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Más Allá Del Cielo Y La Sombra

Más Allá Del Cielo Y La Sombra

Status: En proceso
Genre:Demonios / Romance
Popularitas:443
Nilai: 5
nombre de autor: yamiiy

En un mundo donde demonios y ángeles se enfrentan desde siempre, Kaelen, un poderoso señor demonio, lucha por mantener unida a su familia mientras se enfrenta a prejuicios, secretos y pérdidas.

NovelToon tiene autorización de yamiiy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

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Cuando lo presentaron, el murmullo de la sala se detuvo. Era demasiado hermoso, demasiado puro, demasiado diferente a todos los demás. Los pujos empezaron de inmediato, cifras que Leonardo no podía comprender, mientras él temblaba en el centro del estrado, buscando entre la multitud un rostro conocido, una salida, cualquier cosa.

Y entonces lo vio. Malak. Estaba en la primera fila, con una copa de vino oscuro en la mano, mirándolo con una mezcla de deseo y posesión que lo hizo sentir desnudo. Levantó la mano, y el subastador anunció su puja: una suma tan grande que nadie se atrevió a seguir.

—Vendido al señor Malak —dijo el subastador, golpeando el mazo.

Leonardo sintió que se le caía el mundo encima. Malak se acercó al estrado, y cuando estuvo a su lado, le habló con voz baja y suave, para que nadie más oyera:

—No temas, pequeño ángel. Sé quién eres. Y sé que tu padre vendrá por ti. Pero mientras tanto… me perteneces. Y pienso aprovechar cada segundo.

Lo llevó fuera, hacia un carruaje de lujo que esperaba en la entrada. Leonardo no se resistió del todo; estaba demasiado confundido, asustado, sin saber qué hacer.

—¿Por qué haces esto? —le preguntó en cuanto se cerraron las puertas—. Sabes que mi padre me va a buscar. Sabes que me va a recuperar.

—Lo sé —respondió Malak, sentándose a su lado y mirándolo como si fuera algo precioso que acababa de ganar—. Pero no me importa que sea poco tiempo. Me importa que sea tiempo a solas contigo. Sin Morgana, sin tu padre, sin tu noviecito. Solo tú y yo.

—No quiero estar contigo —dijo Leonardo, retrocediendo contra la ventana—. Me das miedo. Siempre me has dado miedo.

—El miedo se convierte en otras cosas —respondió Malak, acercándose despacio—. Con el tiempo se transforma en curiosidad. En confianza. En cariño. Voy a demostrártelo. No te voy a hacer daño. No todavía.

Lo llevó a una residencia pequeña pero lujosa, escondida en las afueras de la ciudad. No era una celda ni una jaula: era una casa hermosa, con vistas a un valle iluminado por luces mágicas, con libros, música, comodidades que pocos podían soñar. Pero para Leonardo, era una prisión con puertas de seda.

—Puedes moverte libremente por aquí —le dijo Malak, señalando los alrededores—. Las puertas no están cerradas con llave. Pero no podrás salir. Los alrededores están protegidos. Y no tienes adónde ir, ¿verdad? Si vuelves a la mansión, Morgana te castigará. Si le cuentas a tu padre… se pelearán. Y tú no quieres causarle problemas, ¿verdad?

Leonardo se quedó sin palabras. Malak conocía sus debilidades mejor que él mismo.

—¿Qué quieres de mí? —preguntó con voz temblorosa.

Malak se acercó y le acarició la mejilla con un gesto que parecía tierno, aunque Leonardo no se sintió seguro.

—Quiero que me conozcas —dijo—. Que veas que no soy solo el monstruo que te han dicho. Quiero que hablemos. Que me cuentes de ti, de tu madre, de cómo ves el mundo. Quiero ganarme tu corazón, aunque sea a la fuerza. Aunque sea robándote tiempo.

—No puedes ganarte a nadie así —respondió Leonardo, apartándose—. Esto no es amor. Es secuestro. Es posesión.

—¿Y el amor qué es? —replicó Malak con calma—. ¿No es también querer tener a alguien cerca, sin importar el precio?

Pasaron las horas. Malak no lo obligó a hacer nada. Le llevó comida, le ofreció libros, se sentó a hablar con él durante horas. Le preguntaba sobre sus sueños, sobre lo que extrañaba del cielo, sobre cómo era su poder de hacer que su padre lo protegiera de todo lo malo. Escuchaba con atención, como si cada palabra fuera valiosa. Y poco a poco, Leonardo empezó a bajar la guardia. No porque confiara en él, sino porque estaba solo, asustado, y alguien le estaba prestando atención.

Pero en el fondo, contaba los minutos hasta que su padre llegara. Sabía que vendría. Sabía que no lo dejaría ahí.

Y no se equivocaba. Apenas Kaelen terminó la reunión, supo que algo andaba mal. Morgana intentó mentirle, decirle que Leonardo se había quedado en casa, pero Kaelen la conocía demasiado bien. Exigió ver los registros de la subasta, reconoció la descripción de su hijo de inmediato, y su furia fue tal que incluso los que trabajaban en el palacio se apartaron de su camino.

—Me lo has vendido —le dijo a Morgana con voz helada, sin gritar, lo que era peor—. Me has vendido a mi propio hijo.

—No fue para tanto —intentó justificarse ella, pálida pero altiva—. Solo quería que viera la realidad. Y pensé que nadie lo compraría.

—Pues te equivocaste —escupió él—. Y si le pasa algo, no me vuelvas a hablar. No te acerques a él. No te acerques a ninguno de mis hijos.

Salió de la mansión con la magia ardiendo en las venas, dispuesto a arrasar ciudades si era necesario para recuperarlo. Y Malak lo sabía. Por eso, cuando sintió que se acercaba, no se escondió ni intentó huir. Se sentó junto a Leonardo en el porche de la casa, mirando el camino, y le dijo:

—Tu padre viene. Lo siento. Me hubiera gustado que tuviéramos más tiempo.

—¿Me vas a entregar? —preguntó Leonardo, mirándolo con confusión.

—No tengo fuerzas para enfrentarme a él —admitió Malak con sinceridad—. Y no quiero que te hagas daño. Pero te prometo algo, Leonardo: no hemos terminado. Volveremos a vernos. Y para entonces, espero que no me mires con tanto miedo.

La figura de Kaelen apareció al final del camino, corriendo, y en cuanto llegó, abrazó a Leonardo con tanta fuerza que casi le corta la respiración, como si temiera que se desvaneciera entre sus brazos.

—Perdóname —repetía una y otra vez—. Perdóname, mi ángel. Nunca más te separaré de mi lado. Nunca más.

Se giró hacia Malak con los ojos encendidos de rabia.

—Si vuelves a acercarte a él… —advirtió con voz grave—. No importa quién seas ni qué poder tengas. Te destruiré.

—Lo sé —respondió Malak con calma—. Pero el corazón no obedece órdenes, Kaelen. Tú deberías saberlo mejor que nadie.

Kaelen se llevó a Leonardo de regreso a casa, sosteniéndole la mano todo el camino. Y mientras la distancia con la casa de Malak aumentaba, Leonardo no podía dejar de pensar en sus últimas palabras. No sabía si volver a verlo era algo que quisiera, pero en su pecho quedaba algo que no sabía cómo nombrar: miedo, sí, pero también una extraña curiosidad. Una sensación de que esto no había terminado. Solo era el principio.

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