Sabrina Elvara lo tuvo todo: una mansión, un apellido de prestigio y un esposo que cualquier mujer envidiaría. Lo único que nunca tuvo fue el amor de León Ardián.
Casados por obligación tras una noche que ninguno de los dos recuerda con claridad, su matrimonio no fue más que una jaula dorada. León la ignoraba. Sabrina lo perseguía. Y cuando descubrió que estaba embarazada, él se alejó aún más.
Hasta que un día Sabrina dejó de esperar.
Sin avisar, sin pedir permiso, huyó a Europa con su hija en el vientre. Dio a luz sola en Holanda durante una tormenta de nieve, reconstruyó su vida en Roma con un pequeño negocio de flores y crió a Liora —una niña de ojos enormes y risa contagiosa— sin la sombra de los Ardián.
Tres años después, León la encuentra por accidente. Pero la mujer que lo recibe ya no es la Sabrina que conoció: no suplica, no sonríe por compromiso, no necesita que él la salve. Y Liora, la hija que no sabía que existía, lo desarma con una sola frase:
—¿Tú eres el señor del parque?
Porque el amor no se demuestra con grandes gestos.
Se demuestra quedándose.
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Capítulo 19 — Medicina amarga y abrazo cálido
El ambiente en la habitación de pediatría era mucho más tranquilo que horas antes.
La lluvia afuera comenzaba a amainar y dejaba apenas un repiqueteo tenue contra el cristal de la ventana.
Liora estaba sentada en la cama del hospital, aferrada a su conejo de peluche. Su carita aún lucía pálida, pero el color de sus mejillas empezaba a recuperarse.
Junto a la cama, Alya sostenía una cucharita llena de medicamento.
Mientras tanto, León permanecía de pie a varios pasos de distancia, envuelto en una incomodidad que resultaba imposible de disimular.
Tres años de separación no podían borrarse en una sola noche.
Sin embargo, ahí estaban los tres, compartiendo la misma habitación.
Y lo extraño era que…
Ninguno quería ser el primero en marcharse.
—Lio, toma tu medicina, ¿sí? —le pidió Alya con dulzura.
Liora negó con la cabeza de inmediato.
—No quiero.
—Cariño, para que te cures rápido.
—No quieroo…
La pequeña se escondió bajo la sábana con un puchero obstinado.
Alya exhaló un suspiro resignado.
—Ya es el tercer intento —murmuró, agotada.
León las observaba en silencio.
Llevaba casi quince minutos viendo a Alya intentar convencerla, pero Liora se mantenía firme en su negativa.
—Es amarga… —se quejó Liora desde debajo de la sábana.
Alya probó de nuevo.
—Después Mami te compra un helado.
—No quiero.
—¿Un muñeco nuevo?
—No quiero…
León esbozó una sonrisa involuntaria al contemplar el comportamiento de su hija.
Testaruda.
Igual que cierta persona.
La expresión del hombre se fue suavizando poco a poco.
Hasta ese momento, jamás se había imaginado teniendo una hija tan pequeña.
Y la certeza de que existía una niña que llevaba su sangre le provocaba una sensación tan extraña como cálida.
—¿Puedo intentar? —preguntó León de pronto.
Alya giró la cabeza hacia él.
Sus miradas se cruzaron un instante.
—No creo que acepte.
León se acercó despacio al borde de la cama.
Liora asomó los ojos por encima de la sábana.
—El señor del parque…
León se acomodó con cuidado en la silla junto a la cama.
—¿No te gusta la medicina?
Liora sacudió la cabeza con énfasis.
—Es malvada.
León casi soltó una carcajada.
—La medicina no es malvada.
—Es amarga.
—Hm… bueno, sí, un poco.
Liora abrió los ojos con sorpresa al descubrir que alguien le daba la razón.
Alya lo observó incrédula.
Por lo general, los adultos obligaban a los niños a tomar la medicina sin mayores explicaciones.
Pero León, en cambio, acababa de validar su queja.
