Camila Sandoval lo dio todo por su matrimonio, hasta que encontró a Mauricio con Valeria Beltrán en su propia cama. Él esperaba lágrimas y otra oportunidad. Camila le entregó los papeles del divorcio, reclamó lo que le correspondía y se marchó sin mirar atrás.
Poco después, Gabriel Beltrán, el padre de Valeria, apareció para disculparse. Era mayor que Camila, poderoso y peligrosamente atento. Lo que comenzó como una disculpa pronto se convirtió en una atracción imposible de ocultar.
Su relación desató un escándalo. Si Camila se casaba con Gabriel, la amante de su ex se convertiría en su hijastra y el hombre que la traicionó terminaría siendo su yerno.
Pero Gabriel ocultaba algo más inquietante: no se había enamorado de Camila después del divorcio. Llevaba años observándola y esperando que fuera libre.
Camila creyó que lo había elegido. Tal vez Gabriel la había elegido mucho antes.
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Capítulo 11
Capítulo 11
El aire pareció adquirir un sabor dulce.
Camila tenía la boca seca y el corazón le saltaba dentro del pecho.
El aroma limpio y amaderado de Gabriel, envuelto en una calidez tenue, la rodeó poco a poco.
Él no volvió a acercarse. Se limitó a bajar la mirada hacia las orejas enrojecidas de Camila. Había tanta ternura en sus ojos que casi se derramaba.
¿Gabriel estaba coqueteando con ella? Debía ser una ilusión.
Camila apartó los ojos y se aferró a la tela del vestido. Tardó un momento en recuperar la voz.
—Señor Beltrán, no bromee conmigo…
Marcó deliberadamente las palabras «señor Beltrán» para restablecer la distancia entre ambos, pero su voz tembló.
Gabriel soltó una risa baja y retrocedió un paso, concediéndole espacio para respirar.
—Te llevo diecisiete años. No tendría nada de extraño que me llamaras Gabi. Pero si te parece demasiado íntimo, puedes decirme simplemente Gabriel.
Gabriel.
Eso sonaba un poco más aceptable.
En consideración a la propiedad de treinta millones de pesos, Camila decidió concedérselo. Después de que terminara la compensación, probablemente podría borrarlo de WhatsApp.
Cada uno seguiría con su vida.
—Está bien —respondió.
—Quiero oírte decirlo.
La mirada de Gabriel se oscureció y su voz se volvió grave.
Camila lo contempló con los ojos muy abiertos.
—Yo…
Sus dedos se contrajeron. Había aceptado por salir del paso, no porque pensara llamarlo de verdad.
—¿No acabas de decir que sí?
Gabriel sonrió apenas. En sus ojos había una expectativa imposible de ocultar.
Camila podía oír sus propios latidos.
Se obligó a tranquilizarse.
Tenía veintiocho años. Ya se había casado y estaba a punto de divorciarse. No era una adolescente que acababa de descubrir el amor. ¿Qué podía tener de vergonzoso pronunciar un nombre?
—Ga… Gabi.
Los nervios volvieron su voz más suave y dulce de lo normal.
Camila se alarmó al oír su propio tono, tan meloso que parecía una provocación. Gabriel se ruborizó, y la reacción aceleró el corazón de ella.
Volvió la cara para no mirarlo. El rubor de sus orejas se extendió hasta el cuello.
—Yo… tengo que regresar. Gracias por lo de la casa.
Pronunció las palabras a toda velocidad y salió casi huyendo.
Gabriel observó su espalda mientras la seguía.
—Te llevo. Es difícil conseguir transporte desde aquí.
Camila quiso negarse, pero tuvo que tragarse la respuesta.
No conocía aquel desarrollo y caminar hasta la salida implicaba un rodeo enorme. Asintió sin levantar los ojos. Quería encontrar un agujero y esconderse.
En cuanto subió al auto, cerró los ojos con impaciencia y fingió estar dormida.
En silencio, rogó que llegaran pronto al hotel. Quería escapar de aquel ambiente cargado de vergüenza y tensión.
No tenía valor para volver a mirar a Gabriel.
Él permaneció quieto en el asiento del conductor. Sus ojos profundos recorrieron la figura de la mujer a su lado.
