Durante cinco años, Valentina lo dio todo por callar: un matrimonio que la humilló, una pierna que quedó coja, una hija sorda que crió sola… y un secreto que le partía el alma. Porque la pequeña Dulce no era hija de su despreciable exmarido. Era hija de Maximiliano Argüello, el magnate que la abandonó creyendo que ella lo había traicionado.
Cuando él regresa —más rico, más frío, más cruel—, le escupe las palabras que ella jamás olvidará:
—Esos ojos, cúratelos. Y a esa niña, déjasela a tu amante. No vaya a estorbarte para casarte con otro rico.
Valentina aprieta los dientes y sonríe. Que la desprecie. Que no sepa nada. Es mejor así.
Pero el destino es cruel con los secretos. Una prueba de ADN, un rumor envenenado, una enfermedad que ella esconde de todos… y de pronto el hombre que la trató como basura está de rodillas, con su hija en brazos, suplicando:
—Perdóname, Valentina. No sabía… No sabía nada. ¡No te mueras, por favor!
¿Y la verdad sobre su madre? ¿Sobre quién destruyó de verdad a las dos familias? Esa apenas empieza a salir a la luz… y hará temblar a toda la dinastía Argüello.
Demasiado tarde, magnate. Esta vez, la que decide soy yo.
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Capítulo 13
Capítulo 13: La primera noche
—Sigue esto.
Y la besó otra vez, pero distinto. El beso del corredor del Aurora había sido un reclamo, una bandera clavada en territorio conquistado. Este era más lento, más hondo, un beso de quien lleva cinco años con sed y por fin encuentra agua y no sabe si tomarla o ahogarse en ella.
Valentina tenía la firma todavía húmeda en el contrato, la huella roja secándose en el papel. Tenía mil razones para apartarlo. Pero las manos de él le subieron por la espalda con una familiaridad que no se aprende de un día para otro, que recordaba dónde tenía ella el nudo de la tensión, cómo respiraba cuando le rozaban la nuca, y el cuerpo de Valentina la traicionó renglón por renglón, igual que en el corredor, igual que siempre.
—Esto no estaba en el contrato —alcanzó a decir, con un hilo de voz, cuando él la levantó de la silla.
—Está en la primera cláusula —murmuró Maximiliano contra su cuello—. Léela otra vez mañana.
No la leyó. No hizo falta.
La llevó a una recámara que olía a madera y a lluvia, y cerró la puerta con el pie. En la penumbra, lejos de los testigos y de los apellidos y del jardín donde dormía su hija, el hombre de hielo empezó a deshacerse en otra cosa.
Le quitó la ropa despacio, como quien desenvuelve algo que creía perdido. Y cuando le rozó con los labios la cicatriz vieja del tobillo, la de la caída, la del segundo piso, se detuvo un segundo, y a Valentina le pareció sentir contra la piel algo que no era beso ni era rabia, algo más parecido a una disculpa que él jamás diría en voz alta. La tocó como quien reza y blasfema al mismo tiempo, con manos que recordaban cada rincón de ella, que sabían dónde tenía el nudo de la espalda y cómo se le cortaba la respiración cuando le pasaban los dedos por la nuca. El cuerpo de Valentina respondió a cada cosa con una memoria que el orgullo no había logrado borrar en cinco años.
—Esto no debería pasar —susurró ella, con los ojos ardiendo, las manos aferradas a los hombros de él—. No así. No por un papel.
—Cállate —dijo Maximiliano, pero no fue una orden; le salió quebrado, casi una súplica, la frente pegada a la de ella—. Esta noche no eres de ningún papel. Esta noche eres mía y de nadie más. Déjame. Solo esta noche.
Y en algún momento la rabia se le cayó de las manos y solo quedó lo otro, lo que llevaban los dos cargando en silencio. Él murmuró su nombre como si le costara trabajo, "Valentina", entero, sin el "señora Rivas" ni el desprecio, y a ella se le escaparon las lágrimas en la oscuridad, donde él no podía verlas, y se permitió, por una noche, fingir que el contrato no existía, que no había cinco años de por medio, que eran los dos muchachos de la UNAM otra vez y que el mundo no se había roto nunca.
Después, la noche se los tragó a los dos.
Cuando Valentina despertó, todavía oscuro, él dormía con un brazo cruzado sobre ella, posesivo hasta en el sueño. Por un instante se quedó quieta, mirándole la cara dormida, esa cara que de niño había aprendido a cocinar sola y que ahora valía millones y seguía igual de sola. Le dolió tanto que tuvo que apartar la mirada.
Se zafó del brazo con cuidado. Buscó su bolsa en la oscuridad, encontró lo que había metido ahí esa misma tarde, por si acaso, porque ella ya no era una muchacha de veinte años que se creía las promesas: una pastilla. Se la tomó en el baño, a oscuras, con agua de la llave, sin encender la luz, para no verse la cara en el espejo. No iba a traer otro hijo a un contrato. Uno ya cargaba el peso de un secreto; no habría un segundo cargando el peso de un papel firmado con tinta y huella.
Volvió a la cama, al borde, lo más lejos posible de ese brazo que volvió a buscarla dormido. Y se quedó despierta hasta que entró la luz, con dos pensamientos peleándose dentro de ella.
