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Después de elegir el divorcio

Después de elegir el divorcio

Status: Terminada
Genre:Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Divorcio / Completas
Popularitas:31
Nilai: 5
nombre de autor: Mutzaquarius

Mela llevaba veinte años siendo la esposa perfecta. Cocinaba, limpiaba, cuidaba a su suegra enferma, criaba a su hija y mantenía en orden un hogar que nunca fue suyo. Todo para que Arman, su marido, pudiera concentrarse en los negocios y construir un imperio.

Hasta que descubrió que, durante la última década, él lo compartía todo con otra mujer.

El día que Mela firmó el divorcio, se llevó consigo una maleta medio vacía, una llave oxidada y una sola certeza: no iba a suplicar. Ni por dinero, ni por una casa, ni por la dignidad que le habían arrancado.

Volvió a Morana, el pueblo donde creció, a la casa de madera que sus padres le dejaron. Allí, con las manos en la tierra, empezó a reconstruirse desde cero: limpió maleza, plantó chiles y verduras, y poco a poco levantó un negocio que nadie esperaba.

Pero Morana también le trajo algo que no buscaba.

Dino. Un hombre sencillo que apareció en el pueblo con la sonrisa fácil y las manos siempre dispuestas a ayudar. Alguien que la miraba sin lástima y la trataba sin condiciones. Alguien que guardaba un secreto capaz de cambiarlo todo.

Mientras Mela construye su nueva vida, la antigua no deja de perseguirla. Arman, arruinado y arrepentido, vuelve a buscarla. Su exsuegra, que la despreció durante años, ahora la necesita. Su propia hija, que eligió quedarse con la amante, empieza a cuestionar esa decisión.

Y en medio de todo, un enemigo invisible lanza un ataque que amenaza con destruir lo que Mela acaba de ganar.

NovelToon tiene autorización de Mutzaquarius para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22 — Voy a esperarte

La tarde caía despacio sobre Morana. El cielo se teñía de naranja. La brisa soplaba suave, arrastrando el último calor de un día largo.

El bullicio que desde mediodía había llenado la parcela empezó a apagarse. Las risas y las charlas de los trabajadores se desvanecieron una a una, reemplazadas por pasos que se alejaban. Dora y las demás se fueron temprano, como si a propósito quisieran dejarles espacio a las dos personas que todavía permanecían allí.

Mela estaba de pie al borde del terreno nuevo. Las filas de plantas jóvenes crecían ordenadas, verdes y prometedoras. Pero su mirada estaba vacía; la mente le volaba lejos, no del todo presente en aquel lugar.

—¡Mel!

La voz le quebró el ensimismamiento.

Se volvió.

Dino estaba a unos pasos de ella. La camisa algo arrugada, las mangas enrolladas hasta el codo, una película fina de sudor en las sienes. Pero no fue eso lo que le llamó la atención a Mela, sino la mirada del hombre: profunda. Demasiado profunda para una conversación cualquiera.

—¿Tienes un momento? —preguntó él con cautela.

Mela asintió despacio.

Caminaron hasta el cobertizo en la orilla de la parcela y se sentaron uno junto al otro. Pasaron varios segundos sin que ninguno hablara. Solo el susurro del viento colándose entre las tablas de madera y los latidos de un corazón que iba más rápido de lo normal.

Dino tomó aire largo, como si reuniera el valor que le quedaba.

—Mel...

Ella lo miró.

—¿Sí?

—E-eso... lo que te dije el otro día... —Se detuvo, tragó saliva y continuó en voz más baja—. Sobre lo que siento.

Silencio.

El corazón de Mela golpeaba con fuerza. Sin darse cuenta, se apretó las manos una contra otra, conteniendo algo que ni ella misma terminaba de entender.

Dino esbozó una sonrisa tenue, aunque se le notaba la incertidumbre.

—No le des muchas vueltas. No quiero que se vuelva una carga para ti.

Mela alzó un poco el rostro. Las miradas se encontraron y, por un instante, el tiempo pareció frenarse.

—Tampoco te pido una respuesta ahora —prosiguió Dino—. Solo... quiero que sepas que hablo en serio.

La brisa sopló y apartó un mechón de pelo que le caía a Mela sobre la mejilla.

—Puedo esperar, Mel. —Dino soltó una risa queda, pero le salió amarga—. Al fin y al cabo... ya llevo esperándote toda la vida. Desde la escuela hasta ahora... lo que siento nunca cambió.

Las palabras se posaron despacio, pero dejaron un eco largo dentro de Mela.

Bajó la cabeza. Recuerdos que antes le parecían insignificantes regresaban ahora con un significado distinto: más afilados, más reales, más difíciles de ignorar.

