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Adicto a ti, Dulce

Adicto a ti, Dulce

Status: Terminada
Genre:Escuela / Romance / Amor platónico / Romance con atletas / Capitán deportivo / Colegial dulce amor / Pareja destinada / Atracción entre enemigos / Completas
Popularitas:187
Nilai: 5
nombre de autor: Bella

Dulce Serrano fue a una convivencia universitaria para hacerles un favor a sus amigas. Terminó contra una pared, besada por Emiliano Montero, el número nueve del equipo de básquet y el hombre al que medio campus quiere llevarse a la cama.
Él solo había salido del salón para librarse de las chicas que lo perseguían. Entonces Dulce tropezó frente a él y Emiliano reconoció la voz de la desconocida que llevaba cuatro días buscando. La sostuvo, ella le exigió que la soltara… y él perdió el control.
Dulce debería odiarlo. Emiliano es enorme, arrogante y peligrosamente intenso: justo lo contrario de los hombres tranquilos que siempre le han gustado. Pero el chico que con todos es hielo la cubre con su chamarra bajo la tormenta, vela su sueño por teléfono y aparece cada vez que ella tiene miedo.
Y Dulce lleva demasiado tiempo viviendo con miedo.
Uriel, un excompañero obsesionado que se hace pasar por su novio, ha vuelto a encontrarla. Cuando sus mentiras convierten a Dulce en el blanco de todo el campus, Emiliano le propone un trato: fingir que están juntos para dejar claro que ella nunca le perteneció a Uriel. Él pondrá el cuerpo, el nombre y hasta su carrera deportiva en juego. Ella no le deberá nada.
El problema es que Emiliano no sabe fingir cuando se trata de Dulce.
Entre rumores que se vuelven virales, una madre dispuesta a separarlos y una atracción que termina ardiendo detrás de cada puerta cerrada, el acuerdo empieza a parecerse demasiado a una relación de verdad. Uriel quiere poseerla. Emiliano quiere protegerla. Pero Dulce se cansó de que otros decidan por ella: esta vez va a defender su nombre, su deseo y su derecho a elegir… antes de que los celos, el escándalo y el deseo los consuman a todos.
Porque el número nueve nunca falla un tiro. Pero con Dulce ya perdió la cabeza, la defensa y el corazón.

NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 22

Cap 22: Es mi novia

Afuera de la fiscalía, ya lejos del agente de la puerta, Uriel sacó un cigarro y lo prendió con calma, protegiendo la llama del viento con las dos manos. Le dio una calada larga y soltó el humo hacia Emiliano.

—¿Sabes qué es lo bonito de esto? —dijo, casi con ternura—. Que a mí me creen. Cara de bueno, oficial. A ti te ven y ven un problema; a mí me ven y ven un pobre muchacho. —Otra calada—. Métete otra vez y te lo digo claro, galán: la próxima no va a ser solo un brazo. Y si de plano no entiendes por las buenas… —Sonrió, y la sonrisa fue lo peor—. Pues siempre está ella. Dulce es delicadita. Se rompe fácil.

Algo se le reventó a Emiliano por dentro.

Con el brazo bueno lo agarró de la sudadera y lo levantó del piso, de un tirón, hasta dejarlo de puntas contra la pared, y el cigarro se le cayó a Uriel de los dedos y se apagó en el charco. Emiliano lo tenía ahí, colgando, con toda la fuerza acumulada de la rabia lista para bajarle el puño en la cara.

Uriel no se defendió. Al contrario. Se quedó colgando, tranquilo, con las puntas de los pies apenas rozando el piso, y sonrió con los dientes de abajo.

—Pégame. Ándale. Con el oficial ahí adentro. Pégame y mira qué rápido se voltea todo. Mira qué rápido el del brazo roto se vuelve el agresor y yo la víctima. —Le brillaron los lentes—. Yo tengo cara de bueno, ¿ya viste? A mí me creen. Tú tienes cara de rico enojado. A ti te encierran. Anda. Un golpe. Uno solo. Te estoy esperando, galán.

Emiliano lo sostuvo un segundo más. Dos. El puño le temblaba.

Y lo soltó.

