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Las Enseñanzas Del Bambú

Las Enseñanzas Del Bambú

Status: Terminada
Genre:Época / Completas
Popularitas:458
Nilai: 5
nombre de autor: Araceli Settecase

Lady Genevieve es la joven rebelde que escandaliza a la alta sociedad londinense. Lordian, un duque frío, metódico y perfecto, viaja de incógnito por la campiña inglesa cuando sus caminos se cruzan.
Sin conocer su verdadera identidad, Genevieve decide enseñarle las antiguas lecciones orientales que aprendió de su tío: fluir como el agua, encontrar el equilibrio y aprender a soltar. Entre risas, barro, estrellas y una atracción imposible de ignorar, ella descubrirá que incluso el corazón más rígido puede aprender a amar.

NovelToon tiene autorización de Araceli Settecase para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 10: El umbral de las espinas

El rumor constante de las ruedas de madera y hierro contra el camino empedrado marcaba una cadencia hipnótica. A través de la ventanilla del carruaje, el paisaje de la campiña de Kent, con sus verdes ondulados y sus arroyos relucientes bajo el sol matutino, comenzaba a ceder el paso a las afueras de la capital. El aire puro, impregnado de pino y tierra húmeda, se espesaba gradualmente con el humo de las chimeneas industriales y la bruma densa que presagiaba la llegada a la gran urbe.

​En el interior del vehículo, el terciopelo azul oscuro de los asientos parecía absorber la luz. Genevieve mantenía la mirada fija en el exterior, observando cómo los senderos arbolados se transformaban en caminos más anchos, transitados por carretas de bueyes, jinetes presurosos y diligencias de correo. Aunque su porte permanecía erguido y su expresión mostraba una serenidad natural, sus dedos apretaban levemente el pliegue de su vestido verde.

​Frente a ella, Lordian la observaba con atención impecable. Había renunciado definitivamente a la rigidez de su atuendo habitual: su camisa de lino blanco permanecía abierta en el cuello, sin la acostumbrada corbata de seda que solía aprisionar su garganta, y la chaqueta de paño oscuro descansaba a su lado. La presencia del duque ya no transmitía la aridez metódica del administrador de fincas ni la distancia helada del aristócrata de la corte, sino una firmeza serena y posesiva.

​—Estás muy silenciosa, Genevieve —observó Lordian, rompiendo la pausa con esa voz grave y pausada que resonaba con calidez en la cabina—. Podría jurar que tus pensamientos están compitiendo en velocidad con los caballos de Thomas.

​Genevieve giró la cabeza despacio y le dedicó una sonrisa tenue, aunque sus ojos avellana conservaban una chispa de viva inquietud.

​—Pensaba en la estructura del bambú, milord —respondió ella, inclinando ligeramente la cabeza—. En cómo la caña se dobla ante la fuerza del viento sin romper su raíz. Me pregunto qué tan flexible deberá ser esa filosofía cuando nos encontremos frente a los muros de piedra de vuestra residencia.

​Lordian extendió el brazo y cubrió las manos de la joven con la suya. El calor de su palma y la firmeza de su agarre infundieron un alivio inmediato en la muchacha.

​—No hay muros en mi propiedad que puedan dictar lo que ocurre dentro de mi vida, Genevieve —afirmó él con una convicción que no admitía réplica—. Blackwood Manor ha pertenecido a mi familia por más de dos siglos, pero hoy, por primera vez, vuelve a ser mi casa y no mi prisión.

​—Tu casa, Lordian... pero también el centro de atención de media corte —recordó ella con suavidad, entrelazando sus dedos con los de él—. Un duque que regresa de su inspección de incógnito sin corbata, acompañado por una mujer sin título ni linaje reconocido, no es algo que los salones de la alta sociedad vayan a ignorar con facilidad.

​—Que hablen lo que deseen —sentenció el duque, acercando la mano de ella a sus labios para depositar un beso firme en el dorso de sus dedos—. Los salones de la capital viven de apariencias y balances vacíos. Yo he pasado años fiscalizando tierras y firmando decretos para complacer las expectativas de una sociedad anestesiada. No pienso pedir disculpas por haber encontrado la libertad en el lugar menos pensado.

​El carruaje aminoró la marcha al cruzar los pesados portones de hierro forjado que marcaban la entrada a la finca principal de Blackwood. A través de los cristales, Genevieve contempló la majestuosidad de la propiedad: una avenida flanqueada por robles centenarios conducía a una imponente mansión de piedra gris, de arquitectura neoclásica, con amplias escalinatas, columnas solemnes y ventanales arcados que reflejaban la luz grisácea del mediodía.

​El carruaje se detuvo con un chasquido seco frente a la escalinata principal. Thomas descendió rápidamente del pescante y abrió la portezuela, ofreciendo su brazo para asistir a la joven. Lordian bajó inmediatamente después, ajustándose la chaqueta sin molestarse en abrocharse el cuello de la camisa.

​Al pie de las escalinatas aguardaba una fila de sirvientes alineados con precisión matemática. Al frente del grupo se encontraba el mayordomo principal, el señor Harrison, un hombre de edad avanzada, rostro severo y libreta en mano, cuya postura encarnaba el protocolo estricto de la casa ducal.

​—Sea bienvenido a su hogar, su gracia —expresó Harrison con una reverencia impecable, aunque su mirada se detuvo un milisegundo en la falta de corbata de Lordian y en la presencia de la joven que caminaba a su lado—. No esperábamos su retorno antes del fin de la semana. Los salones principales están preparados para su inspección.