—No voy a presionarte —añadió Dino en voz baja—. Sea cual sea tu respuesta, la acepto.

Hizo una pausa y la miró con más intensidad.

—Pero... no dejes que esto nos aleje.

Mela asintió despacio.

Un gesto sencillo, pero suficiente para que Dino soltara un suspiro de alivio, como si una parte del peso en el pecho se le hubiera levantado.

—Solo... no quiero volver a perderte, Mel.

La palabra "perderte" quedó flotando en el aire y se le clavó despacio en el corazón.

Quiso contestar. Quiso decir algo. Pero todo lo que Dino había dicho era demasiado preciso, y justamente por eso, demasiado difícil de responder.

—Ah, por cierto —Dino volvió a hablar, tratando de aligerar el momento—, los próximos días puede que no venga por aquí.

Mela giró la cabeza de inmediato.

—¿Por qué?

—Unos asuntos que atender —contestó despreocupado, demasiado despreocupado—. Va a venir un amigo mío a recoger las verduras.

Mela se quedó callada otra vez.

Había algo en la forma en que Dino lo dijo, demasiado liviano, que le sonaba a esconder algo más complicado.

—Ah... —fue lo único que le salió.

Dino asintió y se puso de pie.

—Bueno, me voy entonces.

Le hizo un gesto de despedida con la mano, dio media vuelta y echó a andar. Mela se quedó sentada en el mismo sitio hasta que los pasos se perdieron en la distancia, tragados por el atardecer.

Sin darse cuenta, cerró el puño. Algo le pesaba en el pecho. No era enojo ni tristeza. Era inquietud. Una sensación a la que no sabía ponerle nombre.

Clavó la vista en el camino vacío unos segundos más de lo debido antes de tomar aire hondo.

—¿Qué me está pasando...? —murmuró para sí.

Negó con la cabeza, como queriendo sacudirse los pensamientos, y se levantó para irse a casa. Pero sus pasos ya no eran tan serenos como antes.

La confesión de Dino le había revuelto el corazón.

Se sentía culpable porque alguien la había esperado tanto tiempo.

Se sentía dichosa porque aquella declaración le devolvió un latido que creía muerto.

Pero al mismo tiempo le daba miedo. Miedo de que la herida vieja se repitiera.

Intentó recordar las palabras de Dino. Que nada de eso tenía que convertirse en una carga.

Y, sin embargo, al saber que no se verían en los próximos días... algo vacío empezó a abrirse despacio dentro de ella.

En otro lugar, la vida avanzaba con un ritmo diferente.

En las oficinas centrales de la empresa Wijaya, la noche nunca terminaba de llegar.

Las luces seguían encendidas, desafiando la oscuridad que acechaba del otro lado de los ventanales. La actividad no cesaba, como si el tiempo no tuviera autoridad allí dentro.

Arman estaba sentado en su despacho, rodeado de pilas de documentos. Algunos ya firmados, otros a la espera de una decisión.

—Este expediente hay que revisarlo de nuevo, señor.

Arman abrió la carpeta y recorrió cada detalle con mirada afilada.

—¿Este ya está en orden? —preguntó brevemente.

—Sí, señor.

Asintió y le indicó a su asistente que saliera.

La oficina volvió al silencio.

Se aflojó la corbata y se reclinó un momento. Desde temprano no había hecho más que encadenar una junta tras otra. Cada decisión, sopesada con rigor. Todo al servicio de un solo objetivo: devolver la empresa a su antigua gloria.

Y poco a poco, los resultados empezaban a verse.

Al otro lado del escritorio, Camila seguía trabajando. Las manos ágiles ordenaban documentos, los ojos agudos repasaban cada cifra y cada riesgo.

—Este convendría posponerlo —opinó.

Se levantó, se acercó y señaló un apartado en concreto.

Arman se enderezó.

—¿Por qué?

—El riesgo es demasiado alto en este momento —respondió Camila con calma, pero con seguridad.

Arman lo consideró, lo evaluó y al final asintió.

—De acuerdo.

Una decisión cambió. La estrategia se reorientó, y el impacto fue inmediato.

—Buen trabajo —dijo Arman, parco.

Camila sonrió. Desde siempre había estado al lado de Arman, siempre apoyándolo, como si no existiera margen para el error.

Y precisamente por eso, todo parecía demasiado perfecto.

Arman se recostó en la silla y repasó los papeles entre sus manos. Gracias a su esfuerzo, la empresa iba en ascenso, el matrimonio marchaba sin contratiempos. Todo estaba bajo control.

Pero sin saberlo, caminaba hacia algo mucho más grande. Y cuando alguien cree que todo está bajo control, ese es el momento más peligroso.

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