Evolett aprendió demasiado pronto que el mundo podía ser un lugar cruel. Durante dos años, sobrevivió en silencio, escondiendo sus heridas detrás de una mirada tímida y un corazón que ya no confiaba en nadie.
Hasta que apareció Will Cleim.
Él no la mira con lástima. No intenta salvarla. Simplemente decide quedarse.
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capitulo 22
El lunes amaneció con un cielo despejado sobre Lyon. Evolett abrió los ojos y, por un momento, se quedó inmóvil, esperando sentir el peso del brazo de Will alrededor de su cintura. Pero la cama estaba vacía a su lado, y las sábanas aún conservaban el calor de su cuerpo.
Se incorporó con lentitud, parpadeando contra la luz que entraba por las cortinas entreabiertas. Sobre la mesita de noche había una taza de café humeante y una nota escrita con una caligrafía firme y elegante.
-Buenos días. Fui a terminar unos asuntos. Te espero en el desayuno a las nueve. No te apresures. Will.
Evolett sonrió y tomó la taza entre las manos, dejando que el calor le subiera por los dedos. Nunca nadie le había dejado una nota. Nunca nadie se había preocupado por si dormía lo suficiente o si desayunaba bien. Era un gesto pequeño, casi insignificante, pero para ella significaba más que cualquier regalo costoso.
Se levantó, se duchó y se vistió con el traje pantalón gris claro que Lena había elegido. Mientras se miraba al espejo, se dio cuenta de que ya no se reconocía del todo. La chica que había llegado a Lyon el viernes por la mañana era diferente de la que ahora ajustaba el cuello de su blusa con dedos firmes. Había algo nuevo en sus ojos, un brillo que no venía del maquillaje.
Cuando llegó al restaurante del hotel, Will ya estaba sentado junto a la ventana, con el teléfono en la mano y una expresión concentrada. Al verla, guardó el dispositivo y se levantó para recibirla.
—Buenos días
dijo, con una sonrisa que le iluminó el rostro
—¿Dormiste bien?
—Como no dormía en años
admitió ella, sentándose frente a él.
—Me alegra oírlo.
Un camarero llegó con dos platos de fruta fresca y una cesta de pan recién horneado. Will le sirvió jugo de naranja con una naturalidad que ya no la sorprendía, pero que seguía haciéndole latir el corazón con fuerza.
—¿Cómo van los asuntos del desfile?
preguntó Evolett, tomando un trozo de melón.
—Bien. Todo cerrado. Solo queda el viaje de vuelta.
—¿A qué hora salimos?
—A las once. Llegaremos a París a media tarde.
Will hizo una pausa y la miró con atención
—Quería hablar contigo de algo antes de que volvamos.
Evolett dejó el tenedor sobre el plato.
—¿De qué se trata?
Will se inclinó ligeramente hacia adelante, con las manos entrelazadas sobre la mesa.
—Mañana empieza oficialmente el trabajo en la colección. Las reuniones, los talleres, las pruebas de tela. Todo lo que hemos estado preparando desde que llegaste. Y quería preguntarte si estás lista.
—¿Lista en qué sentido?
—En todos. Va a ser un ritmo intenso. Habrá días en los que no podrás ir a casa. Habrá días en los que te quedarás hasta tarde revisando prototipos. Y habrá momentos en los que te sentirás abrumada.
Evolett lo escuchó sin interrumpir. Sabía que Will no estaba tratando de asustarla, estaba siendo honesto, y eso era algo que valoraba más que cualquier promesa vacía.
—Lo sé
dijo al fin
—Y estoy lista. Es lo que quiero hacer.
Will asintió, y en sus ojos había una mezcla de orgullo y algo más, algo que no se atrevía a nombrar.
—Entonces, hablemos de algo más
continuó él, con un tono más suave
—Mientras estuvimos aquí, pasaron cosas entre nosotros. Cosas que no son solo profesionales.
Evolett sintió que el corazón le daba un vuelco. Sabía a qué se refería. Lo sabía desde la primera noche, cuando él le tomó la mano en el desfile. O quizás desde antes, desde el momento en que entró en la clínica y se quedó a su lado sin pedir nada a cambio.
—Sí
susurró
—Pasaron cosas.
—Quiero saber qué sientes
dijo Will, sin rodeos
—Porque yo ya sé lo que siento. Desde que te vi en la galería, no he podido dejar de pensar en ti. No es lástima, no es curiosidad. Es algo más profundo. Algo que no había sentido en mucho tiempo.
Evolett bajó la mirada hacia la mesa. Las palabras de Will eran sinceras, lo sabía. Pero también sabía que su propio corazón estaba lleno de cicatrices, de miedos que no se curaban con un fin de semana en Lyon.
—Yo también siento algo
admitió, con la voz temblorosa
—No sé cómo llamarlo. No sé si es amor o gratitud o... miedo. Pero sé que me siento segura contigo. Y que cuando no estás, te busco.
Will extendió la mano y cubrió la de ella sobre la mesa.
—No tienes que ponerle nombre ahora. No tienes que decidir nada. Solo quería que supieras que estoy aquí. Y que voy a estar aquí, pase lo que pase.
Evolett levantó la mirada y lo encontró observándola con una intensidad que la desarmaba.
—Gracias
dijo, y la palabra le supo a poco
—Por la paciencia. Por no presionarme.
—Nunca te presionaría
respondió él, con firmeza
—Lo que siento por ti no depende de que me des algo a cambio. Solo quiero verte bien.
Se quedaron en silencio un momento, con las manos entrelazadas sobre la mesa, y Evolett sintió que algo se aflojaba dentro de su pecho. No era confianza plena, no era certeza absoluta. Pero era un comienzo.