La forma en que Camila había pronunciado «Gabi», con aquella voz suave, le atravesó el cuerpo como una corriente y encendió de golpe el deseo que llevaba demasiado tiempo dormido.
Una oleada de calor se extendió por sus extremidades. La garganta se le secó.
Gabriel se aferró a los últimos restos de sensatez. Tuvo que contener el impulso de estrecharla entre sus brazos y besarla hasta dejarla sin aliento.
—Mauricio me dijo que aceptó pagarte la compensación —comentó en voz baja.
Sabía que Camila fingía dormir.
Había roto el silencio para aliviar la tensión.
Ella aprovechó la salida. Se volvió hacia él y fingió despertar con cansancio, como si no hubiera ocurrido nada.
—Sí. El divorcio quedará resuelto la próxima semana, cuando terminemos los trámites.
Una sonrisa tenue apareció en los labios de Gabriel. Algo intenso se movió en sus ojos.
—Me alegra. Espero que lo ocurrido con Valeria no te deje demasiadas heridas.
Miró al frente y puso el auto en marcha.
Al principio, la verdad sí la había destrozado.
También sufrió cuando supo que Mauricio había despilfarrado en Valeria el patrimonio que pertenecía a ambos.
Pero después de todo lo ocurrido, y de cada compensación con la que Gabriel le devolvía la seguridad, el daño ya no parecía tan inmenso.
Lo que más le había dolido nunca fue la traición de Mauricio, sino ver cómo aquel hombre arrojaba por la borda años de esfuerzo compartido.
Ahora estaba recuperando lo que le correspondía.
El dolor y el odio seguían allí, pero se habían convertido en una cicatriz superficial. Como una raspadura después de una caída: terminaría sanando.
El amor era un condimento, no la totalidad de la vida.
Una pareja solo podía acompañar el camino. Era agradable tener a alguien que sostuviera el paraguas bajo la lluvia o compartiera el calor en invierno. Pero, si no había nadie, siempre existían un paraguas y una cobija.
El dinero y una profesión propia eran el respaldo más sólido de una mujer. Con recursos suficientes podía elegir su vida, sin depender de nadie ni traicionarse para conservar una relación.
A veces Camila incluso tenía un pensamiento absurdo: si Mauricio hubiera llevado a casa todo el dinero que Valeria gastaba en él, en vez de quitarle recursos al matrimonio, quizá ella habría cerrado los ojos ante la aventura.
Pero una confianza rota no podía volver a ser la misma.
Desde el instante de la traición, algunas cosas se perdían para siempre.
—Sí me lastimó —admitió Camila—, pero usted ya respondió por su hija. No tiene sentido aferrarme al dolor. Si el amor terminó, terminó. Seguir peleando solo prolongaría el sufrimiento. Es mejor que cada uno tome su camino y viva en paz.
La sonrisa de Camila era generosa.
También era fácil ser generosa cuando Gabriel había sido mucho más generoso con ella.
Mientras él siguiera arrojándole semejantes compensaciones, ella sabría detenerse en el momento adecuado.
La mirada de Gabriel se oscureció. Sus dedos se cerraron un poco más alrededor del volante.
—¿Hay algo más que quieras como compensación?
Camila se sobresaltó.
¿Hasta qué punto se sentía culpable aquel hombre para insistir tanto?
—No. Ya es suficiente.
El semáforo cambió a rojo y el auto se detuvo con suavidad.
Gabriel se volvió hacia ella. En sus ojos se agitaba una emoción que Camila no conseguía nombrar.
—Valeria te quitó una casa y yo te di otra —dijo él con la voz un poco áspera.
—Sí. Con eso basta.
Camila bajó la cabeza.
—También te quitó a un hombre.
La mirada ardiente de Gabriel cayó sobre su rostro.
Camila se puso roja de inmediato.
Él se inclinó un poco hacia ella.
Camila retrocedió bruscamente y se golpeó la cabeza contra la ventanilla.
El ruido seco resonó dentro del auto.
Soltó un gemido y se llevó una mano a la nuca.
La mano firme de Gabriel llegó antes. Sus dedos se apoyaron con cuidado sobre la parte golpeada.
—Debió dolerte. Ten cuidado…
Su palma era cálida y fuerte. Las yemas de sus dedos masajearon suavemente la nuca de Camila con la presión precisa.