Uno era el peligro. Que le bastaba una noche para volver a caer, para volver a creer, y que un hombre que la compraba con la salud de su hija no era un hombre del que pudiera fiarse el corazón. El otro era el secreto. Ahí, en esa cama enorme, dormía sin saberlo el padre de Dulce, y la verdad le picaba en la garganta como siempre, y como siempre se la tragaba, porque decirla era entregarle a ese hombre y a su madre venenosa el arma perfecta para quitarle a su hija. Doña Eugenia odiaba a la "hija de la otra". ¿Qué haría si supiera que esa misma mujer le había dado, además, una nieta? No. El secreto se quedaba. Por Dulce. Siempre por Dulce.
Cuando amaneció, Valentina ya tenía otra vez su armadura puesta.
En la mañana, Maximiliano salió de la regadera ya vestido, otra vez de hielo, como si el hombre de la noche hubiera sido un préstamo que había que devolver al amanecer. Le aventó sobre la cama una caja.
—Póntelo. No vas a andar por mi casa con esa ropa.
Valentina abrió la caja. Era un camisón de seda, carísimo, hermoso. Y traía todavía la nota de la tienda: "Para la señorita Méndez". Joana.
El estómago se le cerró. Era ropa comprada para otra. Para la novia de revista. La noche entera, las manos que recordaban su cuerpo, el nombre dicho como una súplica, todo se le acomodó de golpe en su sitio frío: para él, eso había sido la primera cláusula de un contrato. Nada más. Ella era la inquilina temporal de una cama que tenía dueña con nombre y apellido. A ella le tocaban las sobras, igual que el caldo "que su novia no quiso", igual que todo.
Se le acabó de enfriar lo poco que la noche le había calentado. Bien. Mejor así. El frío era más seguro que esa ternura prestada que al amanecer le cobraban con una caja de seda ajena. Una mujer que se enamora dos veces del mismo hombre que ya la rompió una vez es una tonta, se dijo. Y ella no podía darse el lujo de ser tonta. Tenía una hija.
—Gracias —dijo, y dejó la caja a un lado sin tocar el camisón, con la voz otra vez plana—. Prefiero mi ropa. Dígale a la señorita Méndez que se quedó sin estrenarlo, qué pena.
Algo cruzó la cara de Maximiliano —¿se había equivocado de caja? ¿no se había fijado?—, pero no alcanzó a decir nada, porque en ese momento una vocecita tocó la puerta y la abrió sin esperar respuesta.
—¿Mami? —Dulce entró en pijama, despeinada, abrazando su alcancía de cochinito—. La señora me dijo que aquí dormías. —Miró a Maximiliano de arriba abajo, evaluándolo como siempre, y después, con toda la solemnidad de sus cinco años, caminó hasta él y le tendió la alcancía con las dos manos—. Tenga, señor Max.
Maximiliano la miró sin entender.
—¿Qué es esto?
—Mis ahorros. —Dulce levantó la barbilla—. Mi mamá dice que cuando alguien te ayuda, hay que pagarle. Usted nos ayudó muchas veces. Y curó mi pierna de mi mamá y va a curar mis oídos. —Sacudió la alcancía, que sonó a moneditas—. Aquí hay treinta y dos pesos. Es todo lo que tengo. Para que estemos a mano y no le debamos nada a nadie.
Se hizo un silencio raro en el cuarto.
Maximiliano se quedó mirando la alcancía de cochinito que la niña le sostenía con los bracitos estirados, los treinta y dos pesos de una niña que quería pagar una deuda de millones para que su mamá no le debiera nada a nadie. Algo le pasó por la cara que Valentina no le había visto nunca, ni de joven: una grieta honda, desarmada, casi de dolor.
Se puso en cuclillas, despacio, para quedar a la altura de la niña.
—Guárdalos —dijo, con una voz rara—. Lo que yo hago por ustedes no se paga con dinero. —Le cerró las manitas alrededor de la alcancía—. Y la próxima vez que quieras pagar algo, mejor cómprate dulces. ¿Estamos?
Dulce lo pensó. Asintió. Y, satisfecha, se trepó a la cama con su mamá como si nada, y le exigió que le contara otra vez el cuento del conejo que no quería dormir.
Maximiliano se quedó un momento de pie, viéndolas. A la mujer despeinada con la niña encima, las dos riéndose de un cuento tonto, en su cama, en su casa. Algo en el centro del pecho se le movió, una cosa cálida y ajena que no supo nombrar y que le dio, absurdamente, ganas de quedarse. De no irse a la oficina. De ser parte de esa risa pequeña en lugar de mirarla desde la puerta como un extraño. Apretó la mandíbula y aplastó el impulso, como aplastaba todo lo que no entendía.
Se incorporó despacio. Carraspeó, recuperó el hielo de la cara, y se acercó al buró del lado de Valentina con cualquier pretexto. Pero ahí, sobre la madera, había quedado la cadena que ella se quitaba para dormir. Y en la cadena, el anillo de plata.
Lo levantó entre dos dedos. La filigrana gastada de Oaxaca. La misma. Después de cinco años, de un matrimonio, de un divorcio, ahí estaba, junto a la cama de ella.
La miró, con el anillo colgándole de los dedos, y todo el hielo del mundo no alcanzó a tapar lo que le tembló en la voz.
—¿Lo guardas todavía?
di la verdad de una y ya....