Ximena Rosales despertó de un largo coma sin recuerdos, sin familia y con una montaña de deudas. Cuando recibe una oferta para convertirse durante tres meses en la “mamá por contrato” de dos gemelos, no puede darse el lujo de rechazarla.
Leo y Luna, los pequeños herederos del poderoso Dante Nocedal, han ahuyentado a todas las mujeres que intentaron cuidarlos. Sin embargo, desde el momento en que conocen a Ximena, se aferran a ella como si llevaran toda la vida esperándola.
Dante no confía en aquella desconocida que ha conquistado tan rápido a sus hijos. Pero cuanto más intenta mantenerla a distancia, más difícil le resulta ignorar la atracción que crece entre ellos.
Entonces comienzan las amenazas, aparecen documentos falsificados y los recuerdos de Ximena regresan en forma de pesadillas: una noche en el hospital, dos bebés llorando bajo la lluvia y unas manos que se los arrancan de los brazos.
Alguien le robó su identidad, su pasado y cinco años de vida.
Pero el secreto más cruel duerme todas las noches bajo el techo de Dante Nocedal.
NovelToon tiene autorización de lulu para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 23
Doña Elvira se quedó tres días en la Hacienda, y en esos tres días logró lo que ni Renata ni Camila habían conseguido en semanas: hacerme sentir diminuta, examinada, insuficiente.
—¿Estudiaste enfermería, dices? —me preguntó la segunda tarde, mientras tomaba el té en la terraza con una precisión que parecía protocolo militar, la taza levantándose y bajando siempre al mismo ángulo, el meñique apenas curvado—. ¿Y tus padres?
—No los conocí. Crecí en un orfanato.
—Ya veo. —No hubo desprecio en su voz, pero tampoco calidez. Solo la anotación fría de un dato en un expediente, como si estuviera tachando una casilla en un formulario invisible—. ¿Y tienes planes de quedarte permanentemente en esta casa, o el contrato de niñera es temporal?
—Es lo que decida el señor Nocedal.
—Mmm. —Le dio un sorbo al té sin apartar los ojos de mí, esos ojos oscuros que parecían capaces de leer hasta los pensamientos que uno mismo no se atrevía a formular—. Los niños te adoran. Eso es innegable, cualquiera con ojos lo ve. Pero adorar a una niñera y necesitar una madre para esta familia son cosas distintas, jovencita. Espero que lo tengas claro, porque cuando esto termine —lo que sea que esté pasando aquí, y algo está pasando— serás tú quien más sufra si te equivocas de expectativas.
No supe qué responder. Sentí que se me cerraba la garganta con una mezcla de humillación y algo parecido a la tristeza, esa sensación de estar siendo evaluada y encontrada, una vez más, insuficiente, la misma sensación con la que había cargado toda mi infancia entre camas ajenas y apellidos que no eran míos. Por suerte, Luna llegó corriendo con un dibujo a medio terminar —"¡Abuela, mira, somos los cuatro!"— y me salvó de tener que hacerlo.
En el dibujo estábamos Dante, Leo, Luna y yo, tomados de la mano frente a una casa con un sol enorme encima, todos sonriendo con esas bocas curvas exageradas que solo los niños saben dibujar. Sobre nuestras cabezas, Luna había dibujado unos pájaros torcidos que, según explicó con orgullo, eran "la familia completa, hasta los que no viven aquí". Doña Elvira lo miró un largo rato, en silencio, sus dedos rozando el papel con un cuidado casi reverente, y algo en su expresión se ensombreció de una forma que no logré interpretar, algo entre la nostalgia y la alarma.
—Qué bonito, mi cielo —dijo al fin, con una voz extrañamente apagada, distinta a la que había usado conmigo un minuto antes—. Ve a jugar.
Luna se fue corriendo, ajena por completo a lo que había provocado en su abuela, y yo me quedé sirviendo más té, fingiendo no haber notado el temblor casi imperceptible en las manos de la anciana al doblar el dibujo y guardarlo, con cuidado, dentro de su bolso, como quien guarda algo demasiado frágil para dejarlo a la vista.
Esa noche, mientras recogía los platos de la cena, escuché sin querer una conversación entre Doña Elvira y Dante en el estudio, la puerta apenas entreabierta dejando escapar sus voces al pasillo en penumbra. Me detuve, con la bandeja todavía en las manos, sabiendo que debía seguir caminando y sin poder hacerlo, los pies clavados en el piso de madera como si hubieran echado raíces.
—Esa mujer no es de nuestro mundo, Dante.
—No me interesa "nuestro mundo", abuela. Me interesa que mis hijos sean felices. Y hace meses que no los veía así de tranquilos.