Ella quedó rígida en el asiento. Hasta olvidó cómo respirar.
—No… no fue nada.
Apartó la cabeza con prisa para escapar de su mano. Las mejillas le ardían.
Gabriel retiró los dedos y regresó a su asiento.
El semáforo aún descontaba los últimos segundos. Él la miró de reojo con una sonrisa.
—¿Qué te da tanto miedo? No voy a comerte.
Camila dejó de respirar por un instante.
—No quise decir eso…
Su voz tembló.
El silencio llenó el auto durante unos segundos.
—Camila, tengo cuarenta y cinco años. Te llevo diecisiete —dijo Gabriel con gravedad—. Un hombre de mi edad no coquetea con una mujer joven solo por divertirse.
El corazón de Camila perdió un latido.
Quiso protestar que ya no era una jovencita, pero le pareció una reacción demasiado infantil.
—Si tuviera alguna intención contigo, te la diría de frente. No necesitas estar siempre a la defensiva. Solo quiero compensarte porque me siento responsable. No hay nada más.
Camila comprendió de pronto que su cautela debía de ser demasiado evidente.
Quizá Gabriel se acercaba una y otra vez porque quería romper aquella barrera. Tal vez ella había imaginado un interés que nunca existió y por eso todo se había vuelto tan incómodo.
—Sé que solo intenta reparar el daño. Soy reservada y me pongo tensa con facilidad. Lamento haberlo hecho pensar otra cosa.
Bajó la cabeza.
—¿Ah, sí? Entonces tendremos que vernos y hablar más seguido, hasta que dejes de sentirte incómoda conmigo.
Gabriel la miró de lado.
¿Verse más seguido?
Camila ya había tomado una decisión: cuando concluyera el divorcio, cortaría todo vínculo con los Zamora y los Beltrán. Aceptaría la compensación y quedarían a mano.
No necesitaba seguir involucrada con ellos.
Mucho menos conservar un contacto que impidiera cerrar aquella etapa.
El semáforo cambió y Gabriel avanzó.
—¿No piensas contestar? —preguntó—. ¿O planeas borrarme apenas te divorcies?
Sus dedos se tensaron sobre el volante.
—No, claro que no.
Camila lo negó demasiado rápido. Todavía estaba dentro de su auto y no sabía si llegaría viva al hotel si confesaba la verdad.
Además, aceptar una propiedad de treinta millones y bloquear al dueño inmediatamente después sí parecía un poco descarado.
—Me alegra.
Gabriel sostuvo el volante con una mano. La otra descansó con naturalidad junto a la palanca de cambios.
—Hace un momento dijiste que, si el amor termina, termina.
—Sí.
—Entonces, para ti, ¿cómo es un amor que todavía existe?
Camila parpadeó y miró por la ventana.
—Nunca lo he pensado. Solo sé que no se parece a lo que Mauricio y yo teníamos.
—¿Y a qué se parecería?
La seriedad en su voz era nueva.
Camila sintió que la conversación se acercaba a un terreno peligroso y quiso evitarla.
—Señor Beltrán, ¿por qué me pregunta eso?
Gabriel le lanzó una mirada fría.
—¿Cómo me llamaste?
Camila se detuvo.
Recordó el vergonzoso «Gabi» que había pronunciado en el departamento y sus orejas volvieron a arder.
Se mordió el labio antes de obligarse a decir:
—Gabi.
Gabriel soltó una risa baja.
—Así me gusta.
Solo tres palabras.
Sin embargo, Camila sintió que algo le apretaba el corazón.
Cerró los ojos con fuerza y se reprendió en silencio.
¿Cómo podía alterarse tanto porque un hombre de cuarenta y cinco años le hablara de esa forma?
Gabriel no era un muchacho impulsivo que declaraba sus sentimientos a gritos.
Cada acercamiento y cada frase suya parecían calculados con precisión, aunque nunca dejaban una prueba clara de sus intenciones.
Cada gesto podía parecer coqueteo o simple cortesía según desde dónde se mirara.
Siempre se detenía en el punto exacto donde Camila no podía rechazarlo ni escapar.
Se hundió en el asiento. Su corazón aún no se recuperaba de aquel «así me gusta».
