Renata Linares pasó tres años en prisión por un crimen que jamás cometió. Maximiliano Bracamonte, el hombre al que amaba, creyó las mentiras de Bianca Sáenz, le destrozó la muñeca, la llamó asesina y la entregó a la policía por un supuesto aborto que nunca existió.
Cuando Renata recupera la libertad, ya no es la joven dispuesta a soportarlo todo por amor. Su abuelo le dejó el control de Grupo Linares y una oportunidad para recuperar el apellido, la fortuna y la dignidad que le arrebataron.
Mientras Renata reconstruye su imperio y reúne las pruebas para limpiar su nombre, las mentiras de Bianca empiezan a derrumbarse. El embarazo fue una farsa. El accidente que unió a Maximiliano con ella también. Incluso la mujer que le salvó la vida años atrás no fue Bianca, sino Renata.
Cuando Maximiliano descubre la verdad, ya es demasiado tarde. La mujer que destruyó por confiar en la persona equivocada ya no lo necesita.
Ahora él está dispuesto a enfrentarse a su familia, renunciar a su poder y arriesgar la vida para recuperarla. Pero Renata no salió de prisión para volver a ser la mujer que lo perdonaba todo.
Esta vez, Maximiliano tendrá que demostrar que su arrepentimiento vale más que sus palabras.
Y Bianca todavía guarda una última mentira capaz de acabar con ambos.
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Capítulo 23
Capítulo 23: El médico incómodo
Días después de mi encuentro con Bianca en el club, Max hizo algo que yo no presencié. Até cabos más tarde, cuando él mismo terminó por admitirlo y ya no tenía sentido esconderlo.
Max llevaba semanas notando algo raro en Bianca. Bebía copas de vino que antes rechazaba, alegando alguna dieta estrictísima. Comía postres que antes ni siquiera probaba, dejando el plato limpio con un apetito que no le conocía. Nada de eso encajaba con los años de excusas médicas, de citas canceladas, de "no puedo, tengo que cuidarme" que ella misma había repetido tantas veces.
Sin decirle nada a nadie, buscó a su amigo de la infancia.
—Necesito que revises algo por mí —le dijo a Bruno Aguilar, en el consultorio, con la puerta cerrada—. El historial médico de Bianca. Discretamente.
Bruno dejó el expediente que tenía en las manos y lo miró un momento largo antes de contestar.
—Max, sabes que eso no es tan simple. Hay un límite ético que no puedo cruzar solo porque tú traigas una corazonada.
—No te pido que cruces nada. Te pido que me digas si algo, lo que sea, no cuadra con lo que ella ha dicho todos estos años.
—¿Por qué ahora? Llevas casi un año comprometido con ella sin hacer esta pregunta.
—Porque antes no me daba cuenta de las cosas que no cuadraban, Bruno. Ahora sí.
Bruno tardó unos días en contestarle. Cuando lo hizo, escogió cada palabra con el cuidado de quien camina sobre hielo delgado.
—Físicamente, ella no tiene ningún problema actual que le impida hacer una vida normal —dijo, sin dar más detalles—. Eso es todo lo que puedo decirte sin faltar a mi ética, Max. Ya te dije más de lo que debería.
—¿Y las cirugías? ¿Los tratamientos que dice que sigue?
—No voy a contestar eso, Max. Ni siquiera a ti.
—Bruno.
—Habla con ella. Directamente. Es lo único que te puedo aconsejar como amigo, no como médico.
Max se pasó la mano por la cara, cansado, y por un segundo Bruno creyó ver en él algo que no le había visto en años: duda genuina, no la seguridad fría de siempre.
Max se quedó con esa frase dándole vueltas en la cabeza durante días. No cuadraba con años de excusas, de citas médicas misteriosas, de una fragilidad que Bianca exhibía como una medalla cada vez que le convenía. Algo se removió en él, algo que todavía no tenía nombre ni forma, pero que ya no lo dejaba pensar en Bianca con la misma certeza de siempre.
—————
Esa misma semana, un chequeo de rutina para la muñeca —el especialista insistía en revisarla cada seis meses, aunque el daño ya fuera irreversible— me llevó, por pura casualidad, al mismo hospital donde Bruno trabajaba. Nos conocíamos de antes, de las pocas veces que había acompañado a Max a alguna comida familiar, años atrás, cuando todavía nadie hablaba de bodas ni de traiciones.
—Renata Linares —dijo, sorprendido, al verme salir del consultorio—. Cuánto tiempo.
—Doctor Aguilar. Qué gusto.
—Bruno, nada más. Los formalismos me hacen sentir viejo.
Bajó la vista, sin disimular del todo, hacia el cabestrillo ligero que todavía llevaba después de la revisión.
—¿Todo bien con eso?
—Lo de siempre. No mejora, no empeora. Ya me acostumbré.
Platicamos unos minutos, de nada en particular, hasta que algo en mi cara, alguna determinación que no logré esconder del todo, lo hizo detenerse.
—Si alguna vez necesitas ayuda, de la que sea, cuenta conmigo —dijo, con una sinceridad que no esperaba de un desconocido casi total—. No sé en qué estás metida, pero se te nota que estás peleando algo grande.
—Gracias, Bruno. Lo voy a tener presente.
—En serio, Renata. Conozco bien a Max, y sé reconocer cuando alguien trae encima una guerra que no ha terminado.
Le extendí la mano izquierda para despedirme, con cuidado de no ofrecerle la otra, y él la sostuvo un segundo de más, con el cuidado profesional de quien sabe exactamente qué tan frágil sigue siendo esa articulación aunque nadie se lo haya explicado del todo.
—Cuídate esa muñeca, Renata. Y cuídate tú, también, de lo que sea que estás peleando, porque se te nota en la cara que no piensas parar.
No sabía todavía cuánta razón tenía, ni que ese ofrecimiento, hecho casi al aire en un pasillo de hospital, terminaría siendo una de las alianzas más importantes de toda esta guerra.
Salí del hospital pensando en la advertencia de Bruno: mi guerra no había terminado. Tenía razón, aunque él todavía no supiera exactamente cuál. Guardé su número en el celular, entre Ortega y Julián, sin saber que meses después iba a marcarlo con una urgencia muy distinta a la de ese día.