Esta historia comienza con una joven estudiante de colegio que jamás imaginó que conocer a un doctor cambiaría su vida para siempre. Entre ellos nace un sentimiento profundo que, poco a poco, se convierte en un amor prohibido, lleno de obstáculos, secretos y decisiones difíciles. Sin embargo, ambos están dispuestos a luchar por aquello que sienten. Cuando la chica atraviesa el momento más doloroso de su vida, su mundo se derrumba: su querida abuelita, la única persona que la crió y estuvo a su lado, fallece después de enfrentar una grave enfermedad. El doctor no pudo salvarla, pero decidió quedarse para acompañarla y apoyarla.
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Capítulo 6: No dejaba de pensar en ella
Había pasado un mes desde aquella noche en la discoteca y, aunque mi vida había vuelto a la normalidad, había algo que no lograba sacarme de la cabeza: Valeska.
Yo seguía con mi rutina de siempre. Me levantaba temprano, iba al hospital, atendía pacientes, revisaba historias clínicas y cumplía con mi trabajo como cualquier otro día. Pero, apenas tenía un momento libre, mi mente se me iba para otro lado.
—¿Y esta pelada por qué se me metió tanto en la cabeza? —me preguntaba.
La verdad, ni yo mismo sabía qué me estaba pasando.
Tal vez era pena. Tal vez curiosidad. O de pronto simplemente me había llamado la atención más de la cuenta.
Lo cierto era que no dejaba de pensar en aquella muchacha.
Ese día, por fin, tenía libre. No tenía que ir al hospital ni madrugar. Me quedé en mi habitación, acostado, mirando el techo mientras escuchaba música.
Mi celular estaba sobre la mesa de noche.
Lo cogí y empecé a revisar las conversaciones de WhatsApp. Entre tantos contactos apareció su nombre.
Valeska Montoya.
Me quedé mirando la pantalla unos segundos.
—No jodás, Xavier —murmuré—. ¿Otra vez pensando en ella?
Abrí su conversación.
No habíamos hablado demasiado durante ese mes. Aun así, tenía guardado su número desde aquella noche.
Entré a su perfil y apareció su foto.
Me quedé completamente quieto.
En la fotografía, Valeska llevaba puesto su uniforme del colegio. Se veía diferente a como la había visto trabajando en la discoteca. Allí estaba con su uniforme, su cabello arreglado y una expresión tranquila.
Me quedé mirando la foto durante unos segundos.
—Ah, pues… —dije bajito—. Conque así se ve cuando va al colegio.
Me causó curiosidad verla de aquella manera porque yo la había conocido trabajando por las noches, atendiendo mesas y tratando de salir adelante. Ahora entendía un poco más que detrás de aquella muchacha había una estudiante que tenía sus propias responsabilidades.
Pensé en lo que me había contado aquella noche.
Su abuelita.
Su situación en la casa.
Todo eso me había quedado dando vueltas.
No parecía una muchacha que estuviera buscando una vida fácil. Al contrario, tenía que estudiar y trabajar para ayudar en su hogar.
Cerré WhatsApp, pero unos minutos después volví a abrirlo.
—¿Y ahora qué? —me pregunté.
Entré nuevamente a su perfil.
Ahí seguía la misma foto.
Solté una pequeña risa.
—Definitivamente estoy como raro.
Mi celular vibró porque había recibido un mensaje de mi compañero Marcos.
Marcos: “Parce, ¿qué hace?”
Le respondí:
Yo: “Aquí en la casa, descansando.”
Marcos: “¿Y qué? ¿No va a salir?”
Yo: “Hoy no, parce. Estoy tranquilo.”
Guardé el celular y volví a quedarme pensando.
Por primera vez me pregunté si realmente quería volver a hablar con Valeska.
No sabía si ella se acordaba de mí de la misma manera que yo me acordaba de ella.
También sabía que su vida era complicada y que tenía muchas cosas en las que pensar. No quería aparecer de repente a incomodarla.
Pero tenía curiosidad.
Quería saber cómo estaba su abuelita.
Quería saber si seguía estudiando.
Quería saber si continuaba vendiendo arepitas por las tardes.
Y, aunque me daba pena admitirlo, también quería saber más de ella.
Miré nuevamente la pantalla.
Su foto de perfil seguía ahí, con aquel uniforme del colegio.
—Será que le escribo… —pensé.
Escribí:
“Hola, Valeska. ¿Cómo estás?”
Me quedé mirando el mensaje.
No lo envié.
Lo borré.
Después volví a escribir:
“Hola, ¿cómo te ha ido?”
Otra vez lo borré.
—¡Qué bobada! —dije riéndome de mí mismo—. Si soy capaz de enfrentar una cirugía complicada, ¿cómo voy a estar asustado por mandar un mensaje?
Pero al final tampoco lo envié.
Dejé el celular sobre la cama y respiré profundamente.
Quizás necesitaba pensarlo mejor.
Porque aquello que sentía todavía no sabía cómo llamarlo.
¿Era pena?
¿Era curiosidad?
¿Era interés?
¿O simplemente aquella muchacha había conseguido quedarse en mis pensamientos sin que yo pudiera evitarlo?
No tenía la respuesta.
Lo único que sabía era que, después de un mes, seguía pensando en Valeska Montoya.
Y eso, definitivamente, no era normal en mí.