Giró apenas el rostro para observarlo de reojo.
Gabriel conducía con atención, tranquilo, como si no hubiera hecho nada.
Eso la inquietaba todavía más.
Si mostrara el deseo y los cálculos con la misma claridad que Mauricio, Camila sabría defenderse.
Pero Gabriel era distinto.
Cada una de sus aproximaciones elevaba la temperatura de manera casi imperceptible. Cuando ella se diera cuenta de que el agua hervía, quizá ya no tendría fuerzas para saltar.
En aquel momento, un Mercedes negro pasó por el carril contrario.
Durante el instante en que ambos vehículos se cruzaron, el hombre sentado en la parte trasera reconoció a Camila.
—Deténgase —ordenó Mauricio.
El chofer se sobresaltó y pisó el freno.
El Mercedes se detuvo bruscamente junto a la banqueta. Teresa salió impulsada hacia delante y estuvo a punto de golpearse contra el asiento delantero.
—Mauricio, ¿qué te pasa?
Se frotó el hombro con irritación.
—Casi me matas del susto.
Él no respondió.
Miró fijamente por el espejo retrovisor el auto que se alejaba.
No podía haberse equivocado: Gabriel conducía y Camila iba sentada a su lado.
Solo había visto su perfil durante un segundo, pero llevaba siete años casado con ella. ¿Cómo no iba a reconocerla?
¿Qué hacía Camila en el auto de Gabriel?
—Mamá —dijo con la voz tensa—, ¿viste el auto que acaba de pasar?
—¿Cuál?
Teresa había estado revisando su celular.
—El de Gabriel. Camila iba con él.
Los dedos de Teresa se detuvieron y luego siguieron deslizándose por la pantalla.
—Viste mal.
—Es imposible. Reconocí las placas; vi ese auto la última vez que fuimos a casa de los Beltrán. Y viví siete años con Camila. ¿Crees que no conozco su cara?
Teresa alzó por fin la cabeza y lo miró con impaciencia.
—Entonces, ¿qué estás insinuando? ¿Que tu futura exesposa se enredó con el padre de tu novia?
Mauricio se atragantó con la pregunta. Su expresión se volvió sombría.
Teresa suspiró y suavizó el tono.
—Escúchame. Gabriel lleva décadas dominando el mundo de los negocios. ¿Qué clase de mujer crees que no ha conocido? ¿De verdad se fijaría en Camila, una divorciada?
—Pero…
—No hay ningún pero. Además, no olvides la relación entre Valeria y Camila. Son rivales. Si Gabriel tuviera algo con Camila, ¿qué explicación le daría a su hija? Y Camila jamás se involucraría con el padre de la mujer que le quitó al marido.
Mauricio guardó silencio.
Miró al conductor. Era el chofer personal de Valeria y sin duda reconocía los autos de Gabriel.
Si le hacía preguntas, ¿qué pensaría de él?
Tal vez informaría a Gabriel de aquella escena. Entonces su futuro suegro podría creer que Mauricio pretendía controlar a la familia Beltrán incluso antes de casarse.
Por fin tenía permiso para viajar en el Mercedes de Valeria.
No arruinaría su futuro por una sospecha.
Teresa le dio unas palmaditas en el hombro.
—Deja de imaginar tonterías. Camila no tiene la capacidad de conquistar a un hombre como Gabriel.
Mauricio se recargó en el asiento y volvió a mirar de reojo al chofer.
Fingió tranquilidad.
—Debí ver mal. Vámonos.
una mente muy débil, es muy fuerte perder un hijo lo digo desde la experiencia, pero ahí muchas formas de salir adelante, tu decides cual tomas, nadie hobliga a nadie a nada, ella eligió el camino fácil, por su orgullo, pensó q siempre sin importar lo q hiciera ni la edad q se tuviera su papá debía estar ahí y no es así ella es adulta, viajo, conoció los 2 lados de la moneda y eligió.... Tu no puedes humillar, pordebajear, y menos preciar a tus padres y esperar q sigan ahí sin chistar y aun así el seguía asando su mensualidad, y no poca... Como no pensar en ese bb y su futuro???? No se no debió terminar así pero fue lo q ella eligió.
👏👏👏👏🤣