Clara Estrella enviada a un internado por sus padres que solo favorecen a su gemela, Clarisa. Es traida nuevamente solo para ocupar el lugar de Clarisa en un matrimonio arreglado. Lo que todos ignoran que Clara fue tomada por una organización secreta y entrenada como asesina. Por lo que ya no es esa chica retraida y complaciente, que a pesar de no querer casarse acepta al considerar a su nuevo esposo la mejor pantalla para cumplir con sus misiones. Solo debe fingir ser una esposa complaciente. ¿Podrá Clara soportar fingir? ¿Lograra cambiar la actitud libertina de su esposo? ¿Qué pasara cuando sepan lo que ella es en verdad?
NovelToon tiene autorización de Lily Benitez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
20- Escapé
🔵ADRIÁN
La manera de ser de Clara me desconcierta. Me inquieta. Ocupa mi mente.
La habia mandado a investigar. Solo supe su vida hasta que la enviaron al internado. Nunca fue la favorita.
Pasó una semana.
Una semana entera sin verla.
Yo evitando verla. Escapando. Literalmente escapando de lo que me provoca verla. Porque me provoca algo acá, en el pecho. Algo que arde. Que no me deja respirar bien. Y yo no sé qué hacer con eso, así que hago lo que sé hacer: escapar.
No fui a la casa. Me quedé en el departamento de Palermo, el que uso para las producciones. Le dije a Santiago que me cubriera. Que dijera que estaba de viaje. Que estaba con una campaña en Milán. Mentira. Estaba a veinte cuadras, mirando por la ventana, pensando en el enterito negro.
—Me gusta más tu otra casa. Se quejó Marcos tirándose en el sofá.
—¿Por qué no te quedaste si tanto te gusta?
—Cómo podría quedarme sino estas.
—Antes no era problema.
—Tienes esposa.
—Eso no te importo cuando te beso.
—No puedes olvidarlo. Viste las cámaras. Viste las pruebas...
—Sí, lo sé. Me desquito contigo.
Resoplo molesto.
—Solo habla con Clara, explícale lo que sientes.
—No dejé de averiguar qué hace ella.
—Tu sabrás. Hazlo a tu manera.
Marcos conocia mi terquedad. Si no me golpeaba contra la pared no me sentia satisfecho.
Mandé a los guardaespaldas. A dos. A los que no hablan nunca. Les dije: "Sigan a mi esposa. Quiero saber qué hace". Me dio vergüenza decirlo. Sonó a lo que soy: un celoso. Un tipo que se juró nunca ser de una mujer y ahora paga para que le digan qué come su esposa de contrato.
El primer día volvieron y me dijeron:
— Come mucho, señor.
— ¿Cómo que come mucho?
— Come mucho. Mucho.
Pensé que era joda. Clara es flaca. Parece que no come nunca. Fría, inexpresiva, sin sentimientos, solo enfocada en hacer lo que se debe hacer. Esa es Clara.
— Come, duerme y lee historietas — me dijo el otro guardaespaldas, leyendo de su libretita —. Se levantó a las seis. Bajó a la plaza. Corrio. Luego compró tres medialunas, dos sándwiches de milanesa y un jugo. Se sentó en el banco y comió. Después fue al kiosco de revistas de la esquina. Habló una hora con el revistero.
Tiene la tarjeta negra puede comprar ropa, joyas y no. Solo comida. Es lo que me extraña de Clara y a la vez, me da más curiosidad.
— ¿De qué hablaron?
Pregunte curioso.
— De historietas, señor. Le prestó una caja.
Segundo día, lo mismo. Solo esperaba el reporte de los guardias.
— No mira tele, señor. No mira el celular. No tiene redes. No escucha música. Solo lee historietas. Todo el día en el balcón, leyendo. Ayer leyó cinco.
— ¿Y qué más?
— Habla con ese anciano. El revistero. Le lleva facturas. Los vendedores de comida de la plaza ya la esperan. La de los churros le guarda los que tienen dulce de leche. El del puesto de panchos le deja el que tiene más papas. Dicen que siempre come lo mismo. Que ya saben qué va a pedir.
