Todos creen conocer a Damian Varela… pero nadie conoce su verdadero secreto.
Elena solo necesitaba un tutor que la ayudara a superar una etapa complicada de sus estudios. Lo último que esperaba era descubrir que el hombre encargado de ayudarla llevaba una vida completamente diferente a la que aparentaba.
Una fotografía, una puerta entreabierta y un nombre que jamás debería haber escuchado harán que Elena empiece a investigar.
Mientras más descubre, más preguntas aparecen.
¿Quién es realmente Damian Varela?
Y, sobre todo… ¿qué hará cuando descubra que Elena conoce su secreto?
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Capítulo 10: El Primer Besó — Al Borde del Abismo
El aire se detuvo entre ellos. Las palabras de Elena —*«Me quedo»— flotaron en el silencio como un juramento que ninguno de los dos se atrevía a romper. Damian permaneció inmóvil un instante, con la frente rozando la suya, respirando agitado, como si luchara contra una corriente que lo arrastraba irremediablemente hacia ella.
—Repítelo —le pidió con voz ronca, casi un gemido contra sus labios—. Dilo otra vez. Necesito oírlo de nuevo para creer que no es un sueño.
—Me quedo —repitió ella con más fuerza, alzando las manos hasta posarlas en su pecho, sintiendo cómo su corazón latía desbocado bajo sus dedos—. Contigo. En esto. Sea lo que sea.
Damian soltó un suspiro tembloroso y cerró los ojos. Cuando los abrió, el gris se había oscurecido casi por completo, transformado en dos pozos de deseo puro que la atraían hacia su abismo sin retorno. Se separó apenas lo necesario para mirarla entera, recorriendo su rostro con una lentitud dolorosa, deteniéndose en sus labios entreabiertos, en el rubor de sus mejillas, en el brillo húmedo de sus ojos.
—Te doy una última oportunidad —le susurró, acercando lentamente su rostro, reduciendo la distancia milímetro a milímetro—. Retrocede ahora y todo vuelve a ser como antes. Olvidaré lo que dijiste. Tú olvidarás lo que sientes. Seguiremos siendo profesor y alumna. Nada más. Pero si no te apartas… si te quedas ahí, esperándome… no sabré detenerme. No habrá freno. No habrá vuelta atrás. ¿Lo entiendes, Elena? ¿Sabes a qué te entregas?
Ella no retrocedió. Al contrario: dio un paso hacia él, cerrando el último espacio que los separaba. Su pecho chocó suavemente contra el de él, y ambos contuvieron el aliento al unísono.
—No quiero que te detengas —susurró ella al rozarle los labios con los suyos—. No quiero volver a lo de antes. Quiero esto. Te quiero a ti.
Damian no esperó más.
Sus labios chocaron con la violencia contenida de un río que rompe su dique. No fue un beso suave ni pausado: fue hambre pura, desesperación acumulada durante semanas enteras de miradas robadas y roces prohibidos. Sus labios se aferraron a los suyos con posesión absoluta, devorándola, exigiéndole todo lo que le había estado vedado hasta entonces.
Elena soltó un gemido ahogado contra su boca y aferró sus hombros, mientras las manos de Damian descendían con furia contenida por su espalda, apretándola contra sí como si quisiera fundirla en su propia piel, borrar los límites entre ambos hasta no saber dónde terminaba uno y empezaba el otro.
Se besaron con una urgencia que dolía. Cada respiración compartida era insuficiente; cada roce, una promesa de fuego. Él la elevó ligeramente en sus brazos y ella rodeó su cuello con las piernas sin dudar, atrayéndolo más, más, siempre más cerca. Su lengua buscó la suya con ritmo feroz y experto, haciéndola perder pie y razón, arrastrándola a un mundo donde solo existían ellos dos, latidos sincronizados y el incendio que nacía entre sus cuerpos.
—Elena… —gimió contra su boca, entre beso y beso, mordiendo su labio inferior con suavidad voraz—. Mi dulce, valiente Elena… ¿sabes lo que haces conmigo? Me vuelves loco. Perdido. Insano.
—Bésame —suplicó ella, buscando sus labios una y otra vez, sedienta e insaciable—. No pares. Por favor, no pares nunca.
—No voy a parar —gruñó él, bajando la mano hasta su nuca para sostenerla mientras la inundaba de besos—. No cuando he esperado tanto por ti. No cuando te llevo en la sangre desde la primera vez que te vi entrar a mi clase.
La llevó hacia el escritorio sin separarse de sus labios, apartando todo con un movimiento impaciente de brazo. La sentó sobre la superficie fría y se colocó entre sus piernas, pegado a ella desde el pecho hasta las caderas. Elena sentía cada músculo suyo tenso y vibrante contra el suyo, la dureza de su deseo presionando contra ella, enviándole oleadas de calor que la recorrían entera y la dejaban temblando sin fuerzas.
Sus besos descendieron: comisura de labios, barbilla, mandíbula, cuello… allí se detuvo, aspirando su aroma con jadeos pesados, besando la piel sensible bajo su oreja con una devoción que la hacía arquearse contra él buscando más.
—Eres mía —susurró contra su piel, marcándola con cada palabra—. De ahora en adelante, de día y de noche, en la luz y en la sombra. Mía. ¿Lo entiendes? Mía.
—Suya —jadeó ella, enredando los dedos en su cabello y atrayéndolo de nuevo a sus labios—. Entera y por completo. Suya.
Damian soltó un gemido ahogado y volvió a buscar su boca con una intensidad renovada, como si quisiera grabarse en ella para siempre. Y mientras el mundo seguía girando al otro lado de esas paredes, allí, en la penumbra de aquel despacho, dos vidas colisionaron y cambiaron para siempre.
Pero incluso en el éxtasis, una sombra cruzó su mente: ¿qué pasaría cuando saliera por esa puerta? ¿Seguiría siendo solo suya en la sombra… o algún día podría serlo a la luz del sol?