Durante siete años, Estela Ríos fue la esposa perfecta.
Renunció a una carrera prometedora, cuidó sola de su hijo y hasta quedó marcada por el accidente en el que salvó la vida de Adrián Valadez, su famoso marido. A cambio, recibió indiferencia, desprecio y un arete de perla que cayó del bolsillo de él la noche en que su amor de juventud regresó al país.
Entonces Estela vio el futuro.
Vio su propia muerte. Vio a Adrián casarse con otra mujer. Y vio a su pequeño Mateo crecer abandonado hasta convertirse en un hombre condenado a un final terrible.
Lo que Estela jamás imaginó fue que su hijo de cuatro años también recordaba aquella vida.
Esta vez, ella no permitirá que nadie escriba su destino. Pedirá el divorcio, luchará por la custodia de Mateo y recuperará la carrera que dejó enterrada durante años. Pero mientras intenta comenzar de nuevo, aparece Maximiliano Alarcón: el multimillonario más codiciado del país, un hombre frío ante el mundo y sorprendentemente dulce con ella y con su hijo.
Max conoce sus flores favoritas, recuerda sus pequeños hábitos y siempre aparece cuando más lo necesita. Estela no entiende por qué… hasta que descubre que él lleva quince años amándola en secreto.
Mientras Adrián comprende demasiado tarde a qué mujer dejó escapar, Estela deberá enfrentarse a una verdad aún más peligrosa: el futuro que vio no fue una casualidad, y alguien alteró su destino mucho antes de que ella pudiera elegir.
Una vez entregó su vida al hombre equivocado.
Esta vez, amará únicamente a quien ella decida.
NovelToon tiene autorización de Irin_Kokh para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 11
Capítulo 11: El de la prepa era él
La Preparatoria Juárez olía igual que hacía quince años: a gis, a piso encerado, a jacaranda. Estela cruzó el portón del brazo de Fer y sintió el estómago apretársele como a los diecisiete.
—Ay, comadre, mira nada más. —Fernanda se abanicaba con el programa—. Puro exalumno presumido. La mitad se casó, la otra mitad se divorció, y todos juran que les va increíble. —Le picó las costillas—. Tú relájate y disfruta. Te ves guapísima y estás soltera casi casi. Eso vale oro aquí.
El patio central lo habían llenado de mesas redondas con manteles y series de foquitos colgadas entre los árboles. Al fondo, sobre unos caballetes, habían montado una exposición de fotos viejas: generaciones enteras en blanco y negro y en colores desteñidos, filas de muchachos con el uniforme azul marino de la Juárez.
Estela se acercó a mirar, buscándose. Y se encontró: una chamaca flaca de trenza y sonrisa fácil, en la foto de su grupo. Se rio sola. Después el dedo se le fue deslizando por la fila de atrás, por los muchachos, hasta que se detuvo en uno de la orilla.
Un chico alto, demasiado delgado, con el uniforme visiblemente remendado en un codo y los zapatos gastados hasta la lona. No sonreía como los demás. Mientras el resto de la fila posaba muerto de risa, él miraba a la cámara de frente, serio, con la barbilla en alto, con una dignidad rara y dura para alguien tan joven y tan pobre, la dignidad del que aguanta que se burlen y no baja la cabeza. Y no miraba del todo al lente: los ojos se le iban apenas hacia un lado, hacia la fila de las muchachas.
Hacia ella.
Estela sintió un cosquilleo en la nuca. Ese muchacho le sonaba de un modo que no lograba ubicar. La cara, no del todo; los años la habían llenado, se la habían endurecido. Los ojos, sí. Los ojos eran los mismos, y ella los había visto hacía muy poco, aunque no atinaba dónde.
—Ese era el becado —dijo una voz a su lado.
Se volteó. Un hombre de su edad, de lentes y sonrisa franca, señalaba la foto con la copa.
—Perdón, no me acuerdo si íbamos juntos —dijo él, tendiéndole la mano—. Gabriel Ordaz. Generación del mismo año, salón B.
—Estela Ríos. Salón A.
—¡Claro! Ríos. —Chasqueó los dedos—. Oye, tú eras de las que sacaban dieces. —Volvió a mirar la foto—. Este de aquí era mi mejor amigo en aquellos años. Pobrísimo, el pobre. Vivía en una vecindad hasta el otro lado de la ciudad, se venía dos horas en camión. Faltaba mucho porque se iba a trabajar de lo que cayera: cargador, ayudante de albañil, lavaplatos. Lo molían a burlas por el uniforme parchado. —Gabriel bajó la voz, con respeto—. Y era el más inteligente de toda la generación. De lejos.
—¿Y qué fue de él? —preguntó Estela, sin saber por qué le importaba tanto.
—Ah, ese es el chiste. —Gabriel se rio, negando con la cabeza como ante un milagro que todavía no acababa de creerse—. Resulta que el muchacho era hijo de una familia grande, riquísima, que lo había perdido de chiquito. Un lío de esos de novela: lo separaron de sus papás verdaderos siendo un bebé y creció con otra gente, en la pobreza, sin saber quién era. Ya casi de adulto lo encontraron, lo reconocieron, se lo llevaron. Le cambiaron la vida de la noche a la mañana. Hasta el apellido. —Chasqueó la lengua, admirado—. Y en vez de volverse un niño rico echado a perder, agarró todo lo que traía dentro y se hizo... uf. De los grandes. De los que salen en las portadas de negocios. Ahora es... bueno. —Alzó las cejas—. Ahí lo tienes, mira. Vino.