—Y cuando descubras quién es realmente, ¿qué? Nadie llega a esta casa por accidente, hijo. Ni siquiera una niñera de currículum impecable y pasado en blanco. En mis setenta años he visto a demasiada gente aparecer con historias convenientes.
—Ximena perdió la memoria en un accidente. No tiene pasado que ocultar, porque no lo recuerda.
—Eso dice ella.
—Abuela, basta. —La voz de Dante sonó más dura de lo que le había escuchado nunca dirigirse a su abuela, con un filo que me sorprendió incluso a mí, escondida en el pasillo—. Llevas tres días tratándola igual que si fuera una amenaza. Es la primera persona en años que hace que Leo y Luna duerman toda la noche sin pesadillas. Eso también cuenta para algo.
—Cuenta, sí. Pero no es suficiente para confiarle el futuro de esta familia sin hacer preguntas.
Sentí que el aire se me escapaba del pecho, la bandeja pesándome de golpe el doble. Pasado en blanco. Como si mi amnesia fuera sospechosa en lugar de una tragedia. Como si casi seis años de vacío, un hueco que llevaba meses tratando de llenar a tientas cada noche, mirando el techo hasta que el amanecer entraba por la ventana, pudieran esconder algo siniestro en vez de solo dolor.
Me alejé antes de escuchar más, con el corazón latiéndome en los oídos y las manos temblando lo suficiente para que los platos de la bandeja tintinearan entre sí, un sonido que me pareció escandaloso en medio del silencio de la casa dormida.
Al día siguiente, Valeria se marchó con Doña Elvira, sus maletas de piel cargadas en el auto por el chofer familiar, no sin antes acercarse a mí en la entrada, con la voz baja y venenosa, esperando el momento exacto en que Dante estaba distraído despidiendo a su abuela.
—Disfruta lo que te queda. —Miró de reojo hacia donde Leo y Luna se despedían de su abuela con abrazos, la voz apenas un susurro—. Porque en cuanto encuentre algo que usar en tu contra, vas a desaparecer de esta casa tan rápido como llegaste. Y créeme, siempre encuentro algo. Siempre.
—¿Es eso lo único que sabes hacer? ¿Amenazar a la gente cuando nadie te ve?
Valeria sonrió, sin ofenderse en lo más mínimo, igual que si mi respuesta le confirmara algo que ya sospechaba.
—Sé hacer muchas cosas, niñera. Amenazar solo es la más divertida.
Se subió al auto sin esperar respuesta, ajustándose los lentes de sol con un gesto tan estudiado que me pregunté si lo había practicado frente al espejo, igual que la sonrisa. Doña Elvira, unos pasos más allá, terminaba de despedirse de los niños con la misma ceremonia distante que había mantenido todo el fin de semana, aunque al incorporarse buscó mis ojos por encima de las cabezas de Leo y Luna, un segundo apenas, como si quisiera decirme algo que no encontraba forma de convertir en palabras. No lo dijo. Se limitó a asentir, un gesto tan breve que casi lo imaginé, antes de darse la vuelta hacia el auto sin mirar atrás.
Vi el auto alejarse por el camino de grava, levantando una nube de polvo dorado bajo el sol de la tarde, y por primera vez desde que había llegado a la Hacienda Nocedal, sentí que el peligro no venía solo de Silvia, ni de Camila, ni de Renata.
También venía de dentro. De una familia que, sin saberlo aún, ya estaba decidiendo si yo merecía quedarme, sopesando mi valor como quien sopesa una mercancía en el mostrador de una tienda, calculando el precio antes de decidir si vale la pena la compra.
Esa misma tarde, mientras Leo corría hacia el columpio del jardín gritando que quería "volar hasta las nubes", con Luna persiguiéndolo entre risas, algo en la cadena del lado izquierdo brilló distinto bajo el sol. Un brillo metálico, nuevo, demasiado limpio para el óxido natural de un columpio que llevaba años ahí, como si alguien hubiera estado ahí antes que él, manipulando algo que no debía tocarse.
No le di importancia entonces. Estaba demasiado ocupada con el eco de las palabras de Doña Elvira, con el veneno de Valeria todavía zumbándome en los oídos, con la sensación de estar librando demasiadas batallas al mismo tiempo para notar el peligro real que se acercaba desde otro flanco por completo.
Fue un error que casi me costó todo.
Guardé los platos de la cena esa noche con la mente todavía enredada entre el "eso dice ella" de Doña Elvira y la sonrisa fría de Valeria, sin sospechar siquiera que, mientras yo doblaba servilletas en la cocina, alguien ya había estado en ese jardín antes que Leo, con una herramienta pequeña y una paciencia que no dejaba huellas visibles a simple vista.