Me quedé mirando el informe. Clara. Mi esposa de contrato. La mujer que yo creía que no sentía nada, que solo pensaba en robar joyas para un museo, que se había entrenado en una isla a no ser vista... comiendo churros en una plaza y haciéndose amiga de un revistero de ochenta años.
Me dio algo raro. No sé si ternura o culpa. O las dos cosas.
Al tercer día les dije que no la siguieran más. Me sentí un miserable.
Y al séptimo día llegó la invitación.
Un sobre blanco, con letras doradas. De los señores Estrella. Los padres de Clara y Clarisa.
"Los señores Estrella tienen el agrado de invitarlo al compromiso de su hija Clarisa Estrella con el señor Ricardo Lombardi..."
Clarisa consiguió un ricachón. Más bien, se lo consiguieron sus padres. Lo escuché después por Santiago, que escucha todo en la empresa. Los padres estaban hartos. Hartos de que Clarisa hiciera el ridículo persiguiendo al esposo de su gemela. Yo. Persiguiéndome a mí. Mandándome fotos truchas, apareciendo en la subasta, gritando. Les daba vergüenza. Así que le consiguieron ese matrimonio de contrato. Como el mío. Pero con otro objetivo: ganar acciones y asegurar su patrimonio. Un Lombardi tiene la mitad del puerto.
Me obligaron a ir. "Tenés que ir, Adrián, sos familia", me dijo Santiago.
Fui.
La fiesta era en la casa de los Estrella. Jardín enorme, luces, gente con plata. Y Clarisa en el centro, con un vestido blanco que parecía de novia ya, colgada del brazo de un tipo de sesenta años con cara de no entender nada.
Y entonces la vi.
Clara.
Se había arreglado para la boda. No para esta fiesta de compromiso, sino como si fuera para una boda de verdad. Llevaba un vestido azul oscuro, largo, simple, pero... Dios. Se veía hermosa. Como diosa. De nuevo como diosa, como en la subasta. El pelo suelto, largo, brillante. Un poco de brillo en los ojos. Estaba sentada sola, en una mesa al fondo, con un plato enorme de comida de la fiesta. Comiendo. Tranquila. Mientras todos hablaban de acciones y de contratos.
Me vio. No se levantó. Solo me miró.
Yo sentí que me ardía el pecho. Literal. Como si me hubieran puesto una brasa adentro. Me tuve que aflojar la corbata.
Caminé hacia ella. Todos me miraban. Las mujeres de la fiesta, las secretarias que también estaban invitadas, todas. Pero yo solo la veía a ella.
— Hola — le dije.
— Hola — me dijo, con la boca llena.
— ¿Estás comiendo?
— Sí. Los de catering me guardaron los arrolladitos que me gustan. Los que tienen mucho queso.
Me reí. Yo, que nunca me río en esas fiestas, me reí.
— Te estuve evitando — le dije, de golpe. Sin pensar.
— Ya sé — dijo ella —. Santiago me dijo. Y los guardaespaldas también. Comen mucho conmigo en la plaza. Les invito churros.
Me quedé helado.
— ¿Sabías?
— Clara sabe todo — dijo, y por primera vez no sonó fría. Sonó... cansada. Pero real —. Sé que me seguiste. Sé que tenés miedo. Yo también tengo miedo, Adrián.
— ¿De qué tenés miedo vos? Si vos no tenés sentimientos. Si vos solo te enfocás en la misión.
Ella dejó el plato. Me miró fijo.
— Tengo miedo de que me guste estar casada con vos. Aunque sea de mentira. Aunque sea por contrato. Aunque sea con el artículo 3.
Y ahí, en el compromiso de su gemela, con el ricachón al que le consiguieron para que deje de perseguirme, con sus padres mirándonos desde lejos, con todo el jardín lleno de gente que hablaba de plata, yo sentí que el pecho no me ardía más.
Me explotaba.
Me senté a su lado. Le robé un arrolladito de su plato.
— ¿Me enseñás a leer historietas? — le pregunté.
Y ella, mi esposa fría, inexpresiva, sin sentimientos, me sonrió. Una sonrisa chiquita, de verdad, que nunca le había visto a nadie.
— Sí — me dijo —. Pero tenés que invitar los churros mañana.