—¿Sabes qué? —León inclinó el cuerpo hacia ella, como si estuviera a punto de compartir un gran secreto—. Cuando yo era chico, también odiaba las medicinas.
Los ojos de Liora se redondearon de curiosidad.
—¿De verdad?
León asintió con toda seriedad.
—Una vez escondí la pastilla debajo de la mesa.
Liora soltó una risita.
—¿Te regañaron?
—Horrible.
La niña se interesó cada vez más en la historia de León.
Alya, entretanto, solo podía observar en silencio.
Era la primera vez que le descubría esa faceta.
El hombre frío que apenas hablaba lo necesario ahora estaba sentado con paciencia frente a una niña, con una expresión serena y afable.
Y lo sorprendente era que…
Le quedaba natural.
—¿Quieres que te cuente otro secreto? —preguntó León en voz baja.
Liora se acercó un poco más.
—¿Cuál?
—Si tomas la medicina tapándote la nariz… —León tomó la cucharita despacio— el sabor amargo se reduce a la mitad.
Liora titubeó.
—¿En serio?
—¿Probamos?
La pequeña contempló la cuchara con una seriedad absoluta, como si estuviera deliberando sobre el asunto más trascendental del universo.
Luego, poco a poco, extendió su manita hacia León.
—Usted primero.
León se quedó inmóvil un segundo.
—¿Cómo?
—Que me enseñe.
Alya tuvo que contenerse para no reírse.
León clavó la vista en la cuchara unos instantes antes de soltar una risa breve y genuina de incredulidad.
—Eres bastante lista, ¿eh?
Liora le dedicó una sonrisa orgullosa.
Y por primera vez en años, León dejó escapar una risa auténtica y desprevenida.
Ese sonido grave y cálido aligeró la atmósfera de la habitación por completo.
Finalmente, León tomó un vaso de agua y fingió tragar una medicina imaginaria mientras se tapaba la nariz.
—Así, ¿ves?
Liora lo estudió con atención.
—¿Fácil, no?
La niña se enderezó en la cama.
—Está bien…
Alya le pasó la cuchara a León sin pensarlo.
Ambos se paralizaron un instante, porque ese gesto tan pequeño había fluido con demasiada naturalidad.
Como si fueran una familia de verdad.
León tomó la cuchara despacio y se volvió hacia Liora.
—¿Lista?
Liora inspiró hondo.
—Lista…
—Tápate la nariz.
Liora se apretó la naricita con los dedos, de un modo que resultaba irresistiblemente gracioso.
León contuvo la sonrisa antes de acercarle la cuchara a los labios con delicadeza.
Unos segundos de silencio.
Y entonces…
—¡PUAJ!
Liora hizo una mueca espantosa.
León dejó escapar una risa mientras Alya se apresuraba a alcanzarle el vaso de agua.
—Rápido, toma.
Después de tragarse la medicina con evidente sufrimiento, Liora abrazó a su conejo de peluche con gesto dramático.
—Soy valiente…
—Sí —confirmó León con una media sonrisa—. Muy valiente.
Liora lo contempló con los ojos resplandecientes.
—Usted también es valiente.
El corazón de León dio un vuelco inesperado.
Esas palabras tan sencillas lo golpearon en lo más hondo.
Porque hasta ese momento, ningún niño lo había mirado así.
Con admiración.
Con confianza plena.
Y esa calidez le apretó el pecho de una forma que no sabía cómo nombrar.
—Lio tiene sueño… —balbuceó la pequeña cuando el efecto del medicamento empezó a hacer efecto.
Alya se apresuró a arropar a su hija.
Pero antes de dormirse, Liora jaló con suavidad el borde de la chaqueta de León.
—Señor…
—¿Hm?
—¿Mañana viene otra vez?
La pregunta inocente sumió la habitación en un silencio repentino.
Alya se tensó por reflejo.
León, en cambio, se limitó a contemplar el rostro diminuto de su hija durante un largo instante.
Luego, despacio…
Asintió.
—Sí.
Y sin saber por qué…
Por primera vez en tres años de vivir sumido en el vacío, León sintió que al fin existía un lugar al que deseaba volver.