Sofía Miller, la brillante directora creativa de Big Eye Creative, y Sebastián Lombardi, el reservado CEO que lucha por salvar la empresa de su padre, se ven obligados a trabajar juntos. En el proceso, la tensión laboral se transforma en un amor apasionado. Sin embargo, la misma noche en que él le propone matrimonio, un rival provoca un trágico accidente de coche.Al despertar, Sofía recibe un doble impacto: Sebastián está en coma y ella espera un hijo suyo. Un año después, el CEO abre los ojos, pero una amnesia severa ha borrado su último año de recuerdos. Sebastián no reconoce a Sofía y cae en las redes de Daphne, su calculadora exprometida que vuelve para quedarse con su fortuna.Protegida en secreto por el abuelo de su bebé, Sofía regresa a la oficina y a la clínica para dar una batalla silenciosa. ¿Podrá el recuerdo de su amor y el latido de su hija Lucía romper el hielo de su memoria, o se perderá para siempre? Una historia de traición, intriga y reconquista.
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CAPITULO 12. PACTO CON EL ENEMIGO
La noche posterior a la fiesta de la oficina, Tom no regresó directo a su apartamento. El peso de los celos y la humillación que había sentido al ver la mano de Sebastián en la espalda de Sofía lo carcomían por dentro. Necesitaba ahogar sus pensamientos, así que terminó sentado en la barra de un bar exclusivo en el centro de la ciudad, dándole sorbos lentos a un vaso de whisky puro. No podía quitarse de la cabeza la mirada cómplice que su Sofía y el Sebástian se habían dado. Se sentía traicionado, desplazado y profundamente resentido.
De pronto, el asiento de cuero a su lado se ocupó. Tom no prestó atención al recién llegado hasta que escuchó una voz masculina y arrastrada que pronunciaba su nombre.
—Tomás Vargas, director de contabilidad de Big Eye Creative, ¿me equivoco? —preguntó el hombre de forma casual.
Tom giró la cabeza, frunciendo el ceño de forma hosca. Frente a él se encontraba un hombre sumamente elegante, de traje impecable y una sonrisa fría que destilaba arrogancia. Lo reconoció de inmediato; era Alan Vance, el director de marketing de Sailing Dreams, el cliente que acababan de asegurar.
—Señor Vance —respondió Tom, enderezando la espalda y recuperando su tono profesional de inmediato—. Buenas noches. ¿Qué hace usted por aquí? Si es por algún asunto de los balances del contrato, podemos revisarlo mañana en la oficina.
Alan soltó una pequeña carcajada y le hizo una seña al camarero para que le sirviera otra copa a Tom y una para él.
—Relájate, Tom. No estoy aquí por negocios de la empresa. Estoy aquí por asuntos personales —explicó Alan, mirándolo con ojos fijos y calculadores—. Verás, hace un par de años, yo tuve una relación sentimental muy intensa con Sofía Miller. Durante el tiempo que estuvimos juntos, ella solía hablarme mucho de ti. Me contaba, con mucha tristeza, lo mucho que lamentaba haber perdido una amistad que para ella era la más importante de su vida. Me decía que extrañaba al Tom alegre y protector que la cuidaba cuando era una simple practicante.
Al escuchar el nombre de Sofía y el recuerdo de su vieja amistad, la armadura de Tom se agrietó un poco. Su mirada se llenó de una melancolía amarga.
—Eso ya quedó en el pasado, señor Vance. Las cosas cambian —murmuró Tom, apretando el vaso entre sus dedos.
—Sí, las cosas cambian, sobre todo cuando un niño mimado con traje de CEO se cruza en el camino —soltó Alan con veneno, inclinándose sutilmente hacia él—. Sé perfectamente lo que pasó hoy en la fiesta de tu oficina, Tom. Sé cómo Lombardi te apartó de ella y cómo la reclamó como si fuera de su propiedad. Y déjame decirte algo que te va a doler: no estás imaginando cosas. Tu querido jefe y Sofía pasaron todo el fin de semana acostándose en la suite presidencial de mi resort en Ciudad Y. Ella ya se entregó a él.
La revelación cayó sobre Tom como un balde de agua helada. Aunque lo sospechaba, escucharlo confirmado de boca de Alan hizo que una furia ciega le nublara la vista. Los nudillos se le pusieron blancos y la mandíbula le tembló por la rabia contenida. Sebastián Lombardi se estaba quedando con la mujer que él había amado en silencio durante años.
