En un antiguo reino cubierto de secretos, el emperador Aurelius Devereaux vive bajo una maldición que lo convierte lentamente en el monstruo que todos temen. Frío, obstinado y poderoso, ha perdido toda esperanza de volver a sentir amor.
Cuando Seraphina, una joven cálida, hermosa y rebelde, es obligada a casarse con él para cumplir un antiguo pacto familiar, llega al enorme palacio sin imaginar el destino que la espera.
Aurelius la considera una molestia que amenaza su autoridad, mientras Seraphina solo ve en él a un hombre cruel y maldito. Sin embargo, la aparición de misteriosas rosas doradas anuncia que sus vidas están unidas por una magia más antigua que el propio imperio.
Ninguno sabe que Seraphina podría ser la única capaz de salvar al emperador… y romper la maldición que lo condena.
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Capítulo 19: El vestido de la emperatriz
Seraphina despertó con el sonido de pasos apresurados detrás de la puerta. Cuando Mireya entró, llevaba los brazos ocupados con varias cajas y nerviosismo.
—Han llegado los preparativos —anunció.
—¿Qué preparativos?
—El vestido, las joyas, los zapatos y el velo.
—No necesito nada de eso.
—La ceremonia será en cinco días.
—Todavía puedo escapar.
Mireya dejó las cajas sobre la cama.
—¿A dónde iríais?
Seraphina no respondió. Su hogar estaba lejos y su padre había dejado claro que el pacto podía destruir Valdoria. Huir significaba abandonar a su familia y condenar a todo el pueblo.
Mireya abrió la primera caja.
Dentro había un vestido de seda dorada. La tela parecía reflejar la luz de las velas y estaba bordada con pequeñas rosas rodeadas de espinas. El escote era sencillo, pero la falda caía en varias capas suaves hasta el suelo.
—Es hermoso —dijo Mireya.
—Parece una cadena convertida en vestido.
—La costurera imperial trabajó durante toda la noche.
—Que trabaje en otra cosa.
Seraphina se levantó y caminó hacia el balcón. Desde allí observó el palacio despertando. Los sirvientes transportaban flores, los guardias revisaban los patios y varios carruajes llegaban por la entrada principal.
La boda no sería una ceremonia privada. Aurelius quería que todo el imperio la presenciara.
—¿Él eligió este vestido? —preguntó.
—El emperador ordenó que fuera confeccionado para vos.
Seraphina volvió la mirada hacia la prenda.
No sabía por qué la respuesta le provocó una sensación extraña. Aurelius había elegido el color, los bordados y las rosas doradas. Tal vez había pensado en ella al hacerlo. O quizá solo había seguido las tradiciones de la familia imperial.
La puerta volvió a abrirse.
Aurelius entró acompañado por dos guardias, pero les indicó que permanecieran fuera. Vestía una túnica negra y llevaba un pergamino en la mano.
—¿Ya viste el vestido? —preguntó.
—Es imposible no verlo. Ocupa toda la habitación.
Aurelius ignoró la ironía.
—El consejo imperial ha confirmado la fecha de la ceremonia.
—Qué alivio. Temía que alguien recordara preguntarme.
—Seraphina.
—¿Qué? ¿También debo sonreír mientras me casan?
Aurelius dejó el pergamino sobre la mesa.
—No quiero que sonrías si no lo deseas.
Ella guardó silencio.
—Entonces, ¿qué quiere de mí?
—Que permanezcas a mi lado durante la ceremonia y que no huyas.
—Eso parece una petición muy pequeña para un emperador.
—Es la única que te hago.
Seraphina lo observó con atención.
—¿Y después de la boda?
—Tendrás tus propios aposentos, tus sirvientes y libertad dentro del palacio.
—¿Y fuera de él?
Aurelius tardó en responder.
—Fuera del palacio no estarás segura.
—Eso no es libertad.
—Es protección.
—No quiero que me proteja como si fuera una prisionera.
Aurelius se acercó. Tomó el borde del vestido dorado y dejó que la seda resbalara entre sus dedos.
—No lo elegí para convertirte en una prisionera.
—¿Entonces por qué lo eligió?
—Porque el oro no apaga tu luz.
Seraphina dejó de respirar por un breve instante.
Aurelius pareció arrepentirse de haber hablado. Soltó la tela y retrocedió.
—La ceremonia será al atardecer.
—¿Y si digo que no?
—El pacto caerá sobre tu familia.
—Siempre usa a mi familia para obligarme.
—Porque es lo único que puede convencerte.
Seraphina sintió rabia, pero también tristeza.
Aurelius se dirigió a la puerta.
—No me casaré con un hombre que no pueda verme como una persona.
Él se detuvo.
—Entonces mírame bien, Seraphina.
Aurelius volvió el rostro.
—Porque yo tampoco quiero casarme con una mujer que solo me vea como un monstruo.
Y salió de la habitación.
Seraphina permaneció junto al vestido dorado. Por primera vez, las rosas bordadas dejaron de parecerle cadenas.