Fabiana Camargo es una joven trabajadora, responsable y muy afectuosa, Aunque es un imán para meterle en problemas y meter la pata. Una accidente lo cambia todo, pone su ya frágil mundo patas arriba.
Lo peor de todo esto es que tiene enemigos terroríficos y resulta que la esposa, esa esposa es ella.
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Cap. 11 Nuestro nido
La rutina que se estableció fue algo que Fabiana nunca se esperó. Lucian, en su rol de "esposo", no era el tirano exigente de la oficina. Era atento, observador, y estaba emocionalmente apegado a ella de una manera que la desarmaba por completo. Le preguntaba si había comido, se inquietaba si salía de la habitación por mucho tiempo, y su mano buscaba la suya con una frecuencia que ya no la sorprendía, sino que la… acostumbraba.
Y fue en medio de esa nueva "normalidad" que él lanzó la bomba nuclear.
Estaban cenando (él, comida sólida por fin; ella, un sándwich que sabía a cartón por los nervios) cuando Lucian, con total naturalidad, soltó:
—Fabi, el médico dijo que me dan de alta en unos días. Iremos a casa. Papá y mamá deben estar preocupados.
Fabiana se atragantó con un pedazo de pan.
—Es bueno que papá no haya venido a visitar —continuó él, con un tono de preocupación genuina.
—Su corazón es frágil. Debemos ocuparnos de eso. Y mamá… ella también está adolorida. Ya debí haberlos llevado al médico hace tiempo. Ya no les voy a permitir más orgullo. Los enviaré a especialistas de alto nivel —declaró, como si estuviera hablando del pronóstico del tiempo, dando por sentado un poder y una responsabilidad familiar absolutos.
Fabiana abrió y cerraba la boca, incapaz de articular sonido. Un miedo aterrador, frío y pesado, se instaló en su pecho. ¿A qué "casa" se refería? ¿A su lujoso penthouse? ¿A la mansión Borbón? Pero lo de "papá y mamá"… no cuadraba con su familia real.
Con el corazón latiéndole en la garganta, hizo la pregunta que más miedo le daba:
—Lucian… —tragó saliva—. ¿Recuerdas… dónde vivimos?
Él la miró con una leve sonrisa, como si la pregunta fuera una tontería adorable.
—Vivimos con mis suegros, con mamá y papá, —dijo, con una naturalidad devastadora.
—En esa casa cerca del parque. Ya sé que es pequeña y que merecemos algo mejor, pero con sus enfermedades y todo… no los podemos dejar solos. Pronto solucionaremos eso también.
Fabiana sintió que el suelo del hospital se abría bajo sus pies. La sangre se le heló en las venas. Casi se desmayó allí mismo, sobre el sándwich abandonado.
No. No. No. No.
Su mente, en su delirio, no solo los había casado. ¡Los había instalado en el pequeño departamento de sus padres! ¡Había adoptado a Lino y a Ana como sus "suegros"! ¡Y ahora planeaba, con toda la determinación y los recursos de Lucian Borbón, intervenir en sus vidas, en sus enfermedades, en su humilde hogar!
Era la invasión más bienintencionada, absurda y catastróficamente imposible que podía imaginar. ¿Cómo iba a explicarle a sus padres que el hombre al que cuidaban que creía ser su yerno? ¿Y que ese "yerno" era, en la vida real, su jefe multimillonario y temperamental?
El pánico ya no era por su trabajo. Era por su vida entera, a punto de ser arrasada por la realidad alternativa de un Lucian Borbón decidido a ser el "esposo y yerno perfecto".
—¡No! —la palabra escapó de sus labios antes de poder contenerse, con un tono de pánico tan genuino que Lucian frunció el ceño, preocupado.
—¿No? ¿Qué pasa, Fabi? —preguntó, su mano extendiéndose para tomar la suya.
Fabiana respiró hondo, buscando en su repertorio de mentiras una que fuera creíble. La presión médica era su única baza.
—Es que… el doctor dijo que el alta es condicional. Que… que necesitas un ambiente controlado, sin estrés. Y la casa de mis… de mamá y papá… —forzó las palabras— a veces es un poco caótica con sus medicinas y sus visitas al doctor. Sería mucho para ti ahora. Y para ellos, verte así… les preocuparía mucho.
Lucian reflexionó, su expresión seria. Para su fortuna, su mente aceptaba la lógica del cuidado médico.
—Tienes razón —concedió, lentamente. —No quiero ser una carga para ellos. Pero tampoco quiero estar lejos de ti.
—¡No lo estarás! —improvisó Fabiana, viendo una salida.
—Podríamos… ir a nuestro otro lugar. El… el departamento. Para tu recuperación. Solo nosotros dos. —La idea de estar completamente a solas con él en su penthouse la aterraba, pero era mil veces mejor que la alternativa.
Los ojos de Lucian se iluminaron. "Solo nosotros dos" parecía una idea que su mente delirante abrazaba con entusiasmo.
—Nuestro nido —murmuró, con una sonrisa íntima que le aceleró el corazón a Fabiana por razones completamente contradictorias. —Sí. Es una mejor idea. Lo organizaré.
"Lo organizaré". Esas dos palabras sonaron como una sentencia. Fabiana asintió, con una sonrisa tensa. Había ganado tiempo. Pero ahora tenía un problema nuevo y más grande: iba a tener que vivir, encerrada, fingiendo un matrimonio, con Lucian Borbón en su propia guarida. Y tenía que llamar a su tía Carmen para orquestar la mentira más elaborada de la historia frente a sus padres.
Fabiana arropó a su "esposo" —un hombre que era a la vez profundamente conocido y un completo extraño— con una ternura mecánica, producto del puro agotamiento nervioso. En cuanto sus párpados se cerraron y su respiración se hizo profunda, escapó al pequeño apartado como un alma perseguida.
Sin preámbulos, marcó el número de su tía.
—Tía… —su voz fue un chillido ahogado.
—Necesito que vengas. Ahora. Es peor de lo que pensamos. Es una catástrofe con patas.
Al otro lado, Carmen, que estaba a punto de meterse en una bañera de burbujas, se congeló.
—¿Qué hizo ahora el magnate amnésico? ¿Declaró la guerra a un país desde su cama de hospital?
—¡Peor! —siseó Fabiana, conteniendo un grito histérico—. ¡Cree que vivimos con mis padres! ¡Que papá y mamá sean sus suegros! ¡Y planea mudarse con ellos y convertirlos en sus proyectos filantrópicos personales!
Hubo un silencio cargado de estática en la línea. Luego, un prolongado:
—… Caray.
—¡Tía, no digas "caray"! ¡Dime qué hago! ¡Si llega a la casa y ve a papá con su bata vieja y a mamá con sus tarros de medicina, y encima quiere llamarles "mamá" y "papá"…! ¡Se me va a reventar el corazón… a él o a mis padres, no sé!
—Respira, sobrina. Respira —la interrumpió Carmen, con una calma que ya estaba teñida de alarma. Se oyó el ruido de la tapa de la bañera cerrándose de golpe.
—Me visto y voy en quince minutos. No le digas nada más. No aceptes mudarte a la casa. Inventa algo. Una plaga. Una… una fumigación. ¡Lo que sea!