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La Alegría De Los Vesinos

La Alegría De Los Vesinos

Status: En proceso
Genre:Comedia
Popularitas:79
Nilai: 5
nombre de autor: Lohendy G

En la calle de los Mangos, en el corazón de San José, existe un edificio de tres pisos de color amarillo desvaído, con escaleras que crujen más que las quejas de doña Eustaquia y un patio donde crecen plantas que nadie plantó pero que todos riegan. Aquí nadie tiene secretos porque las paredes son tan delgadas que se escucha hasta cuando alguien busca las llantas en la bolsa. Y lo mejor: cada día pasa algo tan absurdo que nadie podría inventarlo. Esta es la historia de sus vecinos, sus líos, sus risas y esa alegría contagiosa que nace cuando las vidas se mezclan demasiado.

NovelToon tiene autorización de Lohendy G para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El charly intenta arreglar el techo

Todo empezó una mañana de lluvia ligera, cuando doña Eustaquia salió al pasillo secándose las manos en el delantal y dijo, mirando hacia arriba con cara de pocos amigos:

—¡Ya basta! La gotera del techo del segundo piso vuelve a dejar charcos en el pasillo. Si esto sigue así, vamos a necesitar botes para movernos por dentro. ¡Alguien debe subir y arreglarla hoy mismo!

Todos se quedaron callados, mirándose los unos a los otros. Nadie quería subir al techo. Las tejas estaban viejas, resbaladizas cuando llovía, y había partes que parecían sostenerte solo por buena voluntad. Fue entonces cuando el Charly, que siempre tenía una respuesta lista y una confianza mayor que sus conocimientos, dio un paso al frente, se golpeó el pecho con el puño y dijo con gran orgullo:

—¡No se preocupen, vecinos! ¡Yo me encargo! He arreglado techos más difíciles que este… bueno, al menos he visto cómo lo hacían en la televisión. ¡Será pan comido!

Don Beto lo miró con desconfianza, ajustándose las gafas:

—¿Está seguro, muchacho? Recuerde que las tejas están viejas y…

—¡Claro que estoy seguro! —lo interrumpió el Charly, ya sacando su caja de herramientas—. ¡Solo hay que cambiar una teja, poner un poco de cemento, y listo! ¡En media hora está resuelto!

Se puso una vieja gorra torcida, se subió las mangas de la camisa, cargó su caja de herramientas y una escalera que crujió al sentir su peso, y empezó a subir hacia el techo. Todos se quedaron abajo mirando, con los corazones en la garganta.

Al principio todo parecía ir bien. El Charly subió despacio, se asomó por el borde, y saludó con la mano.

—¡Todo bajo control! —gritó—. ¡Aquí veo la teja rota! ¡La saco y pongo otra nueva!

Pero el Charly tenía la costumbre de exagerar un poco… o mucho. Al intentar levantar la teja dañada, descubrió que estaba pegada con años de polvo y cemento viejo. Tiró con más fuerza. Tiró con toda su fuerza. Y de pronto… ¡CRAC! No solo se rompió la teja que quería quitar, sino que se llevó consigo otras tres que estaban al lado, y un pedazo de canalón que cayó con un estruendo al patio.

—¡Ay, Dios mío! —gritó doña Eustaquia, tapándose la boca—. ¡Va a derrumbar la casa entera!

—¡Tranquilos, tranquilos! —gritó el Charly desde arriba, intentando ocultar su nerviosismo—. ¡Solo… solo amplié un poco el trabajo! ¡Ahora tengo más espacio para arreglarlo mejor!

Y así empezó el desastre. Quiso poner tejas nuevas, pero no tenía del tamaño correcto, así que las rompió a golpes de martillo hasta que más o menos encajaron. Quiso echar cemento, pero le puso demasiada agua y se le escurrió por todos lados, manchando las paredes de abajo. Quiso acomodar el canalón, se le resbaló, y terminó golpeándose la cabeza contra una viga tan fuerte que dio un grito que se escuchó hasta la otra cuadra.

—¡Se lastimó! —exclamó la señorita Lidia, llevándose las manos al pecho—. ¡Tenemos que subirlo!

—¡No, no! —respondió el Charly, frotándose la cabeza pero sin rendirse—. ¡Solo fue un susto! ¡Ya casi termino!

Una hora después, se asomó por el borde del techo, empapado, cubierto de polvo y cemento de la cabeza a los pies, con la gorra chueca y una sonrisa que intentaba ser triunfal. Bajó despacio por la escalera, que crujió más que nunca, y cuando tocó el suelo, todos lo rodearon.

—¿Terminó? —preguntó Don Beto, mirándolo de arriba abajo—. ¿Ya no hay gotera?

—¡Ni una sola gota! —afirmó el Charly, limpiándose las manos en la camisa—. ¡Lo dejé como nuevo! ¡La mejor obra de mi vida!

Todos entraron corriendo a comprobarlo. Y efectivamente… la gotera original había desaparecido. Pero al levantar la vista, vieron algo que los dejó helados: ahora había tres nuevas goteras, una en cada esquina del techo que él había “arreglado”, y el agua se filtraba por donde antes no había pasado ni una sola gota.

Doña Eustaquia miró el techo, miró al Charly, que se rascaba la cabeza avergonzado, y soltó una carcajada tan grande que hizo temblar las paredes.

—¡Ay, muchacho! —decía entre risas—. ¡Usted arregló una y nos creó tres! ¡Ya entendí por qué dicen que hay que tener cuidado con lo que se desea!

—Es que… —balbuceó el Charly, rojo de la vergüenza—. Esas… esas goteras estaban escondidas. ¡Yo las descubrí para que las arreglemos bien! ¡Si no las descubría hoy, aparecían mañana! ¡Hice un favor!

Don Beto se acercó, le dio una palmada amistosa en la espalda y dijo riendo:

—Claro, muchacho. ¡Usted es un descubridor de goteras! ¡Un gran trabajo de descubrimiento!

Y así, entre bromas y risas, decidieron que lo mejor era llamar a un verdadero albañil. Pero mientras esperaban, los vecinos sacaron baldes y tazas, y se sentaron a ver las tres goteras nuevas, contando cómo caía el agua, riéndose del Charly y de su buena voluntad que siempre terminaba en desastre.

El Charly, aunque avergonzado, se sentó con ellos, tomó un poco de café que les sirvió la señora Pérez, y dijo con una sonrisa:

—Bueno… al menos la gotera original ya no gotea. ¡Y tres goteras nuevas son más interesantes que una sola!

—¡Eso sí! —dijo doña Eustaquia—. ¡Ahora tenemos más paisaje para mirar cuando llueve!

Y desde aquel día, cada vez que el Charly se ofrecía a arreglar algo, todos aceptaban sonriendo… pero con la condición de que después llamaran a un profesional. Porque aprendieron que la buena voluntad del Charly era inmensa, pero sus habilidades para construir eran más bien pequeñas. Y que a veces, intentando arreglar las cosas, se descubren cosas nuevas… y se ríe mucho más.

El techo quedó bien arreglado días después, pero nadie olvidó aquella jornada. Y siempre que llovía y se escuchaba caer el agua, alguien decía: “¡Ojo, que el Charly anduvo por aquí!”, y todos soltaban la risa, recordando al muchacho que arregló una gotera y les regaló tres más.

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