«—¿De verdad crees que un hombre como yo jugaría con su propio apellido por una simple actuación? Esto dejó de ser un contrato hace mucho tiempo, Dayana.»
Traicionada por su prometido y despojada de su herencia por su propia familia, Dayana Logan pensó que lo había perdido todo en la noche más fría de su vida. Pero el destino le tenía preparada una carta salvaje: Nolan Cross, el "Emperador de Hielo", el CEO más despiadado e implacable del mundo de los negocios, le ofrece un trato que no puede rechazar. Un matrimonio falso de conveniencia mutua.
Para el mundo, ella es la reina protegida por el escudo de acero de la dinastía Cross; para él, solo un peón en su tablero corporativo. Sin embargo, cuando los secretos familiares explotan en la prensa y una mentira desesperada los obliga a anunciar un heredero falso, las líneas del contrato comienzan a borrarse bajo el fuego de una posesividad salvaje y peligrosa.
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Capítulo 4: Boda exprés
La sala contigua al despacho presidencial de Cross Enterprises no se parecía en nada a la fastuosa catedral gótica donde, se supuestamente, Dayana debía estar caminando hacia el altar en menos de una hora. No había flores frescas, ni alfombra carmesí, ni acordes de marcha nupcial resonando en el aire. Era un espacio amplio, revestido de paneles de madera oscura, con una mesa de caoba en el centro y una iluminación impecable que eliminaba cualquier rastro de calidez.
Sentado detrás de la mesa, un hombre de cabello canoso y expresión severa ajustaba sus anteojos. Era un juez del registro civil de la ciudad, un hombre cuya discreción absoluta estaba garantizada por los generosos honorarios que la corporación Cross pagaba por sus servicios exclusivos.
Al entrar, Dayana sintió un ligero mareo. El contraste entre el vestido de novia de seda blanca que había dejado colgado en su armario y el impecable traje sastre gris perla que llevaba puesto se volvió una metáfora perfecta de su nueva realidad. Ya no era la novia enamorada e ingenua; ahora era una socia en un juego de poder de alto riesgo.
—Señor Cross, señorita Dayana —saludó el juez con una inclinación de cabeza formal— Todo está preparado. Dado que ambos han revisado y firmado las capitulaciones matrimoniales previas, procederemos directamente a la ratificación del acta de matrimonio legal.
Nolan no respondió. Se limitó a asentir con la cabeza mientras caminaba hacia la mesa con una elegancia innata, desabotonándose el saco de su traje con un movimiento fluido. Dayana lo siguió, sintiendo la intensa mirada gris del magnate fija en ella de reojo, evaluando si mostraría alguna señal de arrepentimiento de último minuto.
Pero la mente de Dayana estaba inusualmente despejada. Pensó en Richard, en su sonrisa cínica mientras se burlaba de ella en la habitación de huéspedes; pensó en Vanessa, su hermanastra, planeando quedarse con las acciones de su padre y humillarla públicamente. Cada recuerdo actuaba como un anestésico contra el miedo.
—Por favor, coloquen sus firmas aquí —indicó el juez, señalando el documento oficial encuadernado en cuero.
Nolan tomó la pluma primero. Su firma fue rápida, firme y decidida, un trazo que sellaba el destino de millones de dólares en la bolsa de valores y la vida de la mujer a su lado. Luego, le extendió la pluma a Dayana. Al rozar sus dedos, una corriente eléctrica pareció recorrer la piel de ella. Dayana tomó aire, sostuvo la pluma y firmó con una caligrafía clara y elegante.
—Por la autoridad que me confiere la ley, los declaro unidos en matrimonio legítimo —declaró el juez, estampando el sello oficial de la corte con un golpe seco que resonó en la habitación— Pueden proceder al intercambio de anillos.
Sebastián, quien había estado esperando en la penumbra de la sala de manera casi invisible, se acercó de inmediato dando un paso al frente y sosteniendo una pequeña caja de terciopelo negro abierta. Dentro descansaban dos bandas de platino pulido. Eran sencillas, desprovistas de adornos extravagantes, pero de un brillo puro y pesado.