​—Gracias, Harrison —respondió Lordian con voz serena pero autoritaria—. La señorita Genevieve me acompaña como mi invitada de honor. Su estancia aquí es de máxima prioridad. Preparen los aposentos del ala este, los que dan hacia el jardín interior.

​El mayordomo pestañeó apenas, disimulando el desconcierto que le provocaba ver a su señor tratar a una dama sin acompañamiento oficial con semejante deferencia.

​—Entendido, su gracia. ¿Desea que convoque al personal de servicio para la recepción formal del té de la tarde? La marquesa de Pemberton y el vizconde de Ashford dejaron notas expresando su deseo de reunirse con usted apenas regresara.

​Lordian hizo un gesto despectivo con la mano.

​—Cancele cualquier audiencia para el día de hoy, Harrison. No recibiré a nadie. La señorita Genevieve y yo nos retiraremos a los jardines tras el almuerzo.

​—Como ordene, excelencia —asintió Harrison, haciendo una nueva inclinación mientras daba paso a la pareja hacia el gran vestíbulo de entrada.

​El interior de Blackwood Manor era una exhibición soberbia de poder y tradición: suelos de mármol pulido, tapices antiguos que narraban batallas históricas y retratos al óleo de los anteriores duques de la dinastía Montagu observando con gravedad desde las paredes. El aire olía a cera de abejas, madera de caoba y el perfume distante de los arreglos florales.

​Genevieve caminaba al lado de Lordian, observando el entorno con curiosidad sin dejarse intimidar por la opulencia del recinto. Sus pasos descalzos durante años por los senderos de Kent le daban una soltura al caminar que contrastaba de forma llamativa con la rigidez del entorno.

​—Es un templo a la memoria —comentó ella en voz baja mientras cruzaban la galería de los retratos—. Cada antepasado tuyo parece estar exigiendo una rendición de cuentas desde sus marcos dorados.

​Lordian sonrió de lado, deteniéndose frente al retrato de su grandfather, un duque de mirada adusta y porte inquebrantable.

​—Durante años sentí que sus miradas me juzgaban cada vez que tomaba una decisión —confesó el duque, mirando a Genevieve—. Calculaba cada riesgo para no fallar a la memoria de la estirpe. Pero hoy me doy cuenta de que este palacio no es más que piedra y madera. La verdadera autoridad no reside en los títulos colgados en la pared, sino en la capacidad de ser dueño de las propias elecciones.

​—Una filosofía muy arriesgada para un hombre de tu posición, milord —dijo ella con una chispa de picardía, apoyando la palma de su mano en el brazo de él—. ¿Estás seguro de que tu reputación resistirá este arrebato de autenticidad?

​—Mi reputación se ha construido sobre la efectividad de mi gestión, no sobre el nudo de mi corbata —replicó él, cubriendo la mano de la joven con la suya—. Y si la corte necesita una lección sobre lo que realmente importa, estaré encantado de impartirla.

​Tras un almuerzo ligero servido en la terraza privada que daba al parque posterior de la mansión, Lordian y Genevieve se adentraron en los amplios jardines de la propiedad. El diseño del parque combinaba el rigor de los parterres ingleses con zonas más silvestres que bordeaban un estanque natural rodeado de sauces y bambúes ornamentales importados décadas atrás.

​Caminaron en silencio durante un tramo, disfrutando del susurro del viento entre las hojas. La distancia con la posada de Kent no había enfriado la tensión magnética que los unía; por el contrario, la transición al entorno urbano la volvía aún más evidente.

​Lordian se detuvo al pie de una pérgola cubierta de glicinas. Giró a Genevieve hacia sí, tomándola suavemente por los hombros.

​—No has preguntado nada sobre lo que ocurrirá mañana, Genevieve —dijo él, buscando su mirada con intensidad—. Ni sobre los rumores que inevitablemente circularán, ni sobre las intenciones que tengo con respecto a ti.

​Genevieve alzó el rostro, enfrentando sus ojos oscuros con una calma profunda.

​—El bambú no se preocupa por la tormenta de mañana, Lordian —respondió ella con firmeza—. Se concentra en enraizar bien en la tierra hoy. Lo que ocurrió entre nosotros en la posada y en la choza no fue un cálculo comercial ni una promesa formal bajo contrato; fue una verdad compartida. Mientras esa verdad permanezca entre nosotros, el resto del mundo puede especular lo que quiera.

​Lordian la contempló en silencio, fascinado una vez más por la templanza y el espíritu indomable de la muchacha. Sin poder contener la urgencia que ardía en su pecho, la atrajo hacia sí y la besó con una pasión contenida que hizo estremecer a Genevieve. Sus labios se buscaron con la misma fuerza hambrienta de la noche anterior, ajenos al protocolo y a los ojos de cualquier observador distante.

​Genevieve enredó sus dedos en el cabello del duque, entregándose al contacto ardiente de su boca y al calor de su cuerpo imponente. En ese beso no había marcas de estatus ni diferencias de cuna: solo la certeza de dos almas que se habían reconocido en mitad de la tormenta y que estaban dispuestas a sostener su propia regla, por encima de cualquier convención.

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Isabel Sandoval
Eso se cuenta? /Slight//NosePick//Grin/
Isabel Sandoval
Ya está en la bolsa
Isabel Sandoval
jajaja
Isabel Sandoval
Hago eso y me rompo un hueso /Facepalm//Scare/
Martha Divas Delgado
jajaja jajaja jajaja k chistosa y ya se enamoró ❤️
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