—¿Por qué me cuenta esto a mí? —rugió Tom, mirando a Alan con hostilidad—. ¿Qué gana usted con destrozarme la noche?
—Gano un aliado, mi querido amigo —sonrió Alan, mostrando los dientes como un lobo—. A mí tampoco me agrada Lombardi. Es un tipo arrogante que se cree intocable. Ese contrato que firmamos hoy no es el fin de la historia; es solo el inicio de su caída. Tengo un plan detallado para destruir a Sebastián paso a paso. Voy a arruinar su reputación, voy a sabotear las campañas desde adentro y voy a obligar a la junta directiva de Sailing Dreams a rescindir el contrato por incumplimiento. Cuando yo termine con él, Big Eye Creative irá a la quiebra y Lombardi no tendrá ni un centavo para sostenerse.
Tom lo miró con desconfianza, procesando la magnitud de la propuesta.
—Si destruye la empresa, yo también me quedaré sin trabajo. Y Sofía también sufrirá —replicó Tom, intentando mantener un rastro de lógica.
—Sofía no va a sufrir si tú juegas bien tus cartas —lo interrumpió Alan, dándole un sutil toque en el hombro—. Piensa un segundo. Cuando la empresa se hunda y Sebastián quede humillado y arruinado en el fango, Sofía se dará cuenta de que él no era el hombre fuerte que aparentaba. Estará vulnerable, triste y necesitará un refugio seguro. Ahí es donde entras tú. Tú serás el amigo fiel de toda la vida que estará a su lado para levantarla. Con tus conocimientos contables, tú y yo podemos fundar una nueva agencia de publicidad con el presupuesto de Sailing Dreams. Tú serás el nuevo CEO, y tendrás a Sofía trabajando a tu lado, agradecida y entregada a ti. La salvarás de la ruina que Lombardi provocó.
Las palabras de Alan funcionaron como un dulce veneno en la mente de Tom. La idea de ver a Sebastián derrotado y a Sofía regresando a sus brazos, suplicando por su apoyo, era todo lo que él había deseado desde el fatídico día de su rechazo. Los celos, el ego herido y la obsesión terminaron por cegar el último rastro de moral que le quedaba al contable.
—¿Qué es exactamente lo que necesita que haga? —preguntó Tom con una voz sombría, aceptando el pacto implícito.
La sonrisa de Alan se ensanchó, llena de un triunfo malévolo. Sabía que había encontrado la pieza perfecta para su tablero de ajedrez.
—Como director de contabilidad, tienes acceso total a los servidores de la empresa, a los presupuestos de las campañas y, lo más importante, a las carpetas compartidas donde el departamento creativo sube los borradores finales antes de las entregas —explicó Alan en un susurro—. La próxima semana, Sofía terminará el primer diseño de los anuncios principales para el lanzamiento del paquete vacacional. Necesito que entres al sistema, descargues esos archivos antes de la fecha oficial y me los envíes a un correo anónimo. Yo me encargaré de filtrarlos a la competencia de Sailing Dreams. Cuando los anuncios aparezcan plagiados en los periódicos antes de nuestra presentación, la culpa recaerá directamente sobre el departamento de Sofía y la gestión de Lombardi. Será el primer golpe de gracia.
Tom guardó silencio durante unos largos segundos, mirando el líquido ámbar de su vaso. Sabía que lo que estaba a punto de hacer era un delito corporativo, una traición absoluta a la empresa que lo había visto crecer y a la mujer que decía amar. Pero al recordar la imagen de Sebastián abrazando a Sofía en la oficina, cualquier duda se disipó.
—Hecho —sentenció Tom, extendiendo su mano hacia el villano—. Tendrá esos archivos en cuanto estén listos. Pero me prometió que ella saldrá ilesa de esto.
—Tienes mi palabra, Tomás —mintió Alan, sellando el trato con un fuerte apretón de manos.
Mientras ambos hombres brindaban en la penumbra del bar por su alianza destructiva, una risa silenciosa escapaba de los labios de Alan. El exnovio sabía perfectamente que una vez que el fuego comenzara, Sofía también se quemaría en las llamas, pero eso no le importaba en absoluto. El juego de venganza contra la feliz pareja acababa de iniciar, y el saboteador ya estaba instalado en el corazón mismo de la oficina.