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El Heredero Del Abismo

El Heredero Del Abismo

Status: En proceso
Genre:Demonios / Viaje a un mundo de fantasía / Apocalipsis
Popularitas:262
Nilai: 5
nombre de autor: El Grillo

¿Crees en un mundo perfecto?
Mateo con su consola sin portada... SI aunque tenga que ser por encima quien sea... Asi sea su familia... Culpable ¿SI o NO?

NovelToon tiene autorización de El Grillo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

EXPEDIENTE OCULTO

El armario volvió a golpear.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Cada impacto hacía vibrar el suelo de la habitación.

Mateo permanecía inmóvil, con la mirada fija entre el televisor y la puerta del armario. La respiración se le aceleró mientras el control seguía vibrando sobre la cama, como si una mano invisible insistiera en que lo tomara.

La voz volvió a escucharse.

—El juicio... debe continuar.

Era profunda. No sonaba humana. Parecía venir desde un lugar inmenso, lejano... como si atravesara kilómetros de oscuridad antes de llegar a sus oídos.

El armario dejó de golpear.

Un silencio absoluto invadió la habitación.

Mateo tragó saliva.

—No puede ser real...

Con manos temblorosas tomó una escoba que descansaba junto al escritorio. Se acercó lentamente al armario y apoyó la mano sobre el picaporte.

Contó hasta tres.

Lo abrió de golpe.

Nada.

Solo ropa colgada, unas cajas viejas y una mochila olvidada desde el colegio.

Soltó el aire lentamente.

—Estoy perdiendo la cabeza...

Cuando volvió a mirar el televisor, el rostro del profesor seguía allí.

Nombre: Daniel Ferrer.

Profesor de Ética y Legislación.

Ingeniero.

Respetado por alumnos y colegas.

A simple vista parecía un hombre ejemplar.

Entonces comenzaron las imágenes.

Daniel caminaba por un laboratorio universitario vacío durante la noche.

Frente a él había tres estudiantes.

Uno lloraba.

Otro apenas podía mantenerse en pie.

Una joven suplicaba que los dejara ir.

El profesor abrió una carpeta.

Dentro había contratos de una empresa farmacéutica.

Los estudiantes habían descubierto pruebas de experimentos ilegales realizados con personas sin hogar.

Daniel cerró la carpeta lentamente.

Sacó una jeringa.

Las imágenes se interrumpieron.

Aparecieron nuevos fragmentos.

Los tres estudiantes figuraban oficialmente como desaparecidos.

Ningún cuerpo.

Ninguna investigación.

Ningún culpable.

Mateo sintió un escalofrío.

—No...

No quería seguir viendo.

Pero el juego continuó mostrando escenas.

Sobornos.

Manipulación de expedientes.

Amenazas.

Finalmente apareció el resumen.

DELITOS CONFIRMADOS

Homicidio: 3.

Encubrimiento.

Experimentación ilegal.

Desaparición de pruebas.

VEREDICTO PENDIENTE.

La pregunta apareció otra vez.

¿CULPABLE?

Mateo dio un paso atrás.

Esta vez era diferente.

Conocía a ese hombre.

Había asistido a sus clases durante un semestre.

Siempre había sido amable.

Exigente, sí.

Pero amable.

—Esto es mentira...

Apretó el control con fuerza.

Su dedo quedó suspendido entre las dos opciones.

No podía decidir.

Entonces el televisor emitió un leve zumbido.

Las imágenes regresaron por un instante.

No eran videos.

Eran recuerdos.

Podía sentir el miedo de aquellos estudiantes.

Escuchar sus gritos.

Percibir el olor metálico de la sangre.

Mateo soltó el control de inmediato.

—¡Basta!

La pantalla se apagó.

La habitación recuperó el silencio.

El juego no había aceptado ninguna decisión.

A la mañana siguiente, el ambiente en la universidad era extraño.

Varias patrullas estaban estacionadas frente al edificio principal.

Los estudiantes hablaban en voz baja.

Al entrar al salón encontró a todos reunidos.

Una profesora tomó la palabra.

—Las clases del profesor Daniel Ferrer han sido suspendidas.

Un murmullo recorrió el aula.

—¿Qué pasó?

—¿Está enfermo?

La profesora dudó unos segundos.

—No se presentó esta mañana y nadie logra localizarlo.

Mateo sintió un vacío en el estómago.

Miró inmediatamente hacia el escritorio vacío.

Por primera vez, deseó que el profesor apareciera sonriendo y todo hubiera sido una absurda coincidencia.