Nolan tomó la banda más pequeña. Con una parsimonia que tensó los nervios de Dayana, tomó la mano derecha de ella. Los dedos de Nolan eran largos, cálidos y firmes. Su tacto no tenía la urgencia de la pasión, sino la seguridad absoluta de un conquistador reclamando su territorio.
—Con este anillo, ante la ley, quedas vinculada a la dinastía Cross —dijo Nolan, su voz barítona vibrando con una seriedad que erizó la piel de Dayana— Mi apellido te protegerá de cualquier enemigo, pero también te exige lealtad absoluta.
Deslizó el metal frío por el dedo de Dayana. El anillo encajó a la perfección, sintiéndose como un ancla pesada, pero extrañamente reconfortante.
Dayana tomó la banda restante, sintiendo el pulso acelerado en sus propias manos. Tomó la mano de Nolan, maravillándose internamente de lo sólida que se sentía.
—Con este anillo —replicó ella, mirándolo directamente a aquellos ojos grises que parecían contener una tormenta invernal— acepto el pacto. Su nombre será mi escudo, y sus enemigos serán los míos.
Al deslizar el anillo en el dedo de Nolan, una imperceptible tensión cruzó la mandíbula del CEO. No hubo beso nupcial, ni aplausos, ni felicitaciones efusivas. El juez se limitó a recoger sus documentos, hacer una última reverencia y salir de la sala escoltado por un guardia de seguridad.
En cuanto la puerta se cerró, la atmósfera formal de la ceremonia se evaporó, dando paso a una fría y eficiente urgencia ejecutiva.
Nolan se giró de inmediato hacia su asistente.
—Sebastián —llamó con voz cortante.
—¿Sí, señor Cross?
—El fotógrafo de la corporación tomó las capturas de la firma desde el ángulo correcto, ¿verdad? —preguntó Nolan, caminando de regreso hacia el despacho principal.
—Sí, señor. Las imágenes muestran claramente las firmas de ambos y el documento legal sellado por el juez de la corte. Son impecables y transmiten la sobriedad y legitimidad que necesitamos.
—Excelente. Envía el comunicado de prensa oficial a todas las agencias de noticias del país de inmediato. Quiero que la noticia esté en la portada de cada portal digital, red social y canal de televisión en los próximos cinco minutos. Asegúrate de que las acciones de la fusión con la empresa de Richard queden congeladas por la junta reguladora antes de que termine la hora.
—Me encargo de ello ahora mismo —respondió Sebastián, tecleando a toda velocidad en su tableta mientras salía apresuradamente de la sala.
Dayana caminó lentamente hacia el gran ventanal del despacho, contemplando la inmensidad de la ciudad a sus pies. Sus dedos acariciaron inconscientemente la banda de platino en su mano. Todo había terminado. Todo estaba comenzando.
Nolan se acercó a ella por detrás, deteniéndose a un par de pasos de distancia. El aroma a madera, tabaco de alta gama y un sutil toque de café inundó el espacio personal de Dayana. El magnate sacó de su bolsillo interior un reloj de bolsillo de oro clásico, observando cómo las manecillas avanzaban con una precisión implacable.
El reloj marcaba exactamente las 9:50 de la mañana.
Faltaban apenas diez minutos para las diez. Diez minutos para que Richard, vestido con su traje de diseñador, entrara con paso arrogante a la catedral, del brazo de Vanessa, esperando consolidar su gran victoria y celebrar la supuesta desaparición o humillación de la "aburrida" Dayana.
Nolan guardó el reloj en su chaleco, y por primera vez en toda la mañana, una sonrisa fría, calculadora y cargada de una oscura anticipación cruzó sus labios perfectos. Miró de reojo a Dayana, viendo el fuego reflejado en sus ojos.
—Diez minutos, señora Cross —susurró Nolan, su tono destilando una promesa de destrucción inminente— Los teléfonos en esa iglesia están a punto de estallar. Que empiece el espectáculo.
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