Renata Sinclair lleva años casada con un hombre que la mira como si fuera un mueble más de su casa. Sin caricias, sin besos, sin palabras dulces… ni siquiera de noche comparten la cama. El rechazo constante ha despertado en ella un fuego que no logra apagar: su cuerpo pide lo que su alma anhela, y la ausencia de afecto se transformó en un deseo incontrolable que la avergüenza y la consume. Desesperada por salvar su matrimonio y sanar esa parte rota de sí misma, acude a una consulta médica privada. Allí conoce al doctor Gabriel Sterling: hombre alto, imponente, mirada de acero y voz que la eriza con cada sílaba. Es autoritario, directo, exigente… y despierta en ella algo que ni su propio cuerpo logra entender. Cuando Renata se atreve a acercarse a su esposo una última vez, buscando recuperar lo que perdieron, recibe la humillación más cruel de su vida. Destrozada, volverá a los brazos —y a la cama— del doctor, sin imaginar que él oculta un secreto: detrás de esa bata blanca.
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Capítulo 9: Entre dos Mundos
El salón seguía lleno de música y risas, de luces y brindis, pero para Renata todo se había vuelto silencio alrededor de él. Gabriel caminaba entre la gente como un rey entre sus súbditos: todos se apartaban, todos asentían, todos lo miraban con esa mezcla de admiración y temor que solo inspira quien tiene el poder absoluto. Y ella lo conocía. Conocía el sabor de sus besos, la calidez de su abrazo al despertar, la forma en que gemía su nombre perdido entre las sábanas. Nadie en esa sala imaginaba que ese hombre impasible era el mismo que la sostenía entre sus brazos hasta que el sol salía.
—¿Renata? ¿Me escuchas? —la voz de Andrés la sacó de golpe de sus pensamientos—. Te pregunté si quieres algo de beber. Estás pálida.
—Agua, por favor —respondió ella con voz firme, sorprendiéndose de sí misma—. Solo agua.
Él asintió y se alejó hacia la barra, dejándola un momento sola. Fue el instante que Gabriel aprovechó. Sin prisa, sin llamar la atención, se acercó a una columna cercana donde ella se había refugiado, de espaldas al salón, ocultos ambos por las sombras. No la tocó, ni siquiera se giró por completo hacia ella, pero su voz baja y profunda llegó directo a su oído como una caricia invisible.
—No te quedes mucho tiempo con él —susurró, tan cerca que sintió el aliento caliente en su cuello—. Se me agota la paciencia viéndote de su mano.
Renata apretó el borde de su copa hasta que los nudos se le pusieron blancos, mirando al frente como si conversara de cualquier cosa.
—¿Podría habérmelo dicho antes? —respondió ella casi sin mover los labios—. ¿Quién eres en verdad, Gabriel? ¿Doctor o magnate? ¿Cuántas vidas vives?
—Las necesarias para llegar a ti —respondió él, con una nota de amargura en la voz—. La bata blanca era mi refugio. Un lugar donde ser simplemente yo, sin apellidos ni negocios ni expectativas. Hasta que entraste tú. Desde entonces ya no hay refugio que valga. Solo el deseo de tenerte.
Ella cerró los ojos un instante, con el corazón desbocado.
—¿Y ahora? ¿Ahora qué? ¿Me miras desde lejos y te escondes?
Gabriel giró apenas la cabeza, y ella sintió el peso de su mirada oscura sobre su perfil.
—Ahora esperas a que se acabe esta farsa. Y luego… —se detuvo un instante, como saboreando la palabra— luego serás mía en mi mundo. Pero te aviso: no es suave. No es sencillo. Mi vida es un campo de batalla y quien esté a mi lado debe saber luchar. ¿Sigues dispuesta? ¿Aun sabiendo quién soy?
Renata abrió los ojos y lo miró de frente, desafiante y decidida.
—Tú me pediste que te eligiera a ti. Lo hice. Con bata blanca o con imperio a tus pies, te elijo igual.
Gabriel contuvo el aire un instante, como si esas palabras le hubieran dado en el blanco más profundo. Cuando habló de nuevo, su voz era un susurro ronco y tembloroso.
—Vete temprano. Pon una excusa cualquiera. Ve al piso 22. Te esperaré. No importa la hora. Te esperaré aunque salga el sol.
En ese momento Andrés regresó con su copa. Gabriel se apartó al instante, con un leve asentimiento hacia ellos, y se perdió entre la multitud como una sombra. Andrés le entregó el vaso sin notar nada.
—Se le ve ocupado, el señor Sterling. Rara vez se detiene con alguien. ¿Qué te decía?
Renata bebió un sorbo de agua, sintiendo cómo la calma volvía a ella con cada palabra dicha.
—Me preguntó si nos conocíamos de algún lugar. Dijo que mi rostro le era familiar.
Andrés soltó una risa nerviosa.
—Seguramente le pasas a muchas personas. Tienes un rostro agradable, supongo. Pero no te hagas ilusiones. Ese hombre está por encima de todos nosotros. No se mezcla.
Renata sonrió, esa sonrisa que él no entendía, esa que guardaba secretos propios.
—No te preocupes. Sé bien dónde estoy.
El resto de la velada se le hizo eterna. Cada minuto era un suplicio: cada conversación interminable, cada brindis vacío, cada sonrisa fingida. Pero en cada instante llevaba su secreto en el pecho, ardiendo con fuerza, empujándola hacia adelante. Cuando el reloj marcó las once y media, apoyó una mano en la frente y suspiró con delicadeza.
—Andrés, me duele mucho la cabeza. ¿Podemos irnos a casa?
Él frunció el ceño, molesto por tener que retirarse temprano, pero asintió. El trayecto fue silencioso. Al llegar a la casa, él se quedó en el coche un momento atendiendo una llamada, y Renata aprovechó para entrar, dejar su bolso en la entrada, tomar su abrigo y salir de nuevo sin hacer ruido. Tomó un taxi y dio la dirección con el corazón latiéndole en la garganta.
Subió al ascensor con las piernas temblando, no de miedo, sino de impaciencia. La puerta se abrió y él estaba allí, en el umbral, esperándola con esa mirada que lo decía todo. No hubo palabras. Gabriel la atrajo hacia sí de inmediato, la estrechó contra su pecho con desesperación, y sus labios se encontraron con la urgencia de quienes llevan toda una eternidad separados por un techo de mentiras.
—Bienvenida a mi mundo —murmuró contra su boca, cerrando la puerta de un empujón—. Ahora empieza lo de verdad.