Una noche de pasión desenfrenada. Un amanecer en completa soledad. Y un secreto que cambiará las reglas del juego.
Para Irina Duarte, una joven diseñadora gráfica de 24 años, lo que pasó en aquel hotel de Roma debía quedarse en el olvido. El hombre misterioso con el que compartió una química sexual devastadora se había marchado sin dejar rastro, dejando solo el recuerdo de su imponente mirada y un aroma que la perseguía.
La sorpresa llega esa misma mañana, cuando Irina se presenta a su primer día como pasante en la prestigiosa Textilera Galo. El hombre de la noche anterior no es un desconocido: es Damian Galo, el Alfa supremo del imperio textil, su nuevo jefe... un hombre frío, serio y completamente inalcanzable.
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Capítulo 17
El señor Rivera la observó en silencio durante un par de segundos, evaluando su postura erguida, la firmeza de su voz y esa mirada que no flaqueaba ante nadie. Apoyó ambas manos sobre la empuñadura de plata de su bastón y asintió levemente, como si confirmara algo que ya sospechaba.
—Tienes agallas, Duarte. Eso es algo que no abundaba en la oficina presidencial esta tarde —comentó el viejo Alfa, con una calma que contrastaba drásticamente con la histeria que su hija había mostrado horas antes—. Mi hija Vittoria se mueve por el orgullo y los celos, dos motores que nublan el juicio de cualquier líder. Vino a mí chillando sobre espionaje e insolencias, exigiendo tu cabeza en una bandeja de plata.
Irina no se movió, manteniendo la carpeta de sus documentos apretada contra el costado de su cuerpo.
—¿Y usted vino a terminar el trabajo de su hija, señor Rivera? —inquirió ella con un toque de ironía—. Porque si es así, ya le dije a los auditores que no tengo nada que ocultar.
—Te dije que no —replicó el anciano, ensanchando su media sonrisa—. Vine porque, a diferencia de mi hija, yo sí sé reconocer el valor de una pieza en el tablero. Hoy pusiste en su lugar a Vittoria, desafiaste a la junta y mantuviste la frente en alto. Pero lo que más me interesa no es tu soberbia, sino tu talento. Vi los reportes de los talleres esta tarde. El prototipo del abrigo negro con hilo de oro es una maldita obra de arte. Vas a salvar la temporada de otoño, y por ende, vas a salvar las finanzas que mi familia tiene invertidas en los Galo.
Irina parpadeó, un tanto sorprendida por la absoluta frialdad comercial del patriarca. El hombre no estaba ahí por una disputa familiar o por defender el honor de su hija; estaba ahí por el negocio.
—Me alegra que le gustara el diseño —respondió Irina, midiendo sus palabras—. Pero sigo sin entender qué hace en el lobby de mi casa.
—Vine a darte un consejo y una advertencia, muchacha —dijo el señor Rivera, su tono volviéndose más bajo, espeso y cargado de esa experiencia que solo los Alfas viejos poseían—. Has llamado la atención de demasiada gente en muy poco tiempo. Antonio te quiere en su empresa no solo por lo que diseñas, sino porque sabe que quitártela a Damian es un golpe directo a su orgullo. Y Damian... —el viejo entrecerró los ojos, clavando una mirada incisiva en Irina—, Damian te está usando como su escudo vanguardista para restarle poder a mi familia dentro de la textilera. Estás jugando en las ligas mayores de Roma, Irina, y en este juego, los humanos suelen terminar aplastados por el peso de los Alfas.
Irina contuvo el aliento por una fracción de segundo al escuchar la mención de Damian, pero se obligó a mantener el rostro completamente inexpresivo. El secreto de lo que pasaba entre ella y su jefe seguía a salvo, pero el viejo Rivera estaba leyendo el panorama corporativo con una precisión milimétrica.
—Sé perfectamente dónde estoy parada, señor Rivera —replicó ella, dando un paso al frente para demostrar que no se dejaba empequeñecer—. Y le aseguro que no soy el escudo de nadie. Trabajo para la Textilera Galo porque es mi oportunidad de crecer, y defenderé mi puesto frente a quien sea.
El señor Rivera se apoyó en su bastón y, con un esfuerzo pausado que denotaba sus años, se puso de pie. Su imponente estatura hizo que el guardia de la recepción se tensara de inmediato, pero el anciano solo acomodó las solapas de su abrigo de cachemira.
—Eso espero, señorita Duarte. Porque la campaña de otoño apenas comienza, y Vittoria no se va a quedar de brazos cruzados después de la humillación de hoy. Si demuestras que vales más que los dolores de cabeza que le causas a mi hija, yo mismo me encargaré de que nadie te toque. Pero si flaqueas... —el viejo caminó hacia la salida, deteniéndose un segundo a su lado para susurrarle al oído—: si flaqueas, yo mismo firmaré tu despido. Buenas noches.
Sin esperar respuesta, el señor Rivera avanzó hacia la puerta de cristal, la cual fue abierta de inmediato por uno de sus escoltas. Irina se quedó de pie en medio del lobby vacío, observando cómo el auto negro de lujo se alejaba por la avenida iluminada, con la clara certeza de que los hilos de poder en Roma se estaban enredando cada vez más rápido a su alrededor.
Luego de la advertencia, Irina entró a su departamento y soltó un grito mudo mientras apretaba los puños. Llevaba dos días y ya no soportaba a esa gente que se creía con el poder absoluto de querer gobernar sobre su vida.
Se fue a la cocina y sacó de la nevera agua y algo para comer. Se quitó la chaqueta y la puso sobre una de las sillas. En ese momento, su teléfono comenzó a sonar y vio que era su madre, así que no pensó para tomar la llamada; necesitaba una tranquilidad después de tanto revuelo.
—Mamá, estaba pensando en llamarte —dijo ella al contestar.
—Irina, hija...
La voz de su madre fue algo que la hizo cambiar por completo de pensamiento. Irina apagó la estufa y se alejó de la cocina de inmediato.
—Mamá, ¿qué sucede? ¿Estás llorando? —preguntó muy preocupada.
—Irina, escúchame, hija... necesito por favor que estés tranquila —dijo la mujer al otro lado de la línea.
—Mamá, ¿qué pasó? —gritó Irina, asustada por el tono de su madre.
—Tuvimos un accidente, hija... y tu papá está grave.
Cuando su madre dijo aquello, Irina sintió que el mundo se abría bajo sus pies.
—No, mamá, por el amor de Dios no me digas eso —dijo con voz angustiada—. ¿Qué sucedió? ¿Cómo está papá? Dime la verdad, mamá —pidió aterrada.
—Escucha, hija, necesito, mi amor, que vayas mañana a nuestro banco. Busca a tu tío Diego y, por favor, pídele que te libere los ahorros que tenemos entre tu padre y yo. Urge ese dinero para llevar a tu padre a Roma, hija —explicó la mujer de manera atropellada—. No tengo dinero para que lo operen en este país, y sería un papeleo interminable. Irina, te prometo que él va a estar bien, hasta ahora he pagado algunos gastos y lo tienen estabilizado.
—Lo haré, mamá, claro, yo... ¿Y tú? ¿Tú estás bien, mamá? —preguntó ella, sintiendo que el pecho se le comprimía—. ¿De verdad estás bien? —dijo, echándose a llorar.
—Estoy bien, no llores, yo estoy bien —dijo la mujer, intentando reconfortarla a pesar de la distancia.