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Embarazada De Un CEO Frio, Posesivo Y Controlador.

Embarazada De Un CEO Frio, Posesivo Y Controlador.

Status: En proceso
Genre:Mafia / Embarazo no planeado / Mujer poderosa
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy

Es la 2da parte de la obra" No soy la debilidad de nadie", pero ahora la trama, es el embarazo de Valentina socia y amiga de las gemelas Laura y Lorena Lombardi. En la noche después de la fiesta de la empresa "Angora VS Asociadas", fundadas por las Lombardis y sus amigos Jon Jairon, Karla y Valentina en Moscú, recibio un premio internacional. Al finalizar la fiesta donde Alexander CEO y hermano mayor de las gemelas Lombardi encargado de la seguridad, es provocado por Valentina una mujer ardiente y sin filtros, y tiene un encuentro sexual apasionado, caliente y sin compromiso, donde ambos ponen sus límites. Solo que por el alcohol, la premura y el momento no fueron precavidos lo suficiente y la consecuencia es un Embarazo. Que pasará ahora...

NovelToon tiene autorización de Elsa Manuel Luis Seudónimo Sissy para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Ivan el desecho de una dinastia.

Ivan el desecho de una dinastia.

El entorno se sumió en un silencio absoluto, roto únicamente por el zumbido de los ventiladores del portátil de Alexander. Sobre la mesa, la tableta actuaba como un terminal secundario, proyectando mapas de calor de la actividad portuaria en Moscú, mientras que la pantalla principal del ordenador era un mosaico de ventanas de código y feeds de video en directo. Con una sincronización milimétrica, Alexander ejecutó un script de inyección SQL contra el obsoleto sistema de gestión de tráfico del puerto, explotando una vulnerabilidad zero-day que había guardado como un comodín durante meses. Los firewalls cayeron como castillos de naipes. Sus dedos volaban sobre el teclado, sorteando los protocolos de autenticación dual mediante un ataque de "token spoofing" que clonaba las credenciales del supervisor de turno.

En la tableta, comenzaron a desfilar los metadatos de los vehículos de carga; filtró por peso, hora y destino declarado hasta aislar el camión de matrícula borrosa que buscaba. La interfaz de las cámaras de vigilancia se tiñó de verde, y Alexander pudo rebobinar la cinta digital hasta las 3:17 de la madrugada, justo cuando el enorme tráiler se deslizaba sigilosamente por el muelle número siete, sorteando los controles con una autorización que parecía legítima pero que, al escarbar en las capas de la red, revelaba una firma digital k0⁰00b corrupta. Siguió su rastro a través de los semáforos inteligentes de la ciudad y los peajes de la autovía M-9, elaborando un rastro de datos que se extendía hacia alas afueras. Sin embargo, la concentración de Alexander fue brutalmente interrumpida cuando la voz de Dimitri retumbó en la sala de operaciones, no a través de los altavoces, sino como un trueno físico que pareció hacer vibrar el cristal de las pantallas. Era un rugido gutural y profundo que prometía un castigo bíblico.

Dimitri no pedía explicaciones; exigía cabezas. Exigía que los topos que habían filtrado la ruta de aquella mercancía fueran desenmascarados antes del amanecer, y su amenaza, cargada de una furia ancestral, hizo que hasta los monitores parpadearan por un instante, mientras Alexander, tragando saliva, se aferraba a su conexión satelital para no perder el rastro digital del camión.

Finalmente, tras cruzar los datos de geolocalización con imágenes satelitales de baja altitud, Alexander dio con el paradero exacto. El camión no había llegado a un puerto alternativo ni a una base militar, sino a un complejo industrial abandonado en la región de Zelenograd, oculto entre la espesura de un bosque de abedules. Las cámaras térmicas mostraban un movimiento inusualmente organizado alrededor de un hangar de hormigón reforzado; la mercancía, compuesta por cajas de munición de alto calibre y paquetes de polvo blanco sellados al vacío, estaba siendo descargada por un equipo de una decena de hombres armados con fusiles de asalto.

Dimitri observó las imágenes con la mirada fría y calculadora de un depredador. Sin mediar palabra, desplegó un plano digital del recinto sobre la mesa y comenzó a trazar líneas rojas con el dedo, marcando los puntos ciegos de las garitas de seguridad y el único acceso subterráneo a través de un viejo conducto de alcantarillado. El plan de neutralización era quirúrgico: un equipo de asalto dividido en dos escuadras; la Alfa entraría por el tejado con granadas aturdidoras para eliminar las ametralladoras pesadas, mientras que la Beta se infiltraría por el sótano para cortar la energía y la línea de retirada. Pero Dimitri fue categórico en un punto crucial: no quería un muerto masivo; necesitaba información viva. Señaló a dos objetivos específicos en las imágenes, un hombre con un tatuaje de un escorpión en el cuello, quien parecía coordinar la logística, y un flaco de lentes que revisaba los listines de carga y ordenó que fueran capturados ilesos a toda costa.

La operación se ejecutó con una sincronización perfecta. En menos de siete minutos, el hangar se convirtió en un infierno de fuego cruzado controlado, con los mercenarios cayendo bajo el fuego supresor mientras el escorpión y el flaco eran arrastrados por la fuerza a una furgoneta blindada. La mercancía fue asegurada y precintada, pero el verdadero botín eran aquellos dos rehenes, que ahora temblaban esposados en el asiento trasero, con los ojos vendados y el alma encogida, mientras Dimitri los observaba desde el asiento del copiloto, afilando mentalmente sus herramientas de persuasión para el interrogatorio que estaba a punto de llegar.

El sótano del nuevo escondite apestaba a humedad y metal oxidado. Los dos hombres, ya despojados de sus chalecos tácticos, estaban atados a sendas sillas de hierro, con los dedos fracturados uno a uno para que el dolor agudo les nublara cualquier atisbo de lealtad. Dimitri no empleaba métodos sofisticados; usaba la electricidad de manera intermitente y el filo de un cuchillo de caza para extraer la información como quien desollaría a un ciervo. El primero, el flaco de lentes, apenas resistió diez minutos antes de balbucear nombres, direcciones y los códigos de acceso a las bodegas ocultas. Pero fue el segundo, el tatuado, quien, tras perder dos uñas bajo la presión de unas tenazas, soltó la bomba que Dimitri esperaba y temía a partes iguales. Entre espasmos y sangre, el hombre confesó quién estaba realmente detrás de la filtración de la ruta y del desvío de las armas. El nombre resonó en la estancia como una maldición: Ivan Rostov. Dimitri palideció, no por miedo, sino por una epifanía visceral y asquerosa. Ivan era el hijo bastardo de un hermano menor de su propio abuelo, un hombre que había vivido en la sombra de la familia durante décadas, un rostro borroso en las viejas fotografías familiares que siempre se omitía en las cenas de Navidad.

La razón de su ostracismo era un secreto a voces: su madre había sido una prostituta de los muelles de San Petersburgo, una mujer de la que el orgulloso patriarca se había avergonzado tanto que prefirió desheredar al hijo antes que manchar el árbol genealógico con su origen. Ahora, ese desecho de la dinastía, alimentado por años de rencor y hambre de reconocimiento, había orquestado todo el golpe desde la distancia, no solo para robarle a Dimitri su mercancía, sino para destruir su imperio desde los cimientos, demostrando que la sangre "pura" de Dimitri no era más que barro.

Dimitri apretó el puño sobre la mesa de metal, sintiendo el peso de la historia familiar en sus hombros. La traición no venía de un rival externo, sino de un fantasma del pasado, un pariente de sangre con quien compartía el mismo odio atávico, y supo que esta guerra recién comenzaba, porque ahora no se trataba de negocios, sino de liquidar una deuda de honor que había estado pendiente durante tres generaciones enteras.

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