.
Pero nada más.
Hasta esa noche.
Había hecho calor durante todo el día, de ese calor pegajoso que precede a las tormentas de verano. Mariana llegó de la universidad con la ropa pegada al cuerpo y el cabello hecho un desastre. Ricardo estaba en la sala, con la camisa abierta y el torso sudoroso, abanicándose con un periódico viejo.
—Parece que vamos a derretirnos
dijo ella, dejando caer su mochila en el suelo.
—Parece
respondió él, sin apartar los ojos de ella.
—Voy a bañarme. Necesito agua fría o voy a explotar.
—Buena idea.
Mariana subió las escaleras, porque la casa de Ricardo tenía la mala fortuna de tener el baño principal en el segundo piso, y aunque habían instalado una silla elevadora, y se metió a la ducha. El agua cayó sobre su cuerpo como un alivio. Cerró los ojos y dejó que el frío le recorriera la espalda, los hombros, las piernas.
En algún momento, escuchó un ruido.
Abrió los ojos. Ricardo estaba en la puerta del baño, sentado en su silla de ruedas, con una expresión que ella no supo leer.
—¿Necesitas algo?
preguntó, abriendo apenas la cortina de la ducha.
—No
dijo él, con la voz ronca.
—Solo quería… asegurarme de que estuvieras bien.
—Estoy bien. Solo me estoy bañando.
—Lo sé.
Hizo una pausa. El vapor los envolvía. El sonido del agua llenaba el silencio.
—Mari
dijo él, y su nombre sonó distinto. Más grave. Más íntimo.
—¿Sí?
—¿Puedo… puedo quedarme?
Ella sintió un nudo en el estómago. No era miedo. Era otra cosa. Era la certeza de que algo estaba a punto de cruzar una línea que ninguno de los dos podría volver a dibujar.
—Sí
respondió, y su voz salió más firme de lo que esperaba.
— Puedes quedarte.
Ricardo no se movió. No entró. No hizo nada. Solo se quedó ahí, mirándola a través de la cortina de ducha traslúcida, viendo la silueta de su cuerpo bajo el chorro de agua. Mariana sintió su mirada como una caricia. Como un incendio.
—¿Vas a bañarte tú también?
preguntó, con una audacia que la sorprendió a ella misma.
—No puedo
respondió él, y en su voz había frustración, pero también algo más. Algo parecido a la esperanza.
—Yo puedo ayudarte, ya que la enfermera se fue.
dijo ella, saliendo de la ducha. El agua le escurría por el cuerpo. Estaba en ropa interior, un sostén negro y una pantaleta de algodón y no sintió vergüenza.
Ricardo la miró. La recorrió de arriba abajo. Sus ojos se detuvieron en cada curva, en cada pliegue, en cada centímetro de piel que el agua volvía brillante.
—¿Estás segura?
preguntó.
—Nunca he estado más segura de nada.
Él asintió. Mariana se acercó a la silla de ruedas, se arrodilló frente a él y comenzó a desabrocharle los botones de la camisa. Uno a uno. Lento. Deliberado. Ricardo no respiraba. O tal vez sí, pero tan profundo que parecía que el aire se hubiera vuelto sólido.
Cuando terminó de desabrocharle la camisa, se la quitó con cuidado, pasándola por sus hombros. El torso de Ricardo era una geografía de músculos y cicatrices. Los abdominales aún marcados, los pectorales firmes, pero también las marcas de las cirugías, los moretones amarillentos de las terapias, la línea pálida de una incisión que recorría su columna.
Mariana los besó. Todos. Uno por uno.
—Mari…
susurró él, con la voz rota.
—Cállate
dijo ella, sonriendo contra su piel.
— Déjame hacer esto.
Luego le quitó el pantalón. Se quedó en boxer. Y ahí, bajo la tenue luz del baño, Mariana vio el bulto que ya había sentido aquella noche en la cocina. Más grande ahora. Más evidente.
Sin decir nada, tomó una silla de plástico que había en la esquina y la metió dentro de la ducha. Luego ayudó a Ricardo a transferirse de la silla de ruedas a la silla de plástico. No fue fácil. Él aún no tenía fuerza en las piernas, y sus brazos temblaban por el esfuerzo. Pero entre los dos lo lograron.
El agua cayó sobre él. Primero fría, luego tibia. Mariana tomó la esponja y el jabón, y comenzó a lavarlo con una lentitud que bordeaba lo ceremonial. Sus hombros. Su pecho. Sus brazos. Su espalda.
Ricardo la miraba sin pestañear.
Cuando ella llegó a su abdomen, él tomó su muñeca.
—Mari
dijo, y esta vez su voz era un ruego.
— Bésame.
Ella lo miró. Sus ojos verdes se encontraron con sus ojos cafés, y en ese encuentro hubo años de silencio, de espera, de amor no confesado. Se inclinó. Él levantó la cara. Y sus labios se encontraron.
El beso fue torpe al principio. Inseguro. Como dos adolescentes que no saben bien qué hacer. Pero pronto se volvió profundo, hambriento, desesperado. Él llevó una mano a su nuca y la atrajo hacia él. Ella gimió contra su boca. El agua caía sobre ellos, mezclándose con el sudor y las lágrimas que ninguno de los dos sabía de quién eran.
Cuando se separaron, estaban jadeando.
—Mari
dijo él, con la frente apoyada en la de ella.
— Te quiero. Te he querido desde siempre.
—Lo sé
respondió ella, y su sonrisa era tan brillante como el agua.
— Yo también. Desde el primer día.
Él la besó otra vez. Y esta vez, cuando sus manos comenzaron a explorar, cuando los dedos de él recorrieron su espalda y los de ella se aventuraron debajo de la tela de sus boxer, ninguno de los dos quiso detenerse.
Pero esa noche, aún así, se detuvieron.
No porque no quisieran. Sino porque lo que estaban construyendo merecía más que un encuentro apresurado en una ducha. Merecía tiempo. Merecía todo lo que habían esperado durante años.
—Esta noche
susurró él, con la mirada encendida.
—En la cama. ¿Sí?
—Sí
respondió ella, besándole la mandíbula, el cuello, el hombro.
— En la cama.
Salieron del baño empapados, riendo, temblando. Y esa noche, cuando la luna entró por la ventana, Mariana se acostó a su lado y él la abrazó con la fuerza de quien ha encontrado un puerto después de una tormenta.
Pero No hicieron el amor. Esa noche durmieron abrazados.
Y fue suficiente.