Lo soltó porque entendió, con un asco frío, que eso era exactamente lo que Uriel quería: una foto de Emiliano golpeándolo, una denuncia volteada, y él, Emiliano, en una celda, y Dulce sola. Lo dejó caer contra la pared, dio un paso atrás, y con la voz ronca, midiéndose cada palabra, le dijo:

—Dulce es mi novia. Mía. Y a mi novia no la tocas ni en tus sueños de loco, porque el día que le pongas un dedo encima yo ya no voy a tener nada que perder, y ahí sí, Uriel, ni el oficial te salva. —Se dio la media vuelta—. Guárdate el cigarro. Apesta, como tú.

Y se fue, con el brazo colgando, sin voltear, dejando a Uriel tirado contra la pared, respirando su propia rabia bajo la lluvia que empezaba otra vez.

Toño lo alcanzó a media explanada, con un compañero del equipo que había manejado hasta San Bernabé.

—Chale, Emi. —Toño lo agarró del hombro sano, viéndole el brazo, la ropa, la cara—. Mírate. ¿Y el enano ese dónde está? Déjame nada más ir a…

—No. —Emiliano lo frenó—. No te le acercas. Es lo que quiere. Que le peguemos para voltearlo. Súbeme al coche y llévame a un hospital. Y ya te dije: a Dulce, nada.

—Pero Emi, se va a enterar tarde o temprano…

—Tarde. Que sea tarde. —Emiliano se metió al coche y cerró los ojos—. Déjame pensar cómo se lo digo sin que se sienta culpable, porque se va a sentir culpable, y no es su culpa. Maneja.

*

En urgencias, ya de madrugada, la doctora le puso la placa contra la luz y frunció la boca.

—Fisura. Aquí, ¿ve? En el antebrazo. No es fractura completa, tuvo suerte, pero es fisura y de las que hay que respetar. —Lo miró por encima de los lentes—. Reposo. Yeso unas semanas y nada de cargar, nada de golpes, nada de deporte de contacto. Unos tres meses para que suelde bien y no le quede floja. Y luego rehabilitación, con calma. ¿A qué se dedica usted?

—Juego básquet. —Emiliano tragó—. Soy base titular del equipo de la universidad.

La doctora hizo una mueca de "ay".

—Pues por tres meses, nada de básquet. Ni pensarlo. Un golpe ahí ahora y la fisura se vuelve fractura, y una fractura mal soldada se vuelve un brazo que ya no le sirve igual para lo suyo. ¿Me entiende? No es negociable.

—Tres meses —repitió Emiliano, como si repetirlo lo hiciera más chico.

—Tres meses. Y agradezca que no fueron los dos huesos, ni la cabeza. Con la caída que describe, joven, se pudo haber quedado ahí.

Emiliano se quedó viendo la placa. Tres meses. La cuenta se le hizo sola en la cabeza, fría, exacta, como un marcador que ya no se puede remontar: la LNUB empezaba en dos semanas. El partido de local. La temporada por la que había entrenado todo el año. Él era el base titular, el número nueve, el que armaba el juego. Tres meses de yeso lo dejaban fuera. Fuera del torneo completo. Fuera de todo.

No dijo nada. Dejó que le pusieran el yeso —la escayola fría endureciéndose alrededor del antebrazo, atándolo a tres meses de banca— y firmó los papeles con la mano izquierda torpe, con una letra de niño de primaria que no reconoció como suya.

—¿Te llevo con tu mamá? —le preguntó Toño en la sala de espera—. ¿Le hablo?

—No. —Su mamá. Renata. Emiliano casi se rió—. Menos a ella. Si mi mamá se entera de que me rompí el brazo por una muchacha, va a querer saber quién es la muchacha, y ese es un problema para otro día. Llévame a mi depa.

Salió al amanecer con el brazo colgado del cabestrillo y el celular reventándose de mensajes de Toño de la noche anterior —"¿ESTÁS BIEN?", "CONTÉSTAME", "YA VOY PARA ALLÁ"— y uno, más abajo, de Dulce: "¿ya arreglaste tu cosa? Buenas noches, Emi 🌙."

Emiliano se quedó viendo esa lunita mucho rato, en el asiento del coche, con el amanecer entrando gris por la ventana. Buenas noches, Emi. Como si el mundo fuera un lugar tranquilo. Como si él no viniera de un hoyo con piedras en el fondo.