Pero la silla permaneció vacía.

Mientras tanto, el detective Héctor Rivas llevaba más de doce horas revisando documentos relacionados con el Proyecto Umbral.

La mayoría estaban incompletos.

Páginas arrancadas.

Archivos censurados.

Firmas tachadas.

Era evidente que alguien había intentado borrar toda evidencia.

Hasta que encontró una fotografía.

Mostraba un grupo de científicos junto a varios militares.

En el fondo se distinguía una enorme puerta circular construida con una piedra completamente negra.

No parecía tecnología moderna.

Ni siquiera parecía hecha por seres humanos.

Al reverso solo había una frase escrita a mano.

"No volver a abrir bajo ninguna circunstancia."

Héctor sintió un escalofrío.

Entonces sonó su teléfono.

—¿Detective?

—Lo escucho.

—Encontramos al profesor Daniel Ferrer.

Hubo un breve silencio.

—Está muerto.

Héctor cerró lentamente los ojos.

Otra muerte imposible.

Otra víctima sin explicación.

Y otra vez...

El mismo símbolo de ceniza negra apareció junto al cadáver.

Esa noche Mateo no pudo evitar encender las noticias.

El presentador hablaba con evidente nerviosismo.

—En menos de cuarenta y ocho horas ya son dos las muertes catalogadas como inexplicables. Las autoridades descartan, por ahora, cualquier relación entre ambos casos...

La imagen cambió.

Apareció su padre respondiendo preguntas frente a las cámaras.

Héctor hablaba con firmeza.

—No permitiremos que el responsable continúe actuando.

Mateo apagó el televisor.

Se dejó caer sobre la cama.

Tenía demasiadas preguntas.

¿Había muerto el profesor aunque él no eligiera?

¿El juego decidía por sí mismo?

¿O alguien más estaba jugando?

Miró la consola.

Permanecía apagada.

Durante unos segundos pensó en destruirla.

Tomó un martillo del cuarto de herramientas.

Lo levantó.

Respiró profundamente.

Y golpeó con todas sus fuerzas.

El impacto resonó en toda la habitación.

El mango del martillo se partió por la mitad.

La consola permaneció intacta.

Ni un rasguño.

Mateo retrocedió incrédulo.

—¿Qué eres...?

Como respondiendo a su pregunta, la consola emitió un tenue brillo rojo.

El televisor se encendió.

Pero esta vez no apareció ningún menú.

Solo una habitación.

Era pequeña.

Oscura.

Con paredes de piedra.

En el centro había una silla de madera.

Sobre ella descansaba un viejo libro encuadernado en cuero negro.

Las páginas comenzaron a pasar solas.

Hasta detenerse en una ilustración.

Un hombre sentado sobre un inmenso trono.

A sus pies se arrodillaban miles de criaturas deformes.

El rostro del hombre estaba cubierto por sombras.

Sin embargo...

La silueta era inconfundible.

Tenía la misma estatura.

El mismo cabello.

La misma forma de caminar.

Era él.

Mateo sintió que el mundo se detenía.

Debajo de la ilustración aparecieron lentamente unas palabras.

HEREDERO DEL ABISMO

CANDIDATO ACTUAL

PROGRESO: 2 %

El joven dio un paso hacia atrás.

—No...

La pantalla cambió otra vez.

Por primera vez apareció un mapa.

No era un mapa de la ciudad.

Era un lugar desconocido.

Continentes oscuros.

Océanos completamente negros.

Montañas que parecían enormes columnas de hueso.

En el centro solo existía un nombre.

EL OTRO LADO

Un pequeño punto rojo comenzó a parpadear.

Cada segundo avanzaba un poco más hacia una gigantesca estructura ubicada en el centro del mapa.

Parecía una fortaleza.

O una prisión.

Entonces una voz femenina, suave pero inquietante, habló desde los altavoces.

—Has pronunciado dos sentencias. El camino hacia el Trono ha comenzado.

Mateo retrocedió hasta chocar con la pared.

—¡Yo solo elegí una!

La voz guardó silencio unos instantes.

Luego respondió con una calma aterradora.

—No.

La primera fue con tu mano.

La segunda... fue con tu corazón.

En ese mismo instante, alguien llamó tres veces a la puerta de la casa.

Mateo miró el reloj.

Eran las 3:33 de la madrugada.

Su familia dormía.

Los golpes volvieron a escucharse.

Lentos.

Firmes.

Y una voz desconocida habló desde el otro lado de la puerta principal.

—Mateo Rivas... sabemos que ya encontraste el juego.

Continuará...

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