Y señaló, con la copa, hacia la entrada del patio.
Estela siguió la línea de su brazo. Y el patio, los foquitos, la música, todo se apagó de golpe.
Junto al portón, alto, sereno, vestido de oscuro entre las camisas de fiesta de los demás, estaba Maximiliano Alarcón.
El del charco. El del coche. El del pañuelo de seda.
Estela volteó a ver la foto vieja. Después a él. Después la foto. El muchacho flaco de uniforme remendado y el hombre poderoso de la puerta eran la misma persona separada por quince años y una vida entera. Los mismos ojos. Los mismos ojos que en la foto se iban hacia la fila de las muchachas. Hacia ella.
El suelo se le movió un poco bajo los pies.
—Espérate —murmuró—. ¿Ese... ese es tu amigo?
—Max, sí. —Gabriel lo saludó con la mano en alto—. ¡Max! ¡Ven, hombre!
Pero Estela ya no oía a Gabriel. Se había ido, sin darse cuenta, quince años atrás.
Se acordó, de golpe y con una nitidez que le dolió, de cosas que llevaba media vida guardadas en un cajón sin abrir.
Una tarde de lluvia en que ella se había quedado sin paraguas y había encontrado, colgado en la puerta de su casillero, uno viejo pero seco, sin nota, sin nombre. Se lo había llevado a casa dando gracias a nadie.
Una vez que unos muchachos mayores la habían acorralado a la salida, tres contra una, para quitarle la mochila y reírse de la niña becada de otro salón. De la nada había aparecido el flaco del uniforme parchado, se había plantado entre ellos y ella, callado, con los puños cerrados a los costados, aguantando los empujones sin devolver uno, hasta que los otros se aburrieron y se fueron. Ella le había dado las gracias de lejos, con miedo, y él solo había asentido y se había ido sin decir palabra. Al día siguiente ni la miró en el pasillo. Estela lo había tomado por timidez. Ahora entendía que era otra cosa.
La barda del patio trasero, que ella brincaba cada mañana para colarse por el atajo y no llegar tarde: alguien dejaba siempre, justo en ese rincón, una caja de madera puesta a modo de escalón para que ella pudiera treparla sin rasparse. Estaba ahí todos los días. Ella nunca supo quién la ponía. Nunca preguntó. Un invierno hubo días en que aparecía además, sobre la caja, un pan dulce todavía tibio, de esos baratos de la panadería de la esquina. Ella se lo comía sin pensar de dónde salía, muerta de hambre a las siete de la mañana, sin saber que el muchacho que se lo dejaba se venía dos horas en camión sin desayunar para poder comprárselo.
En aquellos años estaba tan metida en su propio mundo, tan pendiente de su cuaderno de "hoy me sonrió", que jamás volteó a ver al muchacho callado que la cuidaba desde la sombra. Ni una vez. Le había robado el desayuno sin saberlo, le había pisado el corazón sin enterarse, mientras seguía de largo frente al hombre que quince años después todavía la miraría igual.
"El señor del sueño", había dicho Teo en el coche. "El que nos cuidaba de lejos."
A Estela se le puso la piel de gallina en los brazos.
Maximiliano se acercaba entre las mesas. La gente se hacía a un lado sin darse cuenta, como se abre el agua. Saludaban al pasar, tendían la mano, pero él no se detenía con nadie. No miraba a Gabriel, ni a los foquitos, ni a los exalumnos que se codeaban murmurando su apellido. La miraba a ella.
Y en esa mirada había algo que Estela por fin, quince años tarde, reconoció: no era la primera vez que él la buscaba con los ojos entre una multitud. Lo llevaba haciendo desde que los dos usaban el uniforme azul de la Juárez. Desde antes de que ella supiera siquiera que existía.
Se le juntaron todas las piezas a la vez y le cortaron el aliento. El paraguas seco en el casillero. La caja de madera junto a la barda. El pan tibio en las mañanas de invierno. El muchacho flaco plantado entre ella y los abusones. El paraguas rojo del hombre del charco. El saco sobre Teo en el coche. "El que nos cuidaba de lejos." No eran cosas sueltas. Eran una sola cosa, una línea que empezaba a los diecisiete y no se había cortado en quince años, aunque ella no hubiera visto ni un solo eslabón hasta esta noche.
—Los dejo, tortolitos —dijo Gabriel, guiñando un ojo, y se escurrió con la copa—. Ah, y Ríos: te lo digo porque él nunca te lo va a decir. Este cabezón traía loco por una del salón A desde primero. No se atrevía ni a hablarle. Siempre pensé que se había ido de la escuela con esa espina clavada. —Ya de lejos, riéndose—: Nunca me quiso decir quién era. Ahora ya no hace falta que me diga.
Y se fue.
Estela se quedó ahí, con el corazón en la garganta por segunda vez en dos semanas, con la foto vieja a su espalda y el hombre a dos pasos. La música seguía, la fiesta seguía, pero entre ellos dos se había hecho un silencio de quince años.
Maximiliano se detuvo frente a ella. De cerca, bajo los foquitos, cualquiera de los rasgos de aquel muchacho seguía ahí, si uno sabía mirarlos. La misma manera de sostener los hombros. Los mismos ojos con la puerta mal cerrada.
No dijo su apellido de ahora. No dijo nada de negocios, ni del coche, ni de Nébula. Bajó la voz —esa voz grave y cercana que ya le había caído encima una vez, bajo la lluvia— y dijo, muy despacio, cada palabra como si la hubiera guardado quince años esperando el momento:
—Han pasado muchos años... Estela.