No le contestó. No supo cómo.

*

Al día siguiente, en el gimnasio universitario, la noticia cayó como bomba.

—¡¿QUE QUÉ?! —El grito del profe Requena rebotó en la duela y todo el equipo se quedó tieso a media cancha—. ¿Que mi base titular se rompió el brazo… fuera de la cancha? ¿En una obra abandonada? ¿A dos semanas de la liga? —Se agarró la cabeza con las dos manos—. ¡Doble entrenamiento! ¡Todos! ¡Si el nueve no se cuidó, ustedes se cuidan por él! ¡Ándenle, a correr!

Los muchachos salieron corriendo sin chistar —y lo miraron feo al pasar, porque el doble entrenamiento era por él, por el nueve que no se cuidó—, y Requena agarró a Emiliano del hombro sano y se lo llevó al vestidor de un jalón, cerrando la puerta.

Ahí, a solas, se le fue el enojo de golpe y le quedó nada más lo otro, lo que dolía más que el grito: la decepción.

—A ver. —Requena se sentó en la banca y se talló la mandíbula—. De hombre a hombre. ¿En qué te metiste?

—Es un asunto mío, profe.

—Un asunto tuyo que te dejó fuera de la liga por la que llevas un año dejándote el cuero en esta duela. —Lo miró—. Te vi llegar de novato flaco que no metía ni un tiro libre. Te vi volverte el mejor que ha pasado por aquí. Y me duele, muchacho. Me duele en serio verte con ese yeso justo ahora. —Se levantó, y ya en tono de entrenador otra vez—: Ni modo. Lo hecho, hecho. Dos días descansas ese brazo, sin mover nada. Después te quiero aquí igual: trabajo de piernas, core, resistencia, todo lo que no sea el brazo. La liga la vas a ver desde la banca, pero cuando eso suelde vas a volver más fuerte que nunca, ¿me oíste? Más fuerte. Te voy a armar la rehabilitación paso por paso y no te voy a soltar.

Emiliano asintió, con la garganta cerrada, mirando el yeso.

—Sí, profe.

—Y otra cosa. —Requena se detuvo con la mano en la puerta—. La liga la juegas desde la banca, uniformado, ahí sentado con nosotros. No te me escondes en tu casa a lamerte la herida, ¿eh? El equipo te va a ver ahí, apoyando. Un titular lesionado que se aparece es un líder. Un titular lesionado que desaparece es un desertor. Tú decides cuál quieres ser.

—Ahí voy a estar, profe.

—Eso. —Requena asintió, y ya suavecito, casi de papá—: Sea quien sea el que te hizo esto… espero que valiera la pena.

Emiliano se quedó solo en el vestidor, con el eco de la pelota rebotando afuera, en el torneo que ya no iba a jugar. Afuera, el ritmo de sus compañeros corriendo el castigo. El chirrido de los tenis en la duela. Los silbatazos. Toda una temporada pasando del otro lado de esa puerta sin él.

Toño se asomó a los pocos minutos, sudando, con cara de perro regañado.

—Ya nos puso a correr como caballos, gracias a ti. —Se sentó a su lado en la banca—. ¿Estás bien, carnal? Digo, de verdad.

—Voy a estar. —Emiliano no levantó la vista del yeso.

—Oye. —Toño bajó la voz—. Lo del enano ese. Yo te ayudo a agarrarlo. Tú dime. Cámaras, testigos, lo que sea. No lo dejamos así.

—No lo vamos a dejar así. —Emiliano por fin lo miró—. Pero con cabeza. A ese cuate no lo tumbas a los golpes, Toño. Lo tumbas con pruebas. Y las voy a juntar aunque me tarde un año.

Se miró el brazo enyesado otra vez. Pensó en Dulce bajo el toldo, corriendo hacia su pecho de puro instinto, gustosa, de piel. Pensó en la sonrisa de Uriel diciendo "se rompe fácil".

Y supo, sin ninguna duda, cuál era la respuesta a la pregunta del profe.

Sí. Valió la pena. Cada centímetro de ese yeso valió la pena.

Lo que no sabía todavía era cómo se lo iba a contar a ella.

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