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EL SILENCIO DE LOS PISOS CAÍDOS

EL SILENCIO DE LOS PISOS CAÍDOS

Status: Terminada
Genre:Romance / Apocalipsis / Completas
Popularitas:168
Nilai: 5
nombre de autor: Lelixi

Un brote biológico impredecible de origen desconocido transforma a la frenética ciudad de Bogotá en un Infierno claustrofóbico. Atrapados en la intersección entre la vida y la muerte —un complejo residencial contiguo al ala médica del Hospital San José—, Sofía y Mateo enfrentarán una pesadilla donde el peligro no solo proviene de infectados sedientos de sangre e implacables, sino de las mismas estructuras de un edificio surrealista que parece jugar con la lógica espacial y la gravedad. Separados por el azar, las decisiones apresuradas y el terror, su única salida será sobrevivir piso por piso en una odisea de 50 niveles de angustia, con el único fin de volver a sostener la mano del otro.

NovelToon tiene autorización de Lelixi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

LA GRIETA EN EL REGISTRO

El chispazo final del cable de tracción iluminó el rostro de Mateo durante una fracción de segundo.

​¡SNAP!

​La cuerda de acero secundario se deshilachó por completo. La cabina superior del ascensor, desprovista de su último sostén, cayó en una trayectoria kamikaze hacia el foso. Mateo sintió cómo la gravedad le jalaba las piernas hacia el vacío. Con un instinto puramente animal, soltó el cable moribundo un milisegundo antes de que saliera disparado hacia arriba y se lanzó de frente contra el angosto marco metálico de la escotilla de inspección del piso 3.

​Del otro lado, Sofía encajó la punta de la llave inglesa en la manija de bronce oxidada del registro y jaló con todas sus fuerzas hacia abajo.

​—¡MATEO, AHORA! —gritó con la voz desgarrada.

​El pasador cedió con un chasquido metálico seco justo cuando las manos sucias de grasa de Mateo se aferraron al borde inferior de la escotilla. Sus dedos resbalaron por la lámina de acero, pero Sofía lo sujetó con firmeza por las muñecas, hincando las rodillas sobre la rejilla de la escalera de servicio. El esfuerzo muscular le tensó los tendones del cuello al límite; sentía que los hombros se le desencajaban, pero no soltó el agarre.

​—¡Impúlsate con los pies en el riel! —le suplicó Sofía, sintiendo el peso muerto de su esposo suspendido sobre el foso.

​Mateo logró apoyar la puntera de su bota derecha en la saliente de un soporte de concreto de la pared del pozo. Con una sacudida violenta de la espalda, logró meter la cabeza y el hombro derecho a través del angosto marco de cincuenta centímetros.

​Sin embargo, el destino del edificio ya había comenzado a torcerse.

​La caída masiva de la cabina superior impactó el fondo del foso con una onda de choque sísmica. El temblor no solo sacudió los cimientos; desplazó los rieles guía del piso 3. Un crujido gutural recorrió la estructura de concreto. Arriba, una de las losas de contención del hueco se fracturó, provocando un deslizamiento de escombros de tonelada y media que cayó en avalancha sobre el canal del elevador.

​—¡Cuidado! —gritó Mateo.

​Antes de que pudiera meter las piernas por la escotilla, un bloque de concreto pesado impactó directamente contra la placa metálica de la puerta del registro. La fuerza del golpe deformó el marco de hierro como si fuera una lata de aluminio, biselando la escotilla hacia adentro y atrapando la pierna izquierda de Mateo a la altura de la pantorrilla entre dos láminas de acero doblado.

​El impacto desprendió la rejilla donde Sofía estaba arrodillada. Ella salió despedida hacia atrás, golpeándose violentamente la nuca contra la pared opuesta del pasadizo de servicio. La visión se le volvió blanca por un instante; el dolor ensordecedor la dejó sofocada en el suelo.

​—¡Sofía! ¡Sal de ahí! —alcanzó a rugir Mateo, aprisionado en la abertura.

​La brecha entre ambos, que estaba a milímetros de cerrarse para siempre en un abrazo, se vio interrumpida por una densa nube de polvo de yeso y el estallido de un codo de tubería de agua servida situados justo sobre la escotilla. Un chorro de agua negra y pestilente comenzó a inundar el estrecho paso de servicio.

​Por si fuera poco, la presión ejercida por el desplazamiento de la losa activó la compuerta cortafuegos de emergencia del piso 3. Con un zumbido neumático constante, una pesada guillotina de acero blindado descendió desde el techo del pasillo de mantenimiento, cayendo con un golpe definitivo justo entre la escotilla donde estaba atrapado Mateo y la escalera por la que Sofía intentaba ponerse de pie.

​¡CLANG!

​La guillotina de acero selló el paso por completo.

​—¡MATEO! —gritó Sofía, arrastrándose sobre el agua sucia y golpeando el blindaje con los puños.

​Del otro lado de la barrera de cuatro pulgadas de acero macizo, la voz de Mateo sonó apagada, distante, amortiguada por capas impenetrables de aislamiento térmico:

​—¡Estoy bien...! ¡La guillotina detuvo los escombros! ¡Tengo la pierna atascada pero puedo liberarme con la palanca! ¡Sigue subiendo, Sofía! ¡Nos encontramos en el pasadizo del ala médica del piso 4! ¡Prométemelo!

​Sofía apoyó la frente contra el acero frío, respirando el hedor del agua servida y sintiendo las lágrimas mezclarse con la mugre de su rostro.

​—Te lo prometo... —susurró, aunque sabía que él no podía oírla del todo—. No me